Archive for February, 2009

Arráncame

Me dijiste que arrancase la luna del cielo para ponerla a tus pies. Me dijiste que pintase con susurros tu melancolía sobre un manto de estrellas. Me dijiste que grabase con hilo dorado una canción que jamás podrías cantar. Me dijiste que te buscase un cuento desgranado como las capas de una cebolla. Me dijiste que dedicase palabras al viento, que las dejase volar, que las enseñase a no tener raíces y que huyesen nómadas antes de que las atrapase el implacable espectro de la soledad…

Y te escribí esta prosa. La luna… la luna puede esperar.

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Registros

El material piezoeléctrico del despertador empezó a vibrar con una frecuencia de 880 Hertzios, durante un período de apenas 3,2 segundos. No podía ni siquiera aventurar la hipótesis de que ya fuese el instante de tiempo t… Esto verificaba que mi período diurno tendría la topología de un espacio compacto, es decir, cerrado y acotado. Me dejé caer de la cama con una aceleración de 9,81 m/s^2 (aprox.). Miré la hora, y pensé que debía incrementar mi v, así que apenas me permití un delta de café y me vestí exponencialmente. No quería caer en el riesgo de tender asintóticamente a un evento de pérdida del vuelo. Eso aumentaría de forma totalmente innecesaria mi entropía…

El coche, de peso 1795 Kg., tenía una potencia de 400 CV, pero las temperaturas nocturnas habían bajado por debajo del punto de fusión del bromo, y la resistencia de 12 ohmnios del inyector de arranque parecía haber sufrido una avería. Como el arranque parecía ser un proceso estocástico de tipo estacionario (desconocía si en sentido estricto o amplio), decidí repetirlo hasta conseguir una realización que se ajustase a mis necesidades. Una vez en marcha, vi que la distancia al aeropuerto era de 4578 metros. Los 15,78 minutos restantes para la facturación me otorgaban una velocidad media de 17,4 Km/h, más que suficiente incluso teniendo en cuenta el tráfico, ya que era de esperar que éste tuviese una distribución de probabilidad de Poisson. Esto era positivo, ya que, como se puede ver, estaba bastante restringido en el dominio del tiempo (no así, por lo tanto, en el de la frecuencia).

La facturación y el embarque fueron períodos sin demasiados eventos. No me encontraba en la parte central de la campana de Gauss. El avión tenía 28,6 metros de longitud, y una envergadura de 28,3 metros. Ya que, aleatoriamente, el sistema de asignación de asientos me había dado un asiento con ventanilla, observé asombrado que el ángulo de las alas era de 436 mrad. Los dos motores Pratt & Whitney JT8D-7 aceleraron el avión durante los 1990 metros de la pista de despegue. Una mujer obesa (97 Kg., índice de masa corporal 37) sentada a mi lado, de unos 57 años de edad, me comentó: “Uff, qué miedo da el despegue, ¿verdad?”. No entendi exactamente a qué se refería. Si bien alcanzar Mach 0.74 en una máquina que transporta 17,860 litros de combustible no parece muy seguro, sin duda la excitación de sus receptores adrenérgicos causada por la liberación de adrenalina sería suficiente para desviar la atención de su córtex hacia otras preocupaciones.

El avión alcanzó su altura de crucero, 10,700 m. Al fin relajado, disfruté del reflejo de la luz del sol, rica en componentes espectrales, sobre la capa de nubes, cirros y altocúmulos de gran albedo, bordeados por el azul intenso de la mañana causado por la dispersión de Rayleigh. En la distancia, en un ángulo aparente de 42º, puedo ver la descomposición de la luz solar curvándose sobre el cielo.

La probabilidad de que los sucesos negativos tendiesen a cero era no nula.



El despertador comenzó a sonar con un desagradable pitido, arrancándome de mis plácidos sueños. Le dí un manotazo para callarlo rápidamente, antes de que me diese dolor de cabeza. No podía creerme que ya fuese la hora… Pensé lo mismo que siempre que tengo un mal despertar: este va a ser un día largo y agotador… Me dejé caer de la cama y miré la hora. ¡Tenía que darme prisa! Me permití tomarme un café minúsculo y me vestí todo lo rápido que pude. No quería perder el vuelo. Eso sería desastroso para mi ya de por sí dilatado estrés…

El coche se negaba a arrancar, un desagradable resultado de la helada nocturna. Nervioso pero resignado, intenté arrancarlo varias veces hasta que escuché el ronroneo del motor. El aeropuerto estaba cerca de casa. Si me daba prisa, podría llegar con tiempo. Aceleré rezando porque no hubiese demasiado tráfico a esas horas.

Por suerte, llegué a tiempo al aeropuerto, justo antes de que cerrasen el mostrador de facturación. El avión, un Boeing bastante viejo, me esperaba en la puerta de embarque. Entré pidiendo perdón al resto de pasajeros por los empujones y el retraso, aunque una voz interior cínica me decía que el avión no habría esperado un segundo más de la hora programada. Me senté en el asiento de ventanilla y saludé a la mujer obesa de mediana edad que se sentaba a mi lado. “Uff, qué miedo da el despegue, ¿verdad?” -me comentó. Aunque salir disparado en una máquina llena de combustible explosivo no era precisamente mi idea de seguridad, la excitación del momento normalmente hacía que me olvidase de lo demás.

El avión llegó a su altura de crucero. El sol del amanecer, en la ventanilla del lado contrario, me regaló unos increíbles paisajes de espectrales reflejos sobre la impoluta capa de nubes, rodeada por el profundo azul de la mañana. En la distancia, resplandecía un arcoiris.

Al final el día no iba a ser tan terrible como parecía al principio.

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Miedo

Fue con él con quien por fin comprendí lo que es el miedo. Me iluminó de improviso a través de una niebla y una confusión que habían sido eternas, y no pude evitar enfocar mi vida hacia la suya, atraída como los insectos a las luces brillantes. Él, que me miraba con una de esas miradas que pretenden transmitir en lugar de captar. Él, que descubrió mi idioma sin palabras sin más intérprete que sus manos. Él me enseñó el verdadero significado de temer perder algo que no es tuyo.

Todos hemos tenido miedo en nuestra vida. Miedo a lo desconocido. Miedo a algo que puede dañarnos. Miedo al pasado, al futuro, al presente y a aquéllo que está por siempre fuera de nuestro alcance. Miedo a otras personas, o a nosotros mismos. Miedo al fracaso, miedo al éxito, miedo a perder una gran oportunidad. Miedo a la incertidumbre…

Y ahora que su mirada no me llega y que sus manos no pueden decirme nada, tengo miedo. Tengo miedo de que sea todo un espejismo, de que me lo haya inventado todo. Tengo miedo de que la ausencia sea algo más que temporal.

Tengo miedo.

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Of course

Of course…

Such simple words to be the last utterance of a dying mind. But, it all made sense, didn’t it?

Life is chaotic, unclear, clouded by our prejudices and our emotions. Death, on the other hand… death is an absolute, a constant. Death is less hazed and muddled by our transient conscience.

Everything was clear to him in that final moment as he laid there in the pavement. The meaning of his whole life, and the reasons for his death. Everything, including the certainty that all this knowledge would soon be completely useless.

Of course.


PD: En inglés hoy. No sé por qué, me ha dado por ahí XD

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Calle del Desengaño, 11


Calle del Desengaño, 11,
Frente al café Public,
a las 21:30

Calo mi sombrero y me refugio en mi gabardina negra en esta noche tan fría. La calle está desierta, sólo interrumpido el silencio por el susurro del viento y el renquear de un viejo Ford T que pasa frente al café. Pasan treinta minutos de la hora de la cita, y mi única compañía sigue siendo el humo de mi cigarrillo.

A estas alturas sé que lo más probable es que ella nunca aparezca. Qué nombre más apropiado, Desengaño… A fin de cuentas, ¿qué no es desengaño en esta vida? Esa constante amarga que nos acompaña siempre… Apostaría a que la calle se cruza con la Avenida de la Frustración y desemboca en la Plaza de la Desidia.

Es estúpido esperar más. Ella no va a llegar. Probablemente esta cita ni siquiera tenga ninguna importancia para ella, una marca más a olvidar en su apretada agenda.

Tiro con precisión la colilla del cigarrillo y me largo de allí. Enhorabuena, calle del Desengaño, puedes marcarte otro tanto.

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Y no le importa a nadie

Si te sientes solo, si gritas en silencio, si te desesperas por las mañanas al despertarte y enfrentarte a una vida vacía. Si te odias a tí mismo y a todo lo que te rodea. Si no puedes encontrar nada por lo que merezca la pena luchar. Si miras en tu interior y lo único que ves es algo que te aterra y que te aborrece con todas sus fuerzas. Si cada uno de tus planes se deshizo en polvo y tus sueños fueron brutalmente violados uno tras otro, dejando tras de sí poco más que una sombra amenazadora. Si lo único que te hace avanzar un sólo día más es algún plan estúpido que sólo significa algo para tí y que, una vez más, es cancelado por gente con cosas mucho mejores que hacer que estar contigo. Si toda tu vida es un borrón gris que te drena de todas tus fuerzas y cada vez, cada vez que intentas cambiarlo, algo tira por la borda toda tu voluntad…

Tranquilo.

No le importa a nadie.

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Pétalos

Los primeros pétalos que dejaste caer fueron los más leves, los de los segundos. Ligeros como una pluma de ganso, cayeron al suelo uno tras otro, de forma lenta pero inexorable. Con el ceño fruncido, tan concentrada y empeñada en tu tarea, seguiste por los pétalos de los minutos, que no se resistieron a tu embate y desaparecieron gradualmente. Ya plenamente dedicada a tu tarea, la emprendiste contra los pétalos de las horas, los pétalos de los días, los pétalos de los fines de semana, las semanas, los meses, los años… A fin de cuentas no eran más que pétalos, creados y pensados para ser arrancados a tu capricho. Así seguiste hasta que no quedó ni uno, y una nube de pétalos solitarios yacía a tu alrededor.

Es una lástima que no te dieses cuenta hasta este momento final de que, sin los pétalos, no podías ya oler la flor…

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El traje no tiene Emperador

Vino a suceder que en un país vecino reinaba otro Emperador, no tan presumido ni aficionado a los trajes nuevos, pero con una mano mucho más dura hacia sus súbditos.

Por azares del destino, fueron a pasar noche en una posada de este reino los dos truhanes que hubieron engañado hacía unos meses al monarca del reino vecino. Estando la guardia de la ciudad imperial advertida de su venida, fueron prestamente apresados y encarcelados en la prisión más profunda del castillo.

Yendo el Emperador a visitarlos, se encaró a ellos y les dijo: “Sabed que estoy al tanto de vuestras artimañas, vilmente utilizadas contra mi buen amigo. Sabed también que ha llegado a mis oídos que en realidad vuestra habilidad como tejedores de telas milagrosas no es desdeñable, y que sólo hacéis uso de la mentira y el engaño como una forma rápida de ganar grandes fortunas. Pues bien, este es el trato que os ofrezco: Tejedme unas ropas nuevas, que sean capaces de engañar a mis enemigos, de vencerles y dejarles indefensos ante mis ejércitos y mis maquinaciones”.

Los truhanes se miraron entre sí, entendiendo que el Emperador, aunque se las daba de hombre culto e inteligente, sería tan fácil de engañar como el otro soberano. -Por supuesto, Vuestra Majestad, pero debe entender que un tejido así requerirá de magia y semejantes portentos.

-No me importa, pedidme lo que necesitéis, nada se interpondrá. Conseguidme este traje nuevo y seréis recompensados con la libertad y con grandes riquezas. Pero os lo advierto, seréis vigilados en todo momento.

Fue así como las telas más exquisitas, con los colores más increíbles y los más maravillosos bordados, las más afiladas agujas y los telares más modernos fueron instalados en la vieja celda de la prisión, y los dos truhanes trabajaron sin apenas descansar en el traje nuevo.

-Majestad -le dijo uno de ellos una noche-, el traje está casi listo, pero es necesario empezar a tejer magia natural sobre él. La primera magia que necesitamos es la del día y la noche, que yacen separados como separada estará la mente de Vuestros enemigos. Para ello, necesitamos que nadie en la ciudad, absolutamente nadie, abandone su hogar entre las cinco de la tarde y las diez de la mañana, ya que el ir y venir de la gente perturban la armonía de la naturaleza.

-Así se hará -dijo el Monarca.

La segunda noche, el Monarca observó que los dos tejedores habían creado un majestuoso bordado del Sol y la Luna en la pechera del traje. Admirando la manufactura del nuevo bordado, se dispuso a abandonar la estancia.

-¡Oh, Majestad! Esta noche debemos tejer una nueva magia, más poderosa aún, sobre el traje. Se trata de una magia que hará que Vuestros enemigos sientan una necesidad acuciante de entregaros la mitad de sus cosechas como diezmo. Para ejecutar esta magia, tendremos que quemar como plegaria una cantidad considerable de trigo en la puerta del castillo, elevando plegarias al Señor para que os otorgue el favor sobre Vuestros enemigos.

-Así se hará -repitió una vez más el Monarca, cegado por la promesa de las cosechas de los reinos vecinos, siendo como era el suyo un reino pobre en alimentos.

La última noche antes de terminar el plazo convenido, el Emperador observó complacido los bordados de campos de trigo en llamas que parecían ondear sobre la capa del nuevo traje. Preguntó a los tejedores si había algo más que necesitasen para completar el traje.

-Majestad, sólo una cosa más. Una magia más será necesaria: la magia de la resistencia y el aguante, que harán que las espadas y las flechas de Vuestros enemigos sean paradas sin efecto por el traje. Para que la magia tenga efecto, Vuestra Majestad debería estar esta noche, antes del desfile triunfal por la ciudad, en ayunas. Puede hacerse algo más para potenciar esta magia pero… no, no merece la pena.

-¡Habla! -dijo el Monarca- ¡Habla ahora mismo o jamás saldréis de esta cárcel!.

-Como su Majestad desee. La magia será más potente si declara esta noche y mañana como días de ayuno por decreto real. A los ojos del Cielo sería un sacrificio sagrado por el cual el Señor os protegerá con mayor fuerza de Vuestros Enemigos.

-¡Así se hará!

El día señalado, los tejedores mostraron el increíble traje al Emperador, que quedó impresionado por la nobleza y el brillo de las telas. Sus pajes le ayudaron a vestirse y, escoltado por la guardia real, salió a dar un triunfal desfile por las calles de la ciudad, para que todos sus súbditos pudiesen admirar su nuevo traje.

La turba enfervorecida que esperaba al Emperador no fue detenida por la guardia real, estando como estaba ésta al tanto de la rebelión que se fraguaba desde hacía meses entre el populacho, aumentada por la última semana de privaciones. El Emperador fue rápidamente reducido por sus súbditos y ejecutado, poniendo así fin a su injusto reinado. De los truhanes nadie volvió a saber.

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Caer

Sientes el aire acariciando tus dedos, el viento gélido mordiendo juguetón tu rostro y atreviéndose a despeinar tu pelo, haciéndolo flotar como una catarata que fluye en horizontal. Con una gracial pirueta atraviesas dos nubes, plegando y extendiendo tus alas que brillan metálicas bajo la atenta mirada del sol de invierno. Jirones de nubes se deshacen como volutas de aliento de un dios despreocupado a tu paso, deshaciéndose lentamente en remolinos que se returcen sobre tu cuerpo. El rocío que impregna las nubes se posa sobre tu cuerpo desnudo.

Cientos de metros bajo tu cuerpo el mundo se despereza. Puedes ver con claridad cada montaña y colina, el cauce de los ríos, los interminables campos sembrados y alguna que otra ciudad. Cuando atraviesas el banco de nubes, tu visión sólo está limitada por la neblina atmosférica que se acumula sobre el horizonte. Abres tu alas a su máxima extensión, aprovechando una corriente de aire caliente, ascendiente, para elevarte varios metros y, en el punto más alto…

…pliegas súbitamente las alas, cerrándolas sobre tu cuerpo. Caes. Caes a plomo, como un ave abatida. El rugido del aire es ensordecedor. Caída libre. Velocidad terminal. Con los ojos cerrados, puedes ver la tierra acercarse amenazadora. Caes. Y eres consciente de que ya hace varios segundos que has sobrepasado el punto de no retorno, que tu caída en picado no puede ser detenida…

Y caes.

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Planta 14

Cuando ella entra en la habitación, él está sentado en la cama. Sus afilados tacones repiquetean sobre el suelo de mármol. Cuelga su caro abrigo sobre una percha detrás de la puerta y se acerca sin mediar palabra a la ventana, corriendo la cortina y observando con pesadumbre las luces nocturnas y el ajetreo insomne de la ciudad, catorce pisos más abajo. Sus labios de rojo carmesí se reflejan en el cristal de la ventana. Él observa en silencio.

Ella se tumba en la cama, y suspira largamente.

– ¿Cómo lo aguantas? -dice ella mirando al techo.
– No es para tanto, amor. -le responde con ternura- Las decisiones no las tomo yo. Yo sólo marco las reglas, ellos las siguen.

Ella se gira en la cama, apoyando su cabeza sobre su mano derecha.

– ¿Nunca te planteas el porqué?
– ¿Es que tiene que haber un porqué? Las cosas son como son…
– No sé… a veces me pregunto eso también…
– Mira, querida, sé que tu trabajo a veces es cansado. Más que el mío…
– ¡No es sólo eso! -le interrumpe ella- Sí, es cansado, pero…
– Son tus emociones. Dejas que te influyan demasiado.
– Es posible, es posible… Es que a veces… Es complicado, ¿sabes? Estás allí, y sabes que tienes que llevar a cabo tu función… Pero tu víctima te mira, y sabes que no quiere morir… y no puedes hacer nada…

Él la rodea con sus brazos e intenta consolarla.

– A veces pienso que soy superior a tí. Yo no dejo que estas cosas me afecten. No podemos cambiar lo que somos.

A pesar de que él no sonríe -nunca lo hace-, ella sabe que está bromeando, intentando quitarle leña al asunto. Se aparta sonriendo y fingiendo un enfado que no es real.

– ¿Superior? ¿Superior tú? ¿En qué, listillo?
– Bueno, para empezar, me sienta mejor la gabardina que a tí el traje de noche -otra broma privada entre los dos.
– Uhmm, obviaré tu insulto… Además, se me ocurre al menos una cosa en la que jamás podrías compararte conmigo.
– ¿Sí? ¿En qué?

Ella sonríe con una dentadura perfecta. La sonrisa de marfil que ha sido la última visión de incontables mortales.

– Nunca podrás ganarme una partida de ajedrez.

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