Mercado de carne

No te imaginas lo que cansa despertarse entre pesadillas noche tras noche. Mira, todos tenemos un límite, y el mío ya lo rebasé hace tiempo. Me harté de hundir la cabeza entre mis manos y llorar unas lágrimas amargas que no servían para nada. Y ahora ahogo gritos mudos en mercados de carne nocturna que ni dicen nada ni pueden decirlo. Sí, ¿y qué? Luchar es para los soldados: Tú seguirás entonando canciones sin ritmo, pero yo, en mi desidia recién reencontrada, soy inmortal…

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Gala

Podría decirse que como habitación no vale mucho. Los recargados paneles góticos de madera de caoba son elegantes, sí, y el mobiliario parece transportarte a una época pasada en la que la alta sociedad ponía más interés en las apariencias que en la comodidad, pero no deja de ser un dormitorio vetusto, ajado, cubierto por la falta de uso y la falta de interés desde que mamá murió y pasó a ser poco más que un almacén.

Las sillas acumulan polvo junto a un roído sofá de dos plazas. Las persianas de madera hace muchos años que no abren, y el armario lleva lustros vacío, acumulando ese olor rancio que sólo los muebles de madera cerrados consiguen condensar. Pero le da igual, todos estos cacharros no son más que reliquias sin valor. Se dirige directamente a la única joya que guarda esta cámara del tesoro olvidada. El vestidor de su madre.

La puerta que comunica con el vestidor es de madera maciza, con un mosaico tallado sin gusto artístico alguno. Gira el pomo con anticipación, y se sorprende al encontrar la estancia tal y como la recordaba, hace ya más de 20 años. Congelada en el tiempo junto con todo su contenido.

Con mano temblorosa, coge una de las perchas y descuelga su preciada mercancía. Se la prueba con impaciencia. Enciende la luz del cuarto, una pequeña bombilla desnuda colgando de un cable, y se mira en el espejo de cuerpo entero que ocupa una de las paredes.

Siempre le quedó bien la sonrisa pícara.

Descuelga a continuación la sonrisa esquiva, y se la prueba. La sonrisa seductora. La sonrisa triste. La tímida. La compasiva. La inquieta y la nerviosa. La placentera y la distraída y la condescendiente. Una a una todas las sonrisas del vestidor van siendo suyas, tras tantos años olvidadas en este cuarto sin ventanas, hasta que una voz masculina la sobresalta desde el marco de la puerta.

- Deberías probarte la sonrisa sincera, la que no sólo haces con la boca, sino con tus ojos. Siempre ha sido la que mejor te ha quedado.

Y en ese momento, curiosamente, no necesita vestir esa sonrisa para que aparezca sobre su cara.

PD: dedicado a Alhana por la inspiración

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Defecto o virtud

-No sabía si era defecto o virtud…
-Perdone, ¿cómo dice? -responde sorprendido el hombre maduro. No esperaba que, en estas circunstancias, nadie le dirigiese la palabra.
-Sí… nunca lo supo. Cuando estaba viva, quiero decir.
-¿Se puede saber quién diablos es usted? -¡lo que le faltaba! Le ha costado casi media hora echar al resto de las cacatúas de la familia de la sala del tanatorio, para estar un último momento a solas con su mujer, de cuerpo presente, y lo último que le apetece es que un insolente entre a burlarse.

Y encima, ¡ni siquiera le contesta!

-Oiga, que este no es un lugar público, eh. Haga el favor de dejarme en paz.
-¿Paz? ¿La que ella nunca tuvo? Por eso pidió el divorcio. Pero ahora poco importa, ¿no?

¡Inaudito! ¡Menudo descaro! Se planta, dispuesto a enfrentarse al hombre joven, pero es mucho más rápido que él. Se mueve con soltura rodeando el féretro, saca la cabeza de una rosa amarilla del bolsillo de su camisa y la deposita con delicadeza sobre el pecho de la mujer.

-¿Sabe? Siempre dudó si su paciencia era su peor defecto, o su mayor virtud. Viéndola así, yo diría que defecto.
-¡Ya está bien! ¿Quién es usted y qué pretende?
-¿Pretender? No tengo muchas pretensiones. Y quién soy es indiferente. Llámeme su conciencia, llámeme un ángel guardián. O, si lo prefiere, véame como el diablo.
-¡Largo! ¡Fuera de aquí!

Pero no había nadie en la habitación, excepto él mismo. La rosa amarilla era el único testigo de la inexplicable visita.

Un texto para el Cuentacuentos

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Le ciel est mort

-Le ciel est mort.

La frase le distrajo, y desenfocó la mirada de las pantallas de datos que recorrían su retina.

-¿Uh? ¿Qué es eso, inglés?
-No, francés.
-Francés, inglés… tú y tu obsesión por las lenguas muertas. ¿Qué significa?
-El paraíso ha muerto.

Tardó un par de segundos en entender las implicaciones. Apagó sus sistemas, y los números de color verde chillón desaparecieron de sus ojos. El trabajo ya no tenía sentido.

-¿Es… es definitivo?

Su compañera se giró. No era una mujer atractiva. Había nacido en órbita, y su físico no estaba adaptado a la alta gravedad de la Tierra, pero en ese momento su mirada triste y su mueca de fatalidad le daban un aire misterioso.

-Sí, estoy segura. Tengo los datos.

Se cubrió los ojos con una mano y se derrumbó en su silla. La desesperación amenazaba con envolverle por completo, pero una voz en el fondo de su cabeza le repetía que era normal. Ya nada tenía sentido.

-¿Hay… posibilidad de que sean incorrectos? Tal vez… nos quede algún año más. Tal vez sea una falsa alarma.

Su compañera no respondió, pero aún con los ojos tapados supo que estaba apretando los labios, como hacía cada vez que no deseaba llevarle la contraria. No eran incorrectos. Las cosas eran así, y tenía que afrontarlas: el paraíso había muerto.

-¿Y ahora qué?

Ella titubeó antes de contestarle.

-Ahora… seguimos con nuestras vidas. No podemos hacer otra cosa.
-¿Y cómo? ¿Sabiendo que estamos condenados, que estamos todos condenados?

Los dos se quedaron un buen rato en silencio. Debían hablar con su superior. Darle las malas noticias. Llevaban varios años trabajando, con un equipo de más de diez mil personas, a marchas forzadas, intentando descubrir por qué el cielo se estaba muriendo. Los síntomas habían empezado siendo sutiles, pero habían ido a más, y la salvación se alejaba cada vez más del alcance de la humanidad. Hacía apenas cien años que la ciencia había establecido una línea directa con Dios y con los ángeles y ahora… ahora ya no servía para nada. El cielo había muerto.

¿Con qué cara anuncias a tu jefe la muerte de un Dios?

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Cuando ella despierte

Está tumbado en la cama, en ropa interior, con la sábana medio desarropada y la mirada perdida en el techo. Ya ha amanecido, y ella aún duerme usando su pecho como almohada. Siempre se despierta antes que ella -la luz del sol es para él como un despertador-, pero siente su respiración tan tranquila y reposada que no quiere despertarla.

La mira, y puede ver que sus ojos empiezan a moverse inquietos. Está soñando.

Con un extraño suspiro y un sobresalto, se despierta. En un principio parece asustada, agitada, pero sus ojos se posan en los de él, sonríe, vuelve a cerrarlos y se estira en la cama.

-Buenos días.
-Hola corazón. Qué pesadilla más rara…
-¿Sí?
-Sí. No recuerdo exactamente cómo era. Pasaban muchas cosas, todas a la vez. Era muy raro todo.
-Bueno, ya sabes, las pesadillas siempre son raras. Ahora ya estás a salvo, no era más que una pesadilla.

Intenta apartarse de él, como si le sobresaltase algo. Frunce el ceño. Una, dos veces, intentando decir algo, pero limitándose a mover los labios en silencio. Finalmente, le mira con los ojos muy abiertos, y dice:

-No.
-¿No?

Alarga la mano hacia ella, pero no puede llegar a tocarla antes de que empiece a disolverse. Sus facciones han quedado congeladas y ahora parecen derretirse como acuarelas mojadas. Su propia visión se encoge a un punto de luz al final de un túnel, y cada vez le cuesta más mantener los ojos abiertos, como si una mano cruel intentase asfixiarle, estrangularle, hundirle en la oscuridad…

Con una bocanada de aire y un sobresalto, abre los ojos. Las sábanas se encuentran revueltas a su alrededor. Ya ha amanecido, aunque ella sigue reposando sobre su pecho plácidamente. La luz entra por las rendijas de la persiana, lanzando rayos que juegan con los relieves de la cama.

A su lado, ella se agita en sueños. Se despierta súbitamente, mirando a su alrededor, y le sonríe.

-Buenos días. ¿Qué tal has dormido?
-Hola corazón. Estaba teniendo una pesadilla de lo más rara.

¿Rara? Una pesadilla rara…

-Pero… Esto…

Se incorpora en la cama, frunciendo el entrecejo. ¿Qué está pasando? Ella se incorpora también a su lado, y toca su brazo con suavidad, la pregunta de si se encuentra bien implícita en su gesto cariñoso. La mira fijamente a los ojos, asustado.

-No era… ¿más que una pesadilla?

Su corazón se acelera cuando ve la reacción de ella. Sabe qué va a decir. Puede ver cómo su gesto se convulsiona, sin saber cómo reaccionar. Actuando de forma impulsiva, retira las sábanas y se dirige a la puerta. Agarra el pomo, y la oscuridad empieza a acecharle en los límites de su visión.

-No.

Es lo último que llega a oír, antes de que se vuelva a ver de nuevo asaltado por la luz al final del túnel. La propia puerta parece disolverse en un borrón de colores marchitos, y los sonidos se van apagando hasta asfixiarle, hundirle, atraparle en la nada…

Sus ojos se abren, asaltándole la imagen de un techo gris, vacío. La ropa de cama está arrugada y amontonada a su alrededor. Aunque la luz del sol ya ha empezado su asalto contra la ventana cerrada, algunos rayos rebeldes intentan colarse por los escasos huecos. Ella aún sigue durmiendo, con su mejilla apretada contra los pectorales de él.

Con cuidado de no despertarla, pero con urgencia, recoge su ropa y abandona la habitación en silencio. Cuando sale al pasillo del hotel, aún se encuentra a medio vestir, pero no le importa. Lo único que tiene claro es que debe alejarse del lugar. Debe alejarse de esa mujer. Debe estar lejos, muy lejos, cuando ella despierte.

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Nosotros

Tú…
 
 
Nos conocemos
 
 
Eso es lo de menos. Éramos uno.
 
 
No había casi distinción entre tú y yo. No había fronteras. Era increíble.
 
 
 
Pero fue real, lo más real que ha existido. Sólo el que vive así sabe que el resto no son más que sombras. Y sólo de sombras no se puede construir un sueño.
 
 
 
Todo, y nada. Las almas no están hechas para vivir así. Queríamos sobresalir por encima del resto. Amar de otra forma. Ser mejores que las sombras. Eso acabó con nosotros.
 
 
 
No, en cierta forma la vida sigue. Nuestros cuerpos se habituarán a las sombras. Ya tienen otra alma. Nosotros no somos más que recuerdos, y con el tiempo dejaremos paso a los nuevos.
 
 
Nunca.

 
…Y yo
 
 
¿Estás seguro? Casi lo he olvidado, hace tanto tiempo…
 
 
Uña y carne…
 
 
Apenas lo recuerdo, no es más que un sueño. Ni siquiera podría decir que un sueño vívido, sino uno de esos en los que no tienes claro qué acabas de soñar al despertarte. Como un espejismo, o algo así…
 
 
Pero… ¿hemos despertado? Ya no queda nada. Ni siquiera existimos ya. Dos ilusiones a la deriva, dos esperanzas rotas vagando sin rumbo… ¿Qué queda de nosotros?
 
 
 
 
¿Y nos castigaron por ello? A vagabundear olvidados en el limbo de las oportunidades perdidas. Recordando el pasado, sin poder cambiarlo ni volver atrás…
 
 
 
 
Gracias, necesitaba oír eso. Debo irme, no sé por qué. No me olvides.

Un texto para el Cuentacuentos

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Cierra los Ojos

Cerró los ojos para tratar de parecer dormido. O muerto. Le habían enseñado desde pequeño que las criaturas cazaban guiándose por el movimiento, y que no atacarían a una presa inmóvil. De modo que cerró los ojos y contó hasta 10 en la oscuridad, para tratar de calmarse y regular su respiración.

No se oía nada, excepto su propia sangre redoblando contra sus tímpanos. Los sonidos de la jungla, tan comunes durante el día, se habían apagado por completo, como si todos los animales fuesen conscientes de la presencia de los sanguinarios invasores y se hubiesen quedado congelados, esperando.

Se atrevió a abrir los ojos, lentamente. A su derecha, unos gigantescos helechos se movieron bruscamente. Las criaturas estaban cerca, muy cerca, moviéndose entre las plantas de la selva sin preocuparse del ruido que puedan hacer. El miedo le corroía por dentro. Era perfectamente consciente de lo que las criaturas le harían si le descubriesen.

Huyó. No podía hacer otra cosa. El miedo era demasiado grande, y se encontraban demasiado cerca.

No llegó siquiera al río. Una flecha, untada en veneno, se clavó en su espalda. Esa noche el ser humano se había cobrado otra pieza más.

Un texto para el Cuentacuentos

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Red de luz

Atended: Elroy Workman es una persona fuera de lo común.

Elroy Workman no ve la vida como los demás. Cuando mira a su alrededor, es capaz de ver de forma física y tangible las conexiones sociales entre los seres humanos. Oh, no les entiende, no mejor de lo que cualquier otra persona puede entender a los demás. Pero puede ver lo que les une y lo que les separa.

Para Elroy el mundo entero no es más que una red entrelazada de hilos luminosos, que sabe que sólo él puede ver. Una visión gloriosa, toda la humanidad unida entre sí por una retícula de relaciones sociales. El amor tiene un profundo color rojo que parece latir con vida propia. El odio es negro como el cielo en una noche sin luna, y sus hilos se retuercen y se sacuden como serpientes que huyen de su propio veneno. La amistad tiene un amarillo profundo y cálido, y el respeto parece fluir como un río de color azul celeste. Todo el planeta está unido por esta gigantesca red.

A veces Elroy se ha aprovechado de este conocimiento, usando esa intuición suya para convencer a una u otra persona. La mayoría de las veces se limita a observar, fascinado, a imaginarse en su mente cómo son exactamente las conexiones de las personas que ve. ¿Será ése un amor sincero, o un amor frustrado? ¿Será esa amistad nacida de haber afrontado problemas en común, o simple camaradería entre compañeros de trabajo?

Elroy disfruta observando los retorcidos hilos que sujetan a los seres humanos.

Al menos eso es lo que explicaba la nota de suicidio que el oficial encontró en la habitación de Elroy. Porque un día se miró a sí mismo con detenimiento, y se dio cuenta de que ningún hilo luminoso partía o llegaba a él.

Para el resto del mundo, Elroy es simplemente un loco más.

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Guante Negro

Si había algo que Jimmy tenía totalmente claro, era que sólo le quedaba una bala en la recámara.

En un mundo de subfusiles Thompson y Berettas semiautomáticas, uno podía sentir una especial fascinación y sensación de poder empuñando un arma como la que empuñaba Jimmy. El revólver, un Colt Peacekeeper heredado de su abuelo, era más una antigualla que un arma, pero la había mantenido siempre en perfectas condiciones, y su tambor de seis balas era tan mortal como cualquier ráfaga de disparos de un subfusil. Su cañón de metal brillante estaba decorado con filigranas, y su abuelo había hecho que le grabasen unas palabras entre ellas: “Ultima ratio”. El último recurso.

Por supuesto, él no había entrado en el club con el revólver desenfundado. No, eso habría sido suicida, y estúpido. Entró de forma disimulada, disfrazado de camarero, como el soplón le había informado que le sería posible entrar. Al fin y al cabo, el club era un local selecto, con sus sillas de ante, sus cortinas de seda y su escenario de madera de roble. En el escenario cantaba jazz una mujer de largo traje de noche negro y los labios más rojos que Jimmy había visto en su vida.

La mesa que buscaba se encontraba cerca del escenario. Una mesa semi-circular, en primera línea pero con suficiente privacidad como para que sus ocupantes pudiesen ocuparse de sus asuntos. Se acercó a la mesa con una bandeja tapada. Supuestamente llena de bebidas, pero en realidad portando el revólver, por supuesto. Estaban todos en la mesa. Dos matones a los que no conocía, Francesco “Lucky” Hardy, Salvatore Acosta y Sid Patton. Vitorio, el capo, no estaba por ninguna parte. Pero no se puede tentar a la suerte y, si el soplón estaba en lo cierto, sólo tendría esta oportunidad, y debía aprovecharla. Cualquier riesgo era poco para vengar a su familia.

Rápidamente, antes de que los dos matones pudieran reaccionar, tiró hacia los mafiosos la tapa de la bandeja. Cogiendo el revólver con presteza -meses de práctica tenían que dar algún resultado- acertó con cinco balas a los dos matones y a los tres mafiosos. Una bala de un Peacemaker a quemarropa no era ninguna broma. Tenía claro que no volverían a levantarse. La gente empieza a gritar, a intentar huir del club. La hermosa cantante se agarra al micrófono y grita, paralizada ante la visión de tanta violencia sin sentido.

Sólo quedaba una bala en la recámara, la destinada a Vitorio.

Sin perder un instante, corrió hacia la puerta del servicio. El resto de los hombres de Vitorio no tardarían en entrar al club y empezar a disparar. debía encontrar al capo y terminar su trabajo.

La puerta de servicio se abrió con un empujón y Jimmy la atravesó como una ráfaga de viento.

Unos brazos fuertes e inmisericordes le atraparon de súbito con una presa profesional por la espalda. El revólver escupió su última bala con un estruendo. Una lluvia de yeso del techo cubrió a Jimmy y a su atacante. Le tenía totalmente inmovilizado, atrapado. El hombre le susurró al oído.

-Gracias, Jimmy, por hacer mi trabajo. Adiós.

En las pocas décimas de segundo antes de que una navaja afilada le rebanase la garganta, Jimmy reconoció la voz del soplón, y comprendió que se la habían jugado.

Limpiando su navaja de sangre en la ropa de su víctima, Vitorio sonríe satisfecho.

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El sueño de una noche de primavera

-Yo siempre seré tu niña.

Está tan elegante como la recuerda. Alta, con esas piernas largas y estilizadas que le volvían tan loco de joven. Algo más vieja, por supuesto, pero muy bien conservada. Sólo unas finas arrugas bajo los ojos delatan su edad, y su pelo moreno sigue brillando como lo hacía antes. Si acaso, con la edad ha ganado en elegancia. Viste un traje de noche rojo, unos zapatos negros de tacón y unos guantes de rejilla largos.

-Creo… que es un poco tarde ya para eso.

No se puede decir lo mismo de él. Su pelo y su barba -aunque cuidados- están casi completamente grises ya, y la bata azul que viste es la antítesis del buen gusto. Está sentado en un sofá más viejo aún que él, bajo las cortinas de la habitación. Saca del bolsillo de la bata una pipa de madera, y la enciende. Recae en su falta de consideración y le ofrece un cigarrillo y fuego, que ella acepta acercándose al sofá. Vuelve a dirigirse a ella para romper el incómodo silencio.

-Y dime, ¿qué tal te va?
-Bueno, ya sabes, bien. Todo lo bien que puede irme.
-¿Sigues con ese…? Uhmm… Como se llame… Tenía nombre de ángel.

Ella sonríe, consciente de su terrible memoria. Sabe que no pretendía ningún insulto, y entre ellos ya murieron hace muchos años las formas de educación para con el otro. Meras formalidades sin sentido cuando cada uno tiene claro lo que el otro quiere decir, y cómo.

-Sí. Tenemos dos hijos, pequeños.
-¿Y eres feliz?

Su sonrisa se evapora. Siempre ha sabido leerla como a un libro infantil. Niega lentamente con la cabeza. No, no es feliz. Atrás quedaron las ilusiones de la juventud, cuando los dos creían que podían cambiar el mundo. El conformismo y la rutina tiraron por tierra al espíritu aventurero, y una vez estaba en el suelo, el miedo acabó por darle la estocada final. El amor inocente que había conocido es ya un extraño en su vida, desplazado por algo más calculado, más frío, más lógico. Algo que, a fin de cuentas, ha dejado de ser amor para convertirse en un intercambio comercial.

Su marido es una buena persona. Pero eso era todo lo que puede decir de él; un buen tipo, pero alguien de quien nunca estaría enamorada, al menos no como antes. Es abogado, un hombre de buena familia, y buen padre para sus hijos.

Y sin embargo nada que hiciese podría compararse con los momentos que pasó junto a este artista desgarbado, con ese aspecto de bohemio trasnochado y su forma de vestir tan alejada de la moda y las corrientes de la sociedad. Ha vuelto a amar, sí, pero nunca con tanta intensidad.

No ha hecho falta que le transmita esto, él ya lo sabe, lo ha leído en sus ojos, en la mueca de su boca, en el lenguaje de su cuerpo. Se levanta, la abraza, le ofrece su hombro para llorar en silencio por todas las horas perdidas.

Se besan en esa habitación desordenada. Una pareja dispar a la que la vida ha intentado separar con los años. Y con ese beso les parece que esos años, en realidad, jamás han pasado.

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