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No pudo despertarla

No pudo despertarla.

Lo intentó de todas las maneras que se le ocurrieron. Empezó llamándola suavemente por su nombre, susurrándole con delicadeza al oído. Cuando vio que no funcionaba, la sacudió ligeramente por los hombros, pero esto tampoco dio ningún resultado. Fue entonces cuando empezó a preocuparse.

No respondía a los cachetes que le dio en la mejilla, y su piel estaba casi congelada. Abrió de par en par los enormes ventanales que daban al balcón, y la luz entró como la gente al abrir una tienda en primer día de rebajas, pero ella no se inmutó, siguió impasible, con los ojos cerrados.

No sabía que hacer, y podía empezar a notar los efectos de su sueño profundo. La desesperación, la tristeza y la melancolía comenzaban ya a apropiarse de su mente, tomando un terreno que no era suyo. Notó que ella ni siquiera respiraba, pero no se atrevió a hacerle una reanimación cardiovascular, nunca se la habían enseñado, y era consciente de que si intentaba hacerlo como en las películas, lo único que haría sería empeorar la situación. Estaba desesperado. Fue a la cocina, tirando en sus nervios un par de tarros de cristal llenos de especias, que cayeron al suelo y estallaron en mil pedazos que jamás podrían volver a estar juntos.

Volvió a la habitación con un vaso lleno de agua fría, y se lo lanzó a ella a la cara.

Nada, ni una sola reacción. Era tarde, muy tarde ya. No había nada que hacer.

Se sentó en el borde de la cama, con ella a sus espaldas, y enterró su cara en sus manos. No podía llorar. Había llorado ya tanto que las lágrimas se habían secado y habían dejado de correr, como los ríos en verano. Tenía que hacerse a la idea de que no iba a despertar, enfrentarse a la realidad. Estaba muerta.

No pudo despertarla. La Felicidad había muerto hacía varias horas. Ya sólo podía enterrarla… e intentar olvidarla.

Un texto para el Cuentacuentos

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Continuación II

Es un banco cualquiera, en un parque cualquiera en una ciudad cualquiera. A la orilla de un río cualquiera.

Ella juega nerviosa con sus manos. Tiene los nudillos blancos de tanto apretarlas, de cruzar los dedos una y otra vez. En parte es para luchar contra el frío, en parte para tranquilizarse a sí misma. Lo que tiene que decir no es fácil, nunca ha sido fácil.

-Mira…

Comienza, le observa a él, y puede ver que está llorando, que ya sabe qué es lo que hay que decir. La situación ya se ha producido, las palabras sólo son la cinta aislante que le falta a una caja de embalaje.

-Esto… no está funcionando. No estoy enamorada. No sé por qué… Son tantas cosas, no me entiendo ni a mí misma. Pero, por favor, no llores, no llores…

Intenta abrazarle, pero él rechaza sus brazos. No me toques, dice. No sé quién eres. No sé quién eres. Y ella llora también.

El agua verde del río parece inmóvil, estancada. El invierno ha asesinado al otoño, dejando cómo cadáveres inocentes a miles de hojas de canela. Las orillas son como cementerios masivos al aire libre. Ya no hay sol tras las nubes espesas, ni arcoiris ni animales que quieran amenizar la tarde a los viandantes con sus graznidos. Sólo hay frío, y corazones rotos.

-Por favor, no te vayas, déjame acompañarte… No te vayas.

Pero él se va, recoge su bolsa, se cala el abrigo hasta arriba y se va.

Ahora sabe que no todas las historias bonitas tienen una continuación.

La historia comenzó así, hace una eternidad. Esa eternidad que sólo duran las cosas que parece que merecían la pena.

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Frío

-A veces es difícil ser yo.
-Normal. Siempre es difícil ser uno mismo. Lo fácil es ser otra personas, es lo cómodo.
-No seas ingenuo.
Andan sin prisa por la calle. No van abrazados porque no les hace falta abrazarse. Sobre sus cabezas, la campana de una iglesia replica las dos de la mañana.
-No, hay gente para la que no es difícil ser ellos mismos, está claro.
-Lo dices por alguien en particular o…
-No, no lo decía por nadie. En general. Ya sabes, hay gente que no piensa, les da igual. Son lo que son. Oye… tengo frío.
Él se quita su abrigo y la cubre. La abraza por los hombros para no quedarse él mismo frío y siguen caminando.

-¿Alguna vez has querido ser otra persona?
Se lo piensa antes de responder. -Creo que no. No. Es difícil pero, es lo que hay.
Él besa su mejilla, pero ella se aparta, incómoda por alguna razón. No es momento para besos.

-¿Y tú?
-Sí. Muchas veces. Cuando me siento incomprendido, cuando no encajo. A veces es como que… es como si he llevado tantas máscaras, y he querido ser tanta gente distinta, que he descubierto que no hay un “yo” de verdad. ¿Sabes? Que lo que soy, de verdad, es el cambio. No soy el que lleva la máscara, soy el… acto de llevarla.
-Ahm.

Le mira, en esa noche helada, y sonríe de lado.

-Veo que también es difícil ser tú.

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Adios

Adios, mi rubia, mi niña, mi amor.

Sé que no volveré a verte. Sé que no volveré a saber nada de ti. Pero no puedo evitar escribirte estas líneas en un blog olvidado que ya no leen ni cuatro personas. Tal vez como una despedida final, tal vez como un epitafio de algo que sólo yo sentí. O tal vez para detener, aunque sea por un segundo, las lágrimas. Aunque no funcione, sigo llorando y con el alma arrugada como un pañuelo usado.

No entiendo por qué las cosas han salido como han salido. Tengo la completa seguridad de que no lo sabré nunca, y eso será otra cruz más que arrastraré el resto de mi vida.

Adios, no puedo seguir escribiendo. Tengo tantas cosas que decir, y tú no estás aquí para escucharlas. No lo estarás nunca. Adios.

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Por un Puñado de Fama

De la noche a la mañana, los colores ya no existían. Los sonidos habían perdido su eco. Los sabores eran todos amargos. Cada día podía observar cómo sus sentidos se marchitaban y se pudrían hasta quedar reducidos a polvo, a cenizas. Ni siquiera era consciente de cuándo su arte había perdido toda su substancia, su alma, para convertirse en una cáscara arrugada, atrapada en el angosto resquicio que siempre queda entre la pasión enfriada y los sueños que no llegan a cuajar.

O tal vez fuese sólo el producto de su última borrachera. Una resaca mal curada, de esas que aparte de dar dolor de cabeza hacen que te replantees toda tu vida y el porqué de tu situación actual.

Por otra parte, si no se sintiese tan mal no habría bebido tanto. Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola.

Su lujoso apartamento parece un campo de batalla. Los restos de la fiesta de la noche anterior cubren con su alfombra de lujuria desencadenada cada superficie horizontal. Las sábanas desordenadas y húmedas le indican una noche de desenfreno, aunque entre las punzadas que le ha dejado el alcohol no logra recordar con quién -o quiénes- se libró la batalla campal en la cama. No… él no había participado. ¿O sí? Sólo que no directamente. Había intentado pintarles, retratar la pasión ondulante y temblorosa de dos cuerpos unidos.

Los restos del cuadro yacían a la derecha de la cama. Lo había hecho trizas. Una llaga sangrante de su vergüenza, otro fracaso más para un artista que se estaba quedando sin ideas.

El teléfono sonó penetrante y, aunque tenía ganas de lanzarlo por la ventana para que dejase de taladrar su cabeza, decidió cogerlo.

-¿Robert? Espero no haberte despertado -Isaiah, su representante, confidente, amigo, y en ocasiones amante. Sólo pudo responderle con un gruñido.
-¡Robert! ¡Escucha! No te llamaría a estas horas, pero… me ha surgido algo que sencillamente no podemos dejarlo pasar. ¡Es una nueva idea, algo fantástico!
-Cuéntame Isa… Dios, me lo vas a contar igual. Pero no grites. Espera.

Se levantó del suelo donde había caído rendido la noche anterior. La carísima moqueta olía a vómito y a decadencia, y su ropa se había impregnado del olor. Se quitó con la mano izquierda la camisa y los pantalones y se tendió en el sofá en su ropa interior.

-Dime.
-Mira, es una idea nueva, ¡lo último! Tú siempre experimentas con pasiones, con emociones, intentando plasmarlas en tus obras.
-Sí, es lo único que sé hacer.
-Pero mira, tú lo sabes, estás cansado de retratar siempre lo mismo, y tu última exposición era basura comparado con lo que sabes hacer -No pagaba a Isaiah para ser insincero-. La gente se cansa de lo mismo, busca emociones nuevas, busca morbo.
-Ve al grano, anda. Me duele la cabeza…
-Escucha. Hay quien propone ofrecer al público algo nuevo, rompedor, que no se ha hecho nunca antes. Lo devorarán como pirañas, te lo aseguro. No hay nada que coman con más ansia que el escándalo.
-¿De qué demonios estás hablando?
-La muerte, Robert, ¡la muerte! Igual que retratas a parejas teniendo sexo, a chicos corriendo en el parque o a niños jugando, ¿por qué no retratar a gente muriendo? La muerte tiene tanto poder, tanta fuerza…

Robert nunca habría pensado en ello. Tal vez está demasiado apegado a sus costumbres, a una moral obsoleta. Isaiah es bien consciente de que Robert sólo trabaja con modelos al natural, y que no soporta las emociones fingidas.

-Y no sería todo ello… bueno, ya sabes, ¿ilegal?
-Ay Robert, ¡esto ya no es el siglo XXI! ¿Quién lo iba a prohibir? ¿El Gobierno? Tú y yo sabemos que ya no tienen autoridad alguna. Y las Empresas no dicen ni pío si hay contrato.
Se levanta del sofá, cada vez más interesado por lo que dice su amigo.
-¿Hay contratos?
-Sí, los he rellenado ya, sólo falta que los firmes. 3000 y pico candidatos. Una pequeña fortuna, pero entre tu fortuna y los inversores que tengo apalabrados si te lanzas en este proyecto… No habrá problema en pagar a toda esa gente.

Robert deambula por el apartamento. Su mente viaja en ensueños y elucubraciones sobre el nuevo proyecto. La resaca ya no es más que un recuerdo, y siente que su inspiración ha vuelto. Su etérea musa se le aparece y le hace imaginar mil maneras de retratar a la muerte. El más bello de sus proyectos. Mil llamas apagadas inmortalizadas en un sutil instante de sublime tortura. Mil vidas llegando a su fin, de mil formas diferentes, todas ellas agónicas, exquisitas. La gente le amará, le idolatrará. Él será el avatar de una nueva corriente artística. Cuando responde a Isaiah, es con una feroz sonrisa de depredador. El artista ha renacido.

-Cuenta conmigo.

Un texto para El Cuentacuentos

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Noches claras de días oscuros

Tiene frío. Uno de esos fríos que parecen taladrar la piel y hundirse entre los huesos, mordiéndolos con hambre. Y tiene miedo. Le gustaría ver qué hay a su alrededor, pero sólo hay oscuridad. Es una oscuridad profunda, de las que nublan los sentidos, casi palpable.

El viento sopla a través de alguna ventana entreabierta, o valla de madera, en el patio, creando un sonido oscilante que se asemeja al agua corriente de un río. Cuando el viento sopla así, recuerda su infancia y el lugar donde nació, y la nostalgia se une al frío y al miedo. Lo único que querría sería ser libre, volar lejos de allí, alejarse de esta prisión.

Y, en la oscuridad, confuso por no entender lo que le rodea, sin saber qué otra cosa hacer, canta. Canta con suavidad, una melodía musical y alegre, que sea capaz de disolver todos los miedos, ahuyentar todas las oscuridades y calmar cualquier frío.

 

 



 

 

Silvia se despierta en su cama, en una habitación que da al patio, a las 3 de la mañana. El aire mueve con suavidad las cortinas de su ventana entreabierta, y la luz de la luna y las estrellas ilumina con un brillo tenue pero cálido las formas indistinguibles del cuarto.

Silvia sabe que sus vecinos tienen un canario, de colores amarillo y verde, con una franja marrón a lo largo de la espalda. Le tapan con un paño negro por las noches, y el pobre pájaro, desorientado, canta por la noche como si ya fuese de día. A Silvia le gustan estas noches. El viento juega con la valla del patio, evocando un sonido de la naturaleza, como el agua de un río fluyendo plácidamente. Cuando se despierta así, siente que es más de día a media noche que por el día verdadero.

Arropada por la calidez de esa sensación, Silvia se duerme de nuevo.

 

Gracias a Silvia por la idea, aunque vaya a odiar lo que le hice al puto canario 😛

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Nunca te dije

Nunca te dije por qué me atreví a sonreírte aquella noche. Algunos dirán que fue algo inevitable, como el choque entre dos trenes que se acercan en sentidos opuestos por la misma vía. Otros dirían que hay veces en esta vida que sabes que no eres más que una marioneta del destino, colgando de unos cables que te llevan a donde ellos quieren. También habrá quien diga que fue una reacción normal, previsible.

¿Por qué siempre hay gente que disfruta aplastando el libre albedrío, ahogándolo bajo el peso asfixiante de sus prejuicios?

Apareciste en ese bar como un soplo de aire fresco -no menos agradable aunque hubiese sido esperado-. Levantaste tal revuelo con tus ojos brillantes, tal nube de polvo, que todos mis sentidos quedaron irremediablemente atrapados. Fue un huracán de interés, un tornado bajo cielo despejado.

No hubo nada de inevitable, nada de previsible, nada de predestinado en la sinceridad de mi sonrisa. Fue tan simple -y tan complicado- como que tú fuiste su horma. Fuiste la forja donde se fundió y se derritió bajo el fuego de tu mirada. Fuiste el nido con cuyo calor eclosionó plácidamente.

No pude sino sonreír.

Un texto para el Cuentacuentos

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Mariposas

-Como podéis ver, la cara superior del esfenoides presenta en la línea media una cresta, la cresta esfenoidal, que termina aquí en una punta llamada proceso etmoidal del esfenoides, porque aquí articula con el etmoides. Luego, a los lados de la cresta veis una superficie lisa semicóncava que se llama el yugo esfenoidal. Ahí articula la lámina papirácea del etmoides. Si os fijáis, lo bueno de los huesos de la base del cráneo es que se ve claramente cómo y dónde articulan entre sí, son como las piezas de un puzzle. Aquí también podemos ver…

Sandra hace garabatos con el boli rojo en el margen de sus apuntes. A veces se dedica a hacer dibujos, otras veces caricaturas de los profesores. Esta vez son garabatos sin forma ni sentido, como los que dibujas cuando estás distraído hablando por teléfono. Tiene demasiadas cosas en la cabeza como para escuchar realmente a la profesora. Tal vez ni siquiera debería haber venido a clase. Días así es mejor quedarse durmiendo.

Y, por más que la profesora hable de articulaciones y crestas, ella sólo ve una mariposa.

-En este surco, el canal óptico esfenoidal, o surco quiasmático, es donde se aloja el quiasma de los nervios ópticos, mientras que en este nicho, la silla turca, por la forma curvada que tiene, se aloja la hipófisis, que está situada dos centímetros por delante y dos por encima del meato auditivo interno. Dorsalmente la silla turca está limitada por la lámina cuadrilátera del esfenoides, que en sus ángulos superiores presenta unos salientes denominados apófisis clinoides posteriores, como podéis ver aquí. A ver, ahora esta transparencia es la de la cara inferior…

Mariposas. ¿Por qué no? Algunas culturas antiguas interpretaban el alma humana como mariposas. Etéreas y diáfanas. Ha leído en algún sitio sobre un mito griego, de los que lees de pasada y olvidas a la mañana siguiente. ¿Eros? No, era otro dios… Ah, Psyche. En griego, Psyche significaba a la vez mariposa y alma. Del resto del mito ya no se acuerda. Habría sexo, y violencia, como en todas las historias de dioses griegos, y al final la historia acabaría con una moraleja, pero de los detalles se acuerda lo mismo que mañana se acordará de los nombres de los malditos surcos del hueso mariposa.

-…aquí se articula con el borde superior del vómer, que tiene forma de ángulo diedro, y se constituye así el canal esfenovomeriano medio, comprendido entre la cresta y el fondo del canal vomeriano. A los lados de la cresta inferior podéis ver unas superficies lisas de forma triangular con base interna, que forman la parte mas posterior del techo de las fosas nasales.

En el fondo tiene sentido, ¿no? Puede imaginarse la sorpresa de los antiguos griegos, observando un cráneo humano y viendo que, en su interior, tiene una mariposa. “¡Eureka!”, exclamarían, a lo Arquímedes, “hemos encontrado el alma”. Una pequeña mariposa en el centro de la cabeza. El hueso del alma.

Una cosa tiene clara. A la siguiente clase no va a ir. Ella sí que tiene mariposas en la cabeza…

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Unbestimmtheitsrelation

-Doctor Delmar, hay algo que me inquieta.

El Doctor levanta la vista por encima de sus gafas de montura fina. Arthur está proyectando una imagen dentro de su espacio virtual. Aunque el Doctor ha indicado a todo el mundo que no desea ser molestado -lleva posponiendo demasiado supervisar la tesis de uno de sus más destacados investigadores-, ese tipo de advertencias no suelen funcionar con Arthur. Es extremadamente impaciente y curioso. ¿Quién habría supuesto que una inteligencia artificial podría desarrollar esas facetas tan humanas?

-Buenos días, Arthur. Dime, ¿qué te preocupa?

-He estado esta noche revisando 45.000 bases de datos relacionadas con la historia de la civilización de Tartessos…

-Arthur, por favor, ve al grano, estoy ocupado -Clayton es generalmente bastante permisivo con las elucubraciones de Arthur, pero hoy no es buen día para irse por las ramas, y Arthur tiene una tendencia increíble a divagar.

-Sí. He observado que la capacidad de transferencia de información y la asimilación de conceptos contenidos en las bases de datos es al menos un 34,5% inferior a la capacidad óptima. Como consecuencia de esto, se producen interrupciones no periódicas de hasta 15 milisegundos, que debo emplear en tareas de mantenimiento y autodiagnóstico o, en su defecto, en actividades no…

-Espera. Arthur, ¿quieres decir que hay algo mal en las bases de datos? -sin duda esto se trata de un problema de categoría urgente. Las bases de datos que Avalon S.L. contrata para el uso de Arthur son privadas, de una calidad supuestamente impecable, y de un precio astronómico. Si estuviesen fallando, habría que atajar el problema de forma inmediata.

-Sí, Doctor, he observado dos problemas principales en las bases de datos. Permítame que descargue a su espacio virtual algo de información al respecto -dos iconos de archivo tridimensionales aparecen flotando sobre el escritorio virtual del Doctor Delmar.

-El primer problema es trivial, y puede ser resuelto con una petición a los proveedores. De las 45.000 bases de datos proporcionadas, 29.786 están en inglés, 5.478 en alemán, 4.672 en español, 1.238 en francés…

-¡Arthur!

-Disculpe, Doctor Delmar. En resumen, aunque soy capaz de entender las traducciones de todos los idiomas presentados, he observado que existen diferencias marcadas entre ellos, así como derivaciones culturales. Comprender estas diferencias representa una pérdida de eficiencia y de tiempo de proceso que…

-De acuerdo, de acuerdo, pediré que a partir de ahora haya un equipo de traductores que se encarguen de las bases de datos… Tu tiempo de procesamiento es probablemente más caro que sus salarios… ¡Maldita Babel!

-Gracias, Doctor. Sin embargo, es el segundo problema el que más me preocupa. El segundo problema es el lenguaje en sí. Cualquier lenguaje humano es inherentemente impreciso, al haber sido creado en base a las experiencias de unos sentidos limitados. La inexactitud del lenguaje acarrea errores de comprensión que se acumulan y causan al menos el 33% de la pérdida de eficiencia que comenté anteriormente. Empeorando la situación, al menos un 17,4% de las bases de datos muestran un sesgo causado por diferentes opiniones subjetivas, y otro 13% se ven distorsionadas por secciones con un significado connotativo que difiere significativamente del significado denotativo. He llegado a la conclusión de que los lenguajes humanos, que fueron en un principio creados para retransmitir impresiones abstractas, sentimientos, sensaciones y vivencias, no son aptos para la retransmisión de información fidedigna y la descripción exacta de la realidad. A la vista de estos problemas, y de la obvia obsoletitud que presentan, sugiero modificar el lenguaje humano.

El Doctor observa la imagen de caballero medieval que Arthur ha proyectado dentro de su espacio virtual, y que utiliza siempre como avatar.

-Arthur, somos 11.000 millones de personas en este maldito planeta. En más de siete mil años de civilización, no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo en un sólo idioma. No vamos a empezar a hacerlo ahora. Tendrás que vivir con esa inexactitud. La incertidumbre es parte de ser humano.

Arthur tarda unos segundos en responder. Algo inusual, que sólo hace cuando una situación se escapa de lo esperado. El Doctor no puede evitar pensar que, si Arthur fuese un ser humano, ahora mismo estaría haciendo pucheros.

-Doctor, los seres humanos presentan demasiadas limitaciones. Deberían crear una nueva versión.

Este texto, más que inspirarme, es que se lo he robado casi íntegro a Raquel. Así que te lo dedico no al 100, sino al 150% ;))

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Curva pronunciada

Lázaro Sherman es de esas personas que besa a la muerte en la boca con los ojos bien abiertos.

Conduce el Audi R8, con un cigarrillo en la mano izquierda, soltando las cenizas por la ventanilla abierta. El coche va a más de 100 Kilómetros por hora en el estrecho camino de montaña, pero a Lázaro no le importa. El riesgo fue robar el coche y hacerlo arrancar en medio de las calles de Zürich. Comparado con eso, cualquier otra temeridad resulta nimia.

Por otra parte, la policía no es lo más peligroso que le estará pisando los talones ahora mismo.

Los neumáticos del deportivo chirrían y derrapan en una curva cerrada, tomada a más velocidad de la que debería haber sido tomada. Tira el cigarrillo a la carretera y agarra el volante con ambas manos para no perder el control del coche.

Un coche estupendo, todo hay que decirlo. Lázaro siempre había pensado que un deportivo con la suspensión tan baja sería ideal para quemar neumáticos en en puerto de montaña, pero nunca había tenido la ocasión de comprobarlo.

Su teléfono móvil suena y lo descuelga inmediatamente. Esperaba esta llamada.

-Sí -una pausa-. Una cabaña. ¿Y el coche? Ok.

Tira el teléfono en el asiento del copiloto. Debía haberlo supuesto. El precioso deportivo acabará en el fondo de un lago, la manera más segura de que se pierda de vista. Y él tendrá que pasar varios días escondido en una cabaña infecta, hasta que su pista se enfríe.

A veces Lázaro desearía que el trabajo de espionaje fuese más parecido al de James Bond.

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