Archive for March, 2009

El Artista sin Alma

El artista sin alma vierte su pintura inerte sobre un lienzo sin color. Su espátula vieja se mueve con soltura, zigzagueando en el aire como el florete de un tirador experto. El único sonido en el desordenado estudio es el de su respiración concentrada. Mientras pinta, su mente se pierde en divagaciones. Recuerda cuando las cosas eran distintas, cuando sentía algo dentro de sí mismo al pintar. A veces lo duda, teme que los recuerdos no sean más que un sueño, una fantasía.

Recuerda cuando era joven, y las cosas tenían una magia especial. Antes era capaz de ver colores distintos en la pintura. Ahora… ahora mira su cuadro y ya no ve los colores. Sólo ve pintura. Pigmentos de diferentes orígenes que se mezclan sobre el lienzo y dan lugar a formas y movimientos. Podría recitar casi de memoria los componentes de cada uno de los colores: trazas de cobalto para la pintura azul, óxido de hierro en el rojo, cadmio en el amarillo… Pero todo ello le deja por completo vacío. Donde ahora ve productos químicos mezclándose sobre una superficie de tela, antaño era capaz de ver sentimientos, de imaginar sueños, de saborear esperanzas.

Sigue trazando los contornos de su cuadro. No tiene claro qué es lo que está pintando. ¿Acaso importa? Hace ya muchos años que no. Será un paisaje genérico, o un retrato vacuo, sin esencia, sin sentimiento, sin alma. Le colocará una etiqueta al lado, pidiendo una cantidad astronómica por él. Y habrá alguien que lo comprará. Sólo por ser suyo, por llevar su nombre en una esquina. Al que lo compre le dará igual que sea bueno o malo, sólo querrá presumir ante sus visitas del carísimo cuadro que cuelga encima de su chimenea. Hace ya mucho que sus cuadros no llevan nada de él mismo.

Recuerda el primer cuadro que pintó. Aún cuelga solitario encima del sillón de su sala de estar. Nadie se lo habría comprado entonces. Y probablemente ahora valga millones, aunque no se desharía de él por nada del mundo.

Aprieta sus manos con furia, hasta que los nudillos se le ponen de color blanco. ¿Qué sentido tiene esto? Sigue pintando sin ilusión, vendiendo cuadros sin talento para un público corrupto, por un dinero que no necesita. En un arrebato de frustración, tira al suelo el lienzo. El sonido de la tela desgarrándose retumba en el viejo estudio. ¡Al infierno con ellos!

Descolgando con cuidado su primer cuadro, el artista sin alma se dispone, de una vez por todas, a recuperar aquéllo que ha perdido.

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Caja de Sorpresas

Aún recuerdo cómo lloviznaba en aquella noche tan gris. Nos mirábamos el uno al otro bajo la luz mortecina de la luna, que conseguía penetrar a intervalos la ligera capa de nubes que soltaba su carga sobre las persianas entornadas. Nuestra visión se había acostumbrado a la oscuridad, y la sonrisa de tus dientes blancos refulgía cada vez que yo te hablaba. Jamás olvidaré aquella noche. Fue la noche en la que me susurraste al oído que eras una caja de sorpresas.

Me dijiste que eras como la Caja de Pandora. Que contenías en tu interior tanto cosas maravillosas como los más terribles crímenes que jamás te atreverías a confesar. Me dijiste que podría echar una ojeada de vez en cuando en tu interior. Poco a poco, sin prisa. Sin exigir nunca nada. Que llevabas tanto tiempo deseando abrir tu caja… pero que no podía ser hecho de forma apresurada. Que eras reservada, tímida, necesitabas tu tiempo. Me pediste que no cometiese el error de Pandora, cuya curiosidad la forzó a abrirla precipitadamente y a liberar todos los males de la humanidad. Sonriendo, me recordaste que de hecho yo tenía mucha más suerte que Pandora. Ella encontró la esperanza en el fondo de la caja, después de abrirla. Yo la estaba encontrando nada más abrir la tapa.

Así seguimos hablando casi toda la noche. Y no me importó pasarla en vela. Supe que, cuando ya no supiéramos de qué hablar, nos acurrucaríamos en un rincón a dormir abrazados.

PD: Esta está dedicada a Leti. Muchísimas gracias por darme la idea 🙂

Un texto para el Cuentacuentos

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Decepción

No, no, ¿quién dijo que pudieses tener ilusiones?

Anda, vuelve, vuelve a tu vida gris y a tus tardes solitarias. A quién se le ocurre… Que no se vuelva a repetir

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Punto de Inflexión

¿Podéis sentirlo? ¿Lo notáis a nuestro alrededor? El aire parece temblar con exaltación, inquieto e inseguro como una joven virgen en los brazos de su primer amante. Es como el olor a ozono que hay justo antes de una tormenta eléctrica, en medio del verano. Es el olor de las posibilidades, el olor de las cosas que jamás ocurrirán y de las nuevas que vendrán a tomar el relevo. Un olor que no es ni dulce ni amargo. Un olor que llega al cerebro sin pasar por la nariz.

Llegará en cualquier instante. Puedo sentirlo. Tal vez algunos de vosotros también seáis conscientes de su llegada. Sé que muchos no lo son. No sienten la forma en la que el mismo espacio vibra exultante. No son capaces de ver el aura invisible que recubre toda la existencia cuando llega el momento. No pueden oir los suspiros de lujuriosa agonía del viento. Son inmunes a cómo la realidad se retuerce sensualmente sobre sí misma para dar lugar a una realidad nueva…

Está muy cerca, muy cerca. Es el cambio, pero es mucho más que un cambio. Es el punto de inflexión. El apoyo de la palanca. El centro de gravedad. Es el instante a partir del cual todas las cosas serán distintas, todas las reglas obsoletas, todas las costumbres olvidadas.

Y está cerca. Me lo ha susurrado el viento.

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Recuerda el Futuro

Mira, mira, qué bien salías en esta foto. Tan sonriente, tan elegante en tu traje negro de señor importante, con esa corbata tan cara y esa camisa tan blanca… Todos los invitados alrededor, tan contentos, con sus mejores vestidos de fiesta. Y ahí estás tú, bajando los peldaños de esa iglesia tan bonita. ¿Te acuerdas? Qué día tan soleado hacía. Una mañana de mayo, tan primaveral y romántica… Y mírala a ella. ¡Qué felices se os ve! Creo que también fue el día más feliz de la vida de Marta. ¿Recuerdas el día que os conocistéis? Será dentro de cinco años. ¡Y pensar que sólo en tres años más os estaréis casando!

Vamos a pasar la página. ¡Ah, mira! ¡Los primeros pasos de Sonia! Qué pequeña y qué frágil se la ve aquí, cuando todavía no será más que una niña. ¿Recuerdas SU boda? Bueno, no será tan feliz como la tuya… Sé que ni tú ni Marta aprobaréis a su novio, pero así son las cosas… Nunca llueve a gusto de todos. Al menos sabes que os perdonará con el tiempo y que llegarás a conocer a tus nietos. ¿Te acuerdas de tus nietos?

Anda, ya casi llegamos al fin del álbum. ¡Qué viejo se te ve aquí! Tantas arrugas en los ojos, pero tienes una expresión tan amable, tan bondadosa. Se nota que es el rostro de alguien que va a haber vivido una vida plena y feliz. Mira, en ésta sale Esperanza. ¿Recuerdas a Esperanza? Será mucho más que una asistente social. Será una verdadera amiga, que estará contigo hasta el final. ¿Recuerdas cuando te leerá novelas por la noche antes de dormirte?

Pero… Estas fotos… Estas fotos no pueden existir, ¿no? No pueden ser reales… Porque… ¿lo has olvidado, verdad? No te acuerdas de ellas, has olvidado todo. Ni recuerdas a Marta, ni a Sonia, ni a Esperanza… Has olvidado el futuro… No habrá encuentro, ni boda, ni primeros pasos, ni nadie cuidará de tí. Y todo por olvidar… No vuelvas a hacerlo, no vuelvas a olvidar. No vuelvas a olvidar…

Recuerda el futuro.

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Cinco Historias

El escultor prepara con destreza su estilete y su tablilla de arcilla. Sabe que su trabajo es de la máxima importancia. Los sacerdotes del Templo de Eridu dependen de su destreza para marcar de forma duradera las hazañas de los sirvientes de Enki. Consciente de esta sagrada misión, imprime con precisión uno tras otro los pictogramas cuneiformes sobre la tablilla. Cuando acaba su tarea, coloca la tablilla sobre un pedestal y observa con mirada crítica su trabajo, satisfecho de continuar la tradición de sus antepasados.

Callimachus pasea por la antesala de la Bibliotheca Alexandrina. Aunque tiene en la cabeza los versos de otro de sus apreciados poemas, hay algo más que lleva varios días preocupándole. La colección de la biblioteca es cada vez mayor, y resulta cada vez más difícil encontrar materiales de referencia… Paseando por el jardín, tiene una idea mientras observa volar a un par de pequeños escribanos -un nombre muy apropiado-: Si los dioses conocen el nombre y características de todas las criaturas, ¿por qué no debería el hombre hacer lo propio con sus obras?

El invierno trae el gris de un cielo húmedo y una ciudad hastiada. Inclinado sobre una pila de libros polvorientos, el bibliotecario pone orden en el caos de la vieja estantería. La niebla exterior amenaza con colarse por las ventanas cerradas, y la fría biblioteca -ya cerrada al público- huele a madera y a nostalgia. Pero el bibliotecario ama este lugar, y ama a los libros que contiene. Con un cuidado casi reverencial, baja uno de los tomos de mayor tamaño, lo abre sobre una mesa de caoba, y se dispone a desenterrar sus secretos.

El escritor teclea en su ordenador portátil. Aún recuerda los tiempos en los que usaba una limitada máquina de escribir. Al contrario que otros, abrazó con gusto la nueva tecnología. El mundo se encuentra ahora más accesible. Llegando a un punto de bloqueo, navega por Wikipedia para encontrar información sobre el sistema ferroviario búlgaro a finales del siglo XIX. Busca en el diccionario de la RAE la forma correcta de una palabra casi obsoleta. Verifica que nadie haya escrito ya un libro sobre el tema mirando en una base de datos bibliográfica y, respirando más tranquilo, sigue escribiendo.

Referencias, índices cruzados, oscuras búsquedas dentro de los rincones más aislados de la dataesfera. Dentro de su abstracto interfaz virtual, para el analista no existen fronteras. Una petición puede llevarle a la retorcida y saturada dataesfera de las arcologías niponas. La siguiente a los dominios de los ilegales nodos piratas de los nacientes estados antárticos. Lo importante para él no es la localización, sino las respuestas, los datos, la omnipresente información. Oliendo como perro de caza la firma digital de uno de sus resultados, se lanza a través de la red para atrapar a su presa.

Un texto para el Cuentacuentos

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El Café sin Nombre

La conocí en el Café sin Nombre. Era una fría noche de comienzos de primavera, de esas en las que el calor venidero aún no ha vencido a los últimos vientos del invierno. El aire olía a polen, al humo de los tubos de escape y a esperanza. Era una noche cualquiera.

El mundo aún era joven. Nos preocupábamos por la factura del alquiler, recordar los cumpleaños de los amigos y llegar a fin de mes. Esa noche había quedado con un socio mío para discutir unos asuntos económicos. Como de costumbre, llegaba tarde. Colgué la gabardina de una percha, elegí una mesa apartada y pedí un whisky sólo. El café estaba bastante vacío. Fue entonces cuando reparé en ella. Hablaba en la barra con el camarero. Su elegante pamela negra ocultaba sensualmente su rostro, y su traje de noche realzaba su espléndida figura. Yo la observaba obnubilado sobre la luz parpadeante de las velas del café. El camarero limpiaba un vaso una y otra vez, sin mirarla a ella, respondiendo a su conversación con monosílabos entrecortados.

Cuando se acercó para tomarme la cuenta, le pregunté disimuladamente quién era ella. Me miró sorprendido, con los ojos abiertos como platos.

– ¿Usted… usted también puede verla? Gracias a dios, gracias a dios… -me susurró, visiblemente alterado. -Estaba seguro de que me había vuelto loco…

Intenté tranquilizarle, evitar que montase un espectáculo, sin saber muy bien de qué iba todo esto. La miré a ella, y vi que nos observaba disimuladamente por debajo de la pamela, sonriendo.

– Lleva viniendo una semana… siempre pide lo mismo. Se queda en la barra y me da conversación. Intento ignorarla, pero no parece importarle… ¡Y nadie más ve que está allí! ¡Nadie!

La situación me superaba, era demasiado rara. Le di la razón como a los locos, pagué mi whisky inacabado, dejando propina de sobra, y me largué del café. El camarero me miraba con desesperación en los ojos, pero no podía retenerme allí. Me giré en el último momento y vi a la mujer mirándome fíjamente, aún sonriendo. Me guiñó el ojo. Di media vuelta y no volví a mirar atrás.

Supe la semana siguiente que el café había cerrado por unos días. El camarero se ahorcó en el baño. Y de la mujer… de la mujer nadie sabía nada. Nadie la había visto jamás…

PD: El Café sin Nombre es un café muy guapo que podéis encontrar aquí

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El cuervo

El cuervo sobrevuela la ciudad antes del anochecer. El fresco aire nocturno mece sus plumas negras y las suaves corrientes de aire caliente le elevan en elegantes fintas a través de las nubes. Las chimeneas de los edificios descargan sobre el cielo nublado su tóxico aliento, alimentando la espesa bruma que brilla iluminada por el resplandor espectral de las lámparas de aceite. El cuervo tiene hambre. Ha pasado el día explorando una zona nueva de la ciudad, y eso le ha dejado sin tiempo para buscar alimento.

Azuzado por el hambre, hace un picado hacia uno de sus lugares favoritos. Una de las pescaderías de la ciudad suele tirar cajas enteras de pescado cada noche. Probablemente en mal estado, pero el cuervo está por encima de hacer ascos a tal festín. Ahuyenta a un par de palomas que dan vueltas por los alrededores, y se dispone a disfrutar de la comida.

Un brillo en una casa cercana llama su atención. Es un animal curioso y bastante inteligente. Se acerca volando a la casa, la rodea, busca una forma de entrar.

Encuentra una ventana. Cerrada. Pero puede ver lo que hay en el interior de la casa. Un ser humano, de apariencia cansada, lee medio dormido un libro vetusto. Una lámpara de carbón ilumina con una luz débil la habitacion. En una de las estanterías hay algunos objetos pequeños, brillantes. El cuervo siente una atracción inexplicable hacia ellos, como todos los de su especie. Normalmente no se arriesgaría a atraer la furia del ser humano. Los seres humanos son criaturas violentas, impredecibles, peligrosas. Pero éste parece dormido, o al menos aletargado… si tan sólo pudiese encontrar una forma de entrar en la casa, agarrar uno de los objetos con el pico y huir antes de que el ser humano pueda reaccionar… No es la primera vez que lo hace.

Vuela de nuevo alrededor de la casa. ¿La chimenea? Posiblemente esté encendida. ¿Las ventanas? Todas cerradas. Frustrado, se acerca a la puerta principal y grazna de forma desafiante.

Cuando está investigando en la puerta, recibe una extraña sorpresa: ésta se abre de par en par. El movimiento le asusta de tal manera que vuela a ciegas, entrando dentro de la casa. Revolotea investigando la habitación y se posa sobre una estatua encima de la puerta. En ese mismo momento, sabe que se ha equivocado. Jamás debería haber entrado en esta casa. No sólo el ser humano no está dormido, sino que parece fuera de sí. Empieza a gritarle, usando esas ásperas palabras extrañas que usan los seres humanos para comunicarse entre sí. El cuervo no sabe cómo reaccionar. No puede huir. Encima de la puerta parece estar fuera del alcance del ser humano.

Decide intentar comunicarse con el ser humano. Un simple “Caw, caw, caw” serviría para comunicar a sus hermanos que quiere salir de la habitación, pero, ¿cómo comunicar algo parecido a un ser tan extraño y violento? Observa que hay un sonido que el ser humano parece repetir constantemente. Suena parecido a “Lenore”. Intenta repetir el sonido. No suele imitar los sonidos humanos, le parecen feos. El sonido acaba pareciéndose más a “Nevermore”. De forma incomprensible, el sonido alterado tiene un efecto inesperado en el ser humano. Cada vez habla más. El cuervo repite una y otra vez el mismo sonido, sin saber si el ser humano le está entendiendo. Finalmente, el ser humano, visiblemente alterado, abre la ventana de un golpe, y el cuervo aprovecha el momento para salir volando de la habitación.

El cuervo vuelve a disfrutar del aire nocturno. Su encuentro con el ser humano es para él un auténtico misterio, pero no es uno al que le dedicará demasiado de su tiempo. Solamente el suficiente para prometerse a sí mismo que nunca intentará volver a entrar de esa manera en la casa de otro ser humano. Nunca más, nunca más.

Un texto para el Cuentacuentos

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Ángel

La imponente figura del ángel encadenado llena el centro de la estancia. Arrodillado, con las manos atadas con alambre de espino a la espalda, varios hilos de sangre caen de su torturada piel al suelo, vertiéndose por las oxidadas rejas de un agujero de drenaje. Sus alas lucen gastadas y desgarradas, decenas de plumas salvajemente arrancadas, esclavizadas mediante gruesas cadenas herrumbrosas a las paredes de piedra. Un sucio paño cubierto de sangre reseca y pus cubre sus ojos ciegos. Se tambalea indeciso, sumido en un obvio dolor. Y, sin embargo, esboza una sonrisa comprensiva y bondadosa cuando cierro la chirriante puerta a mis espaldas.

– Te estaba esperando -sonríe.

Vadeo con aprensión, en silencio, los charcos de agua estancada que hay esparcidos en el suelo de la sala, acercándome al ángel caído. Su voz rasgada resuena en el techo abovedado.

– Ah… ¿dónde están mis modales? -Inclina la cabeza hacia su pecho, y la ladea en un gesto de negación-. Soy Utuur, el Ángel Caído de la Venganza. Vástago de Ashtoreth, la Seductora. Condenado al tormento eterno simplemente por cumplir mi cometido. Y tú, una vez más… eres El Que Busca Respuesta.

Llego cerca del ángel, y le observo con lástima. La criatura me produce un rechazo casi visceral. Repugnante. No confío en él. Pero mi viaje ha sido largo y doloroso, y llegado a este punto no tengo más caminos que recorrer, sólo me queda seguir adelante.

– Ya que pareces conocerme tan bien, sabrás qué es lo que vengo a hacer.

– Por supuesto -sonríe una vez más, lanzando un escalofrío por mi columna vertebral-. A estas alturas lo sé de sobra, amigo. Vienes a hacerme una pregunta, a que disipe tus dudas y solucione tus problemas. Es para lo que vienen todos. Pero aún así… quiero oír la pregunta. Debes preguntar. Y yo… debo responder. Es mi condena.

El ángel parece drogado, sumido en el dolor. Se balancea como en un trance. Y, a pesar de esto, habla con claridad. Yo sacudo la cabeza, mi mirada fija en su torturado pecho.

– No. No, se acabó. Tu condena ya no tiene sentido. No eres más que una reliquia. Un vestigio de tiempos pasados en los que el castigo era la piedra angular de toda justicia. Las cosas han cambiado. Es hora de que se cumpla la verdadera justicia.

Desenvaino mi espada y un silencio incómodo se extiende por la pequeña habitación. El ángel sigue mirando en mi dirección sin verme, esbozando su estúpida sonrisa beatífica. Poco a poco, la sonrisa se tuerce, se abren sus labios resquebrajados y su mueca se torna en un grito mudo de terror. El miedo sacude el torturado cuerpo del ángel, haciendo resonar las cadenas metálicas engarzadas a sus alas. Piensa que voy a matarle. Lucho por dominar las ganas de abofetearle, y cerceno con varias fintas las cadenas que le ataban a su prisión.

El ángel cae al suelo, incrédulo, absorbiendo poco a poco la realidad de su situación. Encogido en el suelo, empieza a sollozar de alivio. Le observo con desprecio yacer como una criatura indefensa.

– Aunque… sí tengo una pregunta. Ya no estás obligado a responderla, por supuesto. Dime, Ángel de la Venganza: ¿Mereció la pena? ¿Mereció la pena tu venganza? ¿Justificó el tormento de tu caída?

Sigue llorando en el suelo. Ni siquiera sé si habrá oído mi pregunta. Me da igual. Doy media vuelta y abandono la estancia, dejando la puerta abierta.

PD: Este también dedicado a mi musa, para que sonría, viaje, sueñe, y tenga el corazón contento 🙂

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La Última Danza

La lámpara de araña resplandece con cientos de luces sobre el mármol blanco de las paredes de la sala de baile. Sobre el brillante parqué, varias docenas de parejas giran sobre sí mismas y alrededor de un centro inexistente en una coreografía caótica al son del vals. Querubines y retratos clásicos observan con ojos inmóviles el movimiento de la gente sobre el suelo de la sala.

Hay una pareja que sobresale de las demás. No por su estilo al bailar, que es mediocre. Ni por la calidad de sus trajes, que son baratos. De hecho, nadie excepto un observador especialmente inquisitivo podría detectar algo inusual en la pareja. Pero para ellos es tan obvio como si lo estuviesen gritando con toda la fuerza de sus pulmones. Tan obvio que sienten que, si las luces se apagasen súbitamente, brillarían en la oscuridad.

Sus manos se encuentran unidas en un suave abrazo. Sus cuerpos separados ligeramente para permitir los febriles giros que impone el inusual ritmo del vals. Sus pies se mueven en una danza precisa, acompasados con la música. Pero sus ojos, sus ojos llevan casi diez minutos haciendo el amor. Y cada minuto ha sido como un mundo en sí mismo.

La danza llega a su final. La música decae y las parejas se separan, sonriendo. Algunos se dispersan, dirigiéndose a las mesas donde aún quedan restos del bufé. Otros se quedan en la pista de baile para esperar al siguiente vals. La mujer se acerca al oído de su pareja, exhausta y a la vez eufórica, y le susurra suavemente, con una sonrisa pícara en sus rojos labios: “Je veux juste une dernière danse”.

Vals

PD: Dedicado a mi amiga Marta por darme la idea con su nick de msn 🙂

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