Archive for February, 2008

Arde la Ciudad

La ciudad está ardiendo de nuevo. Las temibles llamaradas se elevan sobre los ennegrecidos restos de los rascacielos, arrojando a la atmósfera lúgubres nubes de ceniza que se pierden en el horizonte. Una repentina bola de fuego estalla en uno de los edificios más bajos, esparciendo torturados fragmentos de piedra, metal y vidrio sobre las construcciones cercanas. Ya quedan pocas ruinas por ser consumidas, pero parece que las llamas seguirán pugnando por destruir hasta la última piedra que se levante sobre la llanura. El resplandor anaranjado de las llamas proyecta sombras que bailan de manera provocativa sobre el suelo, difractadas por los afilados fragmentos de plexiglás que quedan en la ventana.

Las ruedas del monorrail arrancan un quejumbroso chirrido del oxidado raíl. Con una sacudida, los ajados vagones se inclinan con una pendiente para la que jamás fueron diseñados. Cogiendo velocidad, el monorrail se abalanza hacia el nauseabundo túnel que penetra bajo las montañas.

Arte por Elena Coll, mi pintora
impresionista favorita 🙂

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Tantas palabras, tan poco significado

Nuestra percepción de la realidad es una pura ilusión de nuestros sentidos y de nuestra concepción del mundo, una mera quimera fantasiosa que se apodera de nuestra psique y la transporta a un mundo inusual, intemporal, donde nuestras mentes no son capaces de relacionarse de manera correcta con el entorno que nos rodea, estallando en un borrón de impresiones sensoriales contradictorias que atentan contra el núcleo de los que nos hace ser humanos, donde las fantasías más alocadas cobran una realidad tangible -si bien etérea- y el relativismo moral pasa a un primer plano, destruyendo las preconcepciones como un vendaval tumba inmisericorde un castillo de naipes, donde no podemos estar seguros de si somos nosotros mismos y, así aislados, gritamos en el silencio de nuestro interior, enarbolando una callada súplica a la que nadie puede responder; un mundo, en conclusión, en el que la paradoja del solipsismo amenaza con aislar nuestro subconsciente y encerrarlo en un infierno en vida en el cual jamás podremos distinguir entre la verdad y la ficción, perdidos para siempre en la bruma de la incertidumbre que ataca inclemente nuestro yo más íntimo. Y, así perdidos, nos enfrentamos a nuestros más siniestros miedos, a aquéllo que, formando parte de nosotros mismos, está sin embargo fuera de nuestra personalidad, una especie de alter ego que yace parcialmente en los límites de nuestra consciencia, siendo partícipe de nuestros actos, una parte indispensable de estos, pero a la vez alejado de nuestra experiencia cotidiana ¿Cómo podemos nosotros, oh débiles criaturas indefensas ante la inmensidad del universo, enfrentarnos sin cobardía a una noción tan ajena y alienígena a nuestra propia mundanidad sin perder el control de nuestra vida, dejándonos llevar por una corriente misteriosa y etérea que nadie sabe dónde puede llegar a acabar? ¿Estamos acaso condenados a movernos a través de nuestra vida -¡apréciese sin duda la ironía implícita de la situación!- como almas en pena buscando la respuesta a una pregunta que lleva sin ser formulada a la vez una eternidad y un momento infinitesimal, o realmente somos capaces de romper nuestras ataduras y abarcar con nuestras mentes aquéllo para lo cual jamás fueron diseñadas?

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