Archive for January, 2008

Mascarada

Las figuras, oscuras y misteriosas, revolotean a mi alrededor. Riendo, bailando, en parejas, en grupos. Una atractiva y curvilínea figura femenina engalanada de rojo y una barroca máscara con plumas de pavo real de casi un metro de longitud se aferra seductoramente al cuello de un trajeado hombre-águila. A su izquierda, tras la rechoncha complexión de un hombre mayor sonríe una media luna a un grupo de variados animales salvajes. Me abro paso a través de todos ellos, parte de la multitud, pero a la vez tan fuera de ella. El luchador mexicano, la bruja, el hombre de la máscara de porcelana, todos ellos pueden quitarse la máscara y ser ellos mismos. Pero para mí la normalidad está vetada. Tras mi máscara acecha una máscara nueva. Otras sonrisas falsas, otras historias vácuas. La máscara más potente es la que se apoya directamente sobre el hueso.

Cansado y deprimido por el hilo que siguen mis pensamientos, sigo recorriendo el extenso salón, rechazando las copas de carísimo champán que me ofrecen los elegantes camareros. Veo la máscara de estrella, la de bufón veneciano, la de satírico diablillo que sonríe burlonamente. Y tras ellos veo a gente común, gente que jamás entenderá el peso de mis múltiples máscaras.

Entre el dragón y el Fantasma de la Ópera, con una copa en la mano y observando curiosa a la multitud, la veo a ella. Una figura perfecta, moldeada por el destino. Su pelo moreno cae rizado por debajo de sus hombros, acariciando su piel morena. Su sonrisa, a la vez juguetona e inteligente, parece desafiar a la dureza del universo. Y cubiertos por una recargada máscara, un torbellino de plumas, ribetes y joyas, dos ojos castaños de inusitada belleza se clavan en los míos. De alguna manera entiendo que esta mujer comparte mis múltiples máscaras. Atrevido, me acerco a ella y le sonrío. Devolviéndome la sonrisa, ella se aferra delicadamente a mi brazo y nos disolvemos entre la multitud.

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Nada que decir

Ah, parece que ahora me encuentro mejor. Sí, levanto un pie de la cama, levanto el otro, me incorporo. Un dolor punzante se clava en mis sienes y la habitación oscura parece dar vueltas a mi alrededor. Parece que la sensación de mejoría era un poco falsa. Froto mis ojos y noto el sudor frío resbalando entre mis cejas. ¿38 grados? Tal vez un poco más… Bueno, no importa, sobreviviré. Tambaleándome me acerco a mi escritorio, aparto la silla y me dejo caer, con el corazón retumbando en mi pecho como un caballo. Enciendo la pantalla del ordenador, nervioso (el ordenador, siempre encendido, su ventilador haciendo un ruido atroz. Un zumbido al que ya estoy acostumbrado. ¿Tal vez debería haber comprado un Intel? Bueno, ya no importa). Parpadeo aturdido, cansado por el esfuerzo. Nada. No hay ningún correo en mi bandeja de entrada. No hay respuesta (Una voz en mi anterior [¿Un ángel? ¿Un demonio? ¿Acaso hay diferencia entre uno y otro?] me grita desesperado que sé que jamás habrá respuesta. Palabras desperdiciadas, y coraje sólo encontrado a medio camino). Desilusionado, y con mi pobre corazón febril bombeando más por dejadez que por necesidad, abro el navegador y escribo la dirección de mi blog en la barra de dirección.

¿Sobre qué escribir? ¿Un lamento al estilo “emo” de lo terrible que es la vida, lo mal que me trata, lo desgraciado que soy, etcétera, etcétera, etcétera? Ah, demasiado cliché. Muy visto en otros cincuenta blogs. Y además, sé que tampoco es cierto, y que no necesito de la piedad ajena. ¿Un texto retorcido con doble (¿y triple?) significado en cada una de las frases? Nah, para eso ya está la Luz Oscura. ¿Tal vez una poesía? Recuerdo la última vez que lo intenté, y tengo tal ineptitud que tuve que hacerla en inglés. Me viene a la cabeza la voz de Fito: “No tengo nada que decir, no tengo nada que decir, ad infinitum”.

Me vuelven a venir nauseas, y de nuevo ese dolor increpante que parece querer taladrarme el cráneo para ver qué hay dentro (¿y qué crees que hay? Como mucho desilusión y un toque de ganas de morirme [lo segundo, por suerte, causado como siempre por la fiebre. ¿Por qué nunca nos damos cuenta de lo bien que estamos hasta que dejamos de estarlo?], pero nada de interés). Intento enfocar la pantalla. Qué difícil va a ser acertar en las teclas en la oscuridad… Pero claro, no puedo encender la luz, me trepanaría el cráneo. Tiritando, me arropo en mi bata y empiezo a escribir.

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