Archive for February, 2009

Susurra la ciudad

Ella observa la noche de verano apoyada en el marco de su ventana. Esta noche soñará despierta una vez más, arrullada por el murmullo de la ciudad. Aparta de su cara un mechón de su pelo ondulado y contempla abstraída cómo el viento mece las hojas de un árbol cercano.

¿Cuántas palabras y susurros, sentimientos, olores y vivencias están yendo esta noche de un lado a otro de la capital, arrastradas por ese cálido viento de finales de verano? Millones de historias para no dormir, innumerables historias para soñar, para dejar volar la fantasía. Cada vez que sopla el viento, en su voz silenciosa puede oírse un cuento distinto, una historia completa con su guión, sus personajes y su final.

Oye un llanto desconsolado que es arrastrado por una corriente de aire que revolotea huidiza calle abajo. Tal vez sea el llanto de un niño en su cuna, tal vez lleve tras de sí una historia más triste: un amor roto, una decepción, o simplemente alguien que se siente solo. Cambia la dirección del viento, y éste trae consigo la respiración de la ciudad. El sonido de los coches en la M-30, el murmullo de las zonas de fiesta, el eco de un millón de televisores hablando al unísono. Y olores. El olor de la tierra mojada del parque, el olor del humo de los tubos de escape. El olor a playa. ¿A playa? Por supuesto, cuando acaba el verano, la playa viene a descansar a la ciudad. Siente en el viento que agita su pelo cómo llegan hasta ella las experiencias de innumerables personas. La infantil ilusión de una estudiante en su primer día de carrera, la preocupación de un padre de familia en paro por no poder alimentar este mes a su familia, las fantasías que revolotean en la cabeza del hombre que conduce el camión de la basura. Siente una cierta nostalgia por no poder experimentar personalmente todas estas vivencias. Es un sentimiento extraño. Nostalgia no por el pasado, sino por el presente. Pero no es una nostalgia desagradable.

Cierra la ventana con una sonrisa. En el exterior, el aire continúa moviendo los nutrientes que hacen vivir a la ciudad a lo largo de las calles y las avenidas.

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¿No os suena esta fecha?

¿No os suena esta fecha? El hombre de la gabardina blanca recuerda aún cuando estos días tenían un significado, cuando la gente aún podía disfrutarlos. Avanza sin prisa por la calle, cubierta por un palmo de nieve. Hace años, recuerda, esta calle estaría repleta de gente haciendo sus compras navideñas de última hora, niños jugando con la nieve acumulada sobre los coches y parejas paseando bajo las luces multicolores. Un bullicio de artistas callejeros sacándose un dinero extra fruto de la generosidad de la gente. Pequeñas vidas, todas ellas, aprovechando el corto respiro de las vacaciones en sus atareados trabajos. Se detiene, apoya un pie sobre un cascote y enciende un cigarrillo, escudando su mechero con la mano ante el impasible embate de la ventisca.

Los copos de nieve y ceniza han dejado ya de ser peligrosos. La lluvia radiactiva cesó hace unos años, y esta zona de la ciudad ha ido perdiendo su abrazo mortal con el tiempo. Una simple gabardina plomada es suficiente para aislar a una persona durante un corto período. La calle, con su asfalto resquebrajado y quemado está bordeada a los lados por las ruinas ennegrecidas de los edificios derrumbados. Un mudo testigo a la estupidez humana…

El hombre de mirada impasible termina su cigarrillo y lanza la colilla con precisión a través de la ventana retorcida de un viejo chasis de automóvil. Sacudiendo la cabeza, emprende el camino de vuelta, lamentando como siempre que las decisiones realmente importantes estén fuera de sus manos.

Un texto para el Cuentacuentos

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Decían

Decían que era seca, de carácter castellano. De esas tierras en las que el Sol curte algo más que la piel, de los campos interminables en los que las espigas de trigo se mecen bajo el escaso viento. Decían que era adusta, cetrina, severa, que iba directa al grano y que no se andaba con rodeos ni tonterías. Decían que se preocupaba poco de las desgracias ajenas, preocupada siempre por las propias. Decían incluso que era arisca al trato, áspera como el viento de Poniente y fría como la ventisca, que azota implacable a los viajeros -tanto a los que buscan como a aquéllos que ya han encontrado-.

Supongo que todos tenemos una opinión. Todos nos hacemos una idea en nuestras cabezas sobre la realidad, y no podemos evitar juzgar basándonos en esas opiniones, tanto las nuestras propias como las de los que nos rodean.

Yo pensaba que era arisca, pero me demostró que su viento podía ser a la vez cálido y refrescante. Pensé que no se preocupaba de los problemas ajenos, pero cuando comprendí los suyos ví que empezó a comprender los míos. Pensé que no se andaba con tonterías, pero su risa acompañaba mis despertares cada mañana. Pensé que era severa, pero descubrí que tenía sus puntos débiles al igual que todo el mundo, y que con una mirada podía romperle toda su severidad. Pensé que era seca, pero, sin pretenderlo, disfruté más que nadie del jugo de sus labios…

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Una de cal

Una de cal… La llama de la vela funde la cera lentamente, y llega hasta mí su olor acre. El olor despierta en mi cabeza los sentimientos que no me atrevo a admitirme a mí mismo. Te miro disimulado y me abrasa tu mirada, tu sonrisa me tortura. En este oscuro templo cantas a destiempo, y me haces desear haber nacido en otro lugar y en otro cuerpo. Tiemblo solo, sin saber si reir o llorar, pues sólo verte es el más exquisito regalo de Navidad que podría desear, aún sabiendo que querría recibir mucho más. Y como cal, quemas mi piel, blanqueas las paredes que atrapan lo que quisiera decir, atascas el rotor de mis sentimientos. Como cal en una cantera lejana. Como cal cayendo sobre agua.

Y como cal, ardes blanca sin llama en la distancia…

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Duelo

Se levanta temprano, antes del alba. París aún suspira dormida en la bruma y el rocío que se acumulan perezosos antes de amanecer. Empieza a calzar sus botas, ajusta sus pantalones y abrocha su blanca camisa de lino. Su sable descansa en su funda, pero hoy no lo desenvainará siquiera. Abre casi con temor reverente su maletín artesanal, y acaricia el cañón de las dos pistolas de duelo que descansan en su fondo.

El lugar convenido a la orilla del Sena está aún desperezándose de la larga noche, y el Sol empieza a asomar entre la copa de los árboles, con una luz roja y mortecina que acentúa el aspecto fantasmal del amanecer. Todos están ya allí cuando él llega con el maletín. Los dos padrinos, un par de curiosos, y su oponente. Con digna lentitud, entrega el maletín a los padrinos para que puedan verificar que las pistolas son honorables, y se coloca de espaldas a su oponente. Nadie pronuncia una sola palabra, pues todas las palabras que había que hablar ya fueron dichas, y el destino ya se ha escrito.

Sujetando su pistola sobre su pecho, espera a que uno de los padrinos silbe para comenzar el duelo, sintiendo el frío viento matutino que sopla desde el río. Cuando llega el silbido, avanza el primer paso. Nueve fueron los convenidos. Cada paso le acerca un poco más al Sena, y un poco más a recuperar su honor y sellar su venganza con su enemigo, aquél que le hizo perder tanto. Aunque nadie podría saberlo solamente con mirarle, está aterrorizado.

En el noveno paso, gira y dispara a su oponente con velocidad. Sólo suena un disparo, el suyo. Cuando la nube de humo de la pólvora se disipa, puede ver la figura de su oponente, un caballero alto y distinguido, de cara impasible, sin rastro de emoción alguna en su cara. Ni siquiera ha levantado la pistola. Sorprendido de ver a su oponente totalmente impune, no es capaz de ver la mancha de sangre que se extiende rápidamente por su propio abdomen, hasta que, incrédulo, cae al suelo y muere. El oponente tira con desdén su pistola sin disparar al suelo, se gira en silencio y abandona la escena.

Los padrinos se miran con pesadumbre. No se ha roto ninguna regla. Nada ha sido ilegal. Pero nadie, nadie, puede esperar desafiar a la Vida a un duelo y vencer. Pues la Vida marca sus propias reglas…

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¿Qué es nadar?

¿Qué es nadar?

Para algunos nadar es una competición. El más listo de la clase, el mejor de la promoción. Llegar el primero, tener más éxito que los demás, vencer el juego de todas las maneras posibles, sin importar ni el camino ni los que lo recorren a su lado. Nadan como un tiburón.

Para otros, nadar es algo aleatorio. La corriente les mueve hacia un lado, luego hacia otro, sin tener claro un objetivo, una razón, simplemente dejando que los factores externos les mantengan en una duda constante. Nadan como una medusa.

Para muchos, nadar no es algo consciente. Se dejan llevar por las corrientes, flotando y arrastrándose sin preocuparse por el destino. No reconocen siquiera que están en el agua, ya que no son conscientes de ella. Nadan porque no pueden hacer otra cosa, arrastrados por su bandada. Nadan como una sardina.

Para unos pocos, nadar es una lucha constante. Una pelea contra la supervivencia, ahogándose en cada brazada, buscando aire en cada respiración. Cada avance es un tormento, y cada instante una eternidad. Nadan como un hipopótamo.

Pero nosotros no tenemos interés en llegar a la meta antes que los demás. Nos nos importa ser los primeros o los últimos. Queremos disfrutar de nadar, pero no dejamos que los factores externos tomen el control de nuestra vida y nos dirijan a su antojo. Jamás haremos caso de la bandada, ni iremos a ningún sitio sólo porque otros nos guíen en masa. Y rehusamos ver la vida como una batalla constante en la cual el único destino es ahogarnos.

Nadamos como salmones. Contra corriente. Siguiendo el mismo camino que el resto, pero a nuestra manera. La carrera es para todos igual, lo que cambia es la forma en la que recorremos el camino. Y eso es lo que nos hace únicos.

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