Archive for April, 2009

Chuang Tse soñó que era una mariposa

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. Su subconsciente llevaba varios días yendo en la misma dirección, pero por una carretera distinta, y lo único que necesitaba era que su parte consciente dejase de hacer tanto ruido para poder concentrarse como dios manda…

La inspiración le llegó cuando estaba recién despertado, como suele venir a menudo. Estaba tirado, de mala manera, en la camilla destartalada que había instalado dentro del campamento provisional. Algo sin duda poco hogareño, pero infinitamente mejor que las tiendas de campaña empapadas por los monzones que el resto del equipo arqueológico estaba utilizando en la superficie. Aquí, aunque un poco más precario, se encontraba al lado de la caverna donde estaba el Libro, y podía trabajar casi ininterrumpidamente en su investigación. Ese día se levantó con la solución en la cabeza, se preparó un café caliente y espeso, de los que tienen grumos de nata flotando, y apuntó todo lo que pudo en su vieja y sucia libreta negra. Antes de esperar a que alguien más del equipo bajase a la cueva, se dispuso a verificar si su corazonada sería correcta.

El artefacto que los arqueólogos habían llamado “El Libro” era la única reliquia que se había encontrado de la misteriosa especie alienígena conocida como “Especie 001”. Se trataba de un tomo pesado, encuadernado en espesas tapas de metal bruñido. Un ingenioso mecanismo cerraba herméticamente sus páginas. Las instrucciones para abrir el libro se encontraban grabadas en el propio mecanismo, expresadas en extraños jeroglíficos cuya traducción creía haber desentrañado por fin. Emocionado, se acercó al pedestal, puso sus manos sobre el libro, manipuló el mecanismo de cierre y rec

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. Su subconsciente llevaba varios días yendo en la misma dirección, pero por una carretera distinta, y lo único que necesitaba era que su parte consciente dejase de hacer tanto ruido para poder concentrarse como dios manda…

Y justo en el momento adecuado. Su camello llevaba varias horas corriendo por las dunas del desierto. Aunque era un animal resistente, pronto se cansaría y necesitaría parar. No era una opción. Aunque llevaba al menos una hora de ventaja a los hombres del sultán, poderosos Djinns asistían su cacería. No, tenía que recurrir a la única vía de escape que le quedaba: El tomo mágico que robó al sultán. Finalmente, había logrado descifrar en su cabeza las runas arcanas que protegían sus páginas frente a lectores indeseados. Manteniendo el equilibrio sobre la cansada bestia, pronunció las palabras mágicas, abrió el libro y busc

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. Su subconsciente llevaba varios días yendo en la misma dirección, pero por una carretera distinta, y lo único que necesitaba era que su parte consciente dejase de hacer tanto ruido para poder concentrarse como dios manda…

El aire del mar, cargado en su olor a sal, le acompañó en su camino a las estancias del capitán. Habían sido unos meses muy cansados, navegando en las traicioneras aguas del Golfo. Había tenido que suprimir ya un motín, y pasar por debajo de la quilla al menos a otro de sus marinos. Pero por fin las cosas parecían mejorar. Tras darle muchas vueltas a la cabeza, había logrado descifrar el extraño código del mapa del tesoro que guardaba en su camerino. Ya sabía dónde buscar, y tenía algo más que ofrecer a sus hombres que promesas vacías. Contando ya en su cabeza el botín de doblones, abrió el libro donde guardaba sus mapas y desenr

-¿No puede al menos decirme si hay alguna posibilidad de mejora?

La mujer tiene los ojos enrojecidos. El hombre, en aparente estado de coma, yace en una camilla, rodeado de instrumental médico. El doctor exhibe la mirada de aquél que preferiría estar en cualquier otro sitio y otro momento que el aquí y el ahora.

-Compréndalo, señorita, lo hemos intentado todo: Estimulación eléctrica, biológica, un bypass virtual de su sistema nervioso… Incluso nanoterapia. Pero no reacciona…

-Pero, ¿no saben siquiera qué es lo que le pasa? -Implora la mujer- ¿Por qué está así? ¿Por qué parece estar en coma?

El médico titubea. Tose disimuladamente antes de hablar. -Bueno… a estas alturas… sólo tenemos hipótesis. Debe entender que es un caso muy inusual…

-¡Cuénteme lo que sea! ¿No lo entiende? ¡Necesito algo, algo a lo que agarrarme! -La mujer se sienta en el borde de la camilla y aprieta con delicadeza la mano inerte del hombre, ajeno a la conversación que se desarrolla a su lado.

Tragando saliva, incómodo, el médico intenta torpemente tranquilizar a la mujer con sus palabras. -Algunos… algunos pensamos que se encuentra atrapado en un bucle mental…

-¿Un bucle mental?

-Sí… está reviviendo su última experiencia virtual, una y otra vez, en bucle. Su mente está atrapada en el mundo virtual, desconectada del real. Es incapaz de salir de esa experiencia y enfrentarse a la realidad, de forma que su mente ha “parado” su consciencia y le ha hecho entrar en un coma… Es un coma, a todos los efectos, provocado por algo en la última sesión de realidad virtual que experimentó.

-Pero, ¡eso es imposible! -exclama la mujer, alterada-. ¡El producto es totalmente seguro! ¡Los anuncios no dejan de repetirlo!

El médico sonríe con una mueca triste. -Señorita, la mayor adición de nuestro siglo es sin duda nuestra dependencia de la tecnología, pero el mayor pecado es que nos creemos siempre al pie de la letra lo que nos dice la publicidad…

-Y… ¿qué podemos hacer, doctor, qué podemos hacer?

-Esperar, sólo esperar… Y rezar por que algo le haga despertar de su pesadilla…


Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. Su subconsciente llevaba varios días yendo en la misma dirección, pero por una carretera distinta, y lo único que necesitaba era que su parte consciente dejase de hacer tanto ruido para poder concentrarse como dios manda…

Un texto para el Cuentacuentos

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No greater crime

Sacudes con rabia las metafóricas rejas de una cárcel muy real -o tal vez sea al revés, aunque no es el caso-. Nadie dijo que la vida fuese justa, ¡pero esto es demasiado! Jamás hubieses podido imaginar que, de ser encarcelada, sería por un crimen que no has cometido.

Sabes que no eres precisamente una santa. No, eso no, pecados tienes de sobra en tu diario, como cualquier otro. ¿Apología del entusiasmo? ¿Atraco a mano amada? ¿Incitación a la sonrisa? Culpable, culpable y culpable. Especialmente de lo último; ¿qué culpa tienes tú de que te guste tanto hacer sonreir a otros? ¡Es algo inofensivo! Pero la sociedad parece totalmente volcada en criminalizar gestos que poco tienen de inmorales o dañinos…

Intentaste explicárselo. Fue un juicio extraño, desigual. Sin juez, pero con innumerables jurados, observándote cejijuntos y cariacontecidos. Escandalizados por tu conducta desviada y obscena. ¡La osadía de pretender ser diferente! Les dijiste que el ostracismo te mataría, que no podrías soportar que la sociedad te diese la espalda y te dejase de lado, que eras profundamente alérgica a la soledad. Les dio igual.

Y frustrada dentro de tu cárcel de prejuicios, te preguntas qué clase de sociedad condena a alguien tan especial como tú por el peor de los crímenes… Condenada a la mediocridad.

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Réquiem por las olas muertas

¿Te acuerdas? Éramos jóvenes. El mundo era joven. Creíamos que viviríamos eternamente…

No, en realidad siempre fuimos conscientes de nuestra mortalidad. Todos morimos, antes o después. Todo muere. Nada es eterno. Ni las personas, ni la amistad, ni el amor, ni nada de lo que construimos con el sudor de nuestra frente.

Sabíamos que éramos mortales. Lo supimos desde el principio. Lo que nunca pudimos imaginar es que el mundo también lo era. El tiempo llegó y se llevó por delante todo. Como gotas de lluvia ácida que caen sobre un tejado de metal. Se llevó todo…

Y en esa playa… siguen muriendo las olas.

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Alquile un sueño

Quizá sea tarde, pero aún tengo la pistola en el bolsillo. Es un arma vieja, una Beretta 92FS 9mm Parabellum que perteneció a mi abuelo, pero que he mantenido en perfecto estado de mantenimiento durante todos estos años desde que él me la dio. Me siento una vez más, como todas las tardes, en mi sofá destartalado, y enchufo el SensoSnap. El peso del arma sobre mis rodillas me recuerda que sigue allí, una poderosa herramienta bajo mi control.

Los minúsculos nanocontactos del electrodo penetran la epidermis -el producto es bueno, apenas noto un leve cosquilleo- y conectan con el discreto implante que hace de interfaz con mi sistema nervioso. Mientras espero a que las sinapsis artificiales hagan su trabajo, me recuesto relajado en el sofá y abro una lata de cerveza que había sobre la mesa. Llega un momento en el que ni siquiera te importa que la cerveza esté caliente… Una imagen empieza a superponerse en las esquinas de mi campo de visión y lanzo la lata inacabada al suelo. Una pieza más de basura que se une al desorden general de una casa que hace un tiempo estaba limpia y cuidada.

Soy Diana, y como todas las mañanas espero a Filipe bajo el arco del puente que cruza el Sena frente a la Catedral de Notre Dame. Llevo el pelo castaño muy corto, cubierto con una de esas ridículas gorras parisinas. Mis ojos grandes y verdes se mueven inquietos, un curioso contraste con mi piel profundamente morena. El amanecer es frío, y me resguardo del viento tras uno de los pilares del arco.

También soy la espesa niebla matutina. Y el agua del río. SensoSnap vende productos de la mejor calidad, no experiencias recicladas y sintéticas. Cada voluta de aire, cada imperfección del terreno, es perfecta en su detalle y en su impresión sensorial. “¡Más real que la realidad!”, reza su eslogan.

Miro nerviosa a mi alrededor. ¿Dónde está Filipe? No llega tarde ninguna mañana, es siempre puntual como un reloj de cuarzo. Hace frío, y lo único que quiero es verle, estar con él… También soy el puente, y soy sus pilares. Soy Filipe, escondido en el lado opuesto del arco del puente, aguantando la risa, acurrucado contra el pilar y esperando a que Diana se dé la vuelta y mire hacia el Sena. Cuando veo la oportunidad, salgo de mi escondite y me abalanzo sobre ella, haciéndole cosquillas.

Tras la sorpresa inicial, río hasta que me saltan las lágrimas, atrapada en su presa a la vez agradable y desagradable. Consigo agarrarle y mirarle a los ojos. Sus preciosos ojos color cristal. Sus increíbles ojos verdes. La beso. Le abrazo con ternura. Caminamos abrazados a la orilla del Sena.

Arranco los electrodos con furia, e inmediatamente noto cómo la piel desgarrada empieza a sangrar. Agarro la pistola con fuerza hasta que mis nudillos se ponen blancos, y doy vueltas sobre mí mismo, gritando con furia. Sé que el alcohol nubla mis pensamientos, pero no cambia la forma en la que me siento. Nunca soy capaz de experimentar el sueño más allá de ése punto, cuando el cabrón portugués coge a Diana y se la lleva del brazo por París. Lo que más me duele es que Diana le siga con tanta felicidad en los ojos, unos ojos que hace un tiempo sólo tenían visión para mí…

Miro el arma, tranquilamente. Sé que quizá sea tarde. Sólo me quedan dos opciones: usarla sobre mí, volarme la cabeza y olvidar para siempre, o usarla sobre él. Presentarme en casa del portugués esta misma mañana y meterle tres balas en el pecho, borrándole su asquerosa sonrisa de enamorado de la cara.

Cualquier opción es buena. Sé que mi implante grabará todo lo que ocurra. Le mataré, o me mataré a mi mismo, pero juro por Dios que daré a la gente un SensoSnap que no olvidarán nunca…

Un texto para el Cuentacuentos

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Génesis 1:3

La situación era ya insostenible. Llevaba un tiempo incalculable preparando todo para que fuese perfecto, pero una vez tras otra tenía que volver a ver cómo todo se desmoronaba de manera irreversible. Al principio no entendía cómo podía estar sucediendo esto, pero poco a poco llegó a la conclusión de que, una vez más, el Destino estaba en su contra…

¿No había sido así siempre? Cada vez que él intentaba hacer algo, el Destino se encontraba acechando detrás de cada minúscula grieta que pudiese haber en sus planes, empeñado en deshacer y destruir todos sus esfuerzos. Lo que debía haber estado planificado y ordenado acababa hundido en el caos gracias a las maquinaciones del Destino. No cabía duda alguna, el Destino era una entidad sumamente inteligente, provista de una obvia malicia -que no maldad-, y fanáticamente empeñado en ser él el que dirigiera el rumbo de toda situación… El Destino era su enemigo.

Pensó largo y tendido, buscando una forma de evitar este problema. ¿Cómo evitar que el Destino se hiciese con el control de todo lo que él planteaba? Sin duda sus simulaciones y modelos estaban sometidos a su influencia… No bastaría. Llegó a la conclusión de que la única manera de librarse de él sería deshacer toda la realidad, empezar desde cero, rehacer el Universo a su imagen y semejanza. Crear un Universo nuevo en el que existiese otra entidad que pudiese luchar contra el Destino.

Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo.

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Suicidio

Aún recuerda con claridad el día que, tras pensárselo con detenimiento durante varias semanas, decidió cometer suicidio. Estaba harto del mundo, harto de aquéllo en lo que se había convertido la sociedad, harto de tener que mostrar una cara bonita y sonriente al resto de sus semejantes cuando en su interior sabía que no quería mostrarles nada. Se sentía atrapado, congestionado, enmarañado en una red de mentiras autocontenidas que habían absorbido al ser humano de manera inexorable, alimentándose de su ingenuidad y de su libertad básica. Reuniendo fuerzas, consciente de las repercusiones que sus acciones tendrían, se sentó en la silla frente a su ordenador, y empezó a eliminar sistemáticamente su vida…

Empezó borrando su cuenta de VirtuaTech (™). ¿Todos sus activos virtuales? Eliminados sin piedad. Ceros y unos, sin ningún valor real. Borró todos los holos que había subido a Tweener-Life ©. Recuerdos de sus vacaciones, vistas panorámicas inmersivas de sus cumpleaños, recreaciones de momentos pasados… ¿Por qué debían de estar disponibles de forma pública? Canceló sus cuatro cuentas a Sketch&Journal y eliminó de las bases de datos todas las entradas de los últimos 6 años. Nadie podría ahora saber su opinión respecto a un tema sin hablarlo en persona con él. Deshabilitó sus direcciones de correo, mensajería instantánea, videofonía por internet y telepresencia virtual. Pensó en tirar a la basura su OmniQDirect y sus gafas WetWare ®, pero en el último momento decidió que sería mejor venderlas -no por globalMarket, desde luego, sino en una tradicional tienda de segunda mano-. Friendsearch, Shopscanner, 10Score, todas sus conexiones con la dataesfera fueron cortadas, una a una, y cada cable que quedaba cercenado era un grito de libertad adicional.

Finalmente, ejecutó el plan que más trabajo le había costado preparar. Había tenido que invertir una suma considerable de dinero en el mercado negro para conseguir el aparato de encriptación que reposaba sobre su mesa, conectado a los puertos de comunicaciones del ordenador. Probablemente trabajo de hackers experimentados. Sin duda ilegal. El artefacto conseguiría penetrar en algunos de los directorios mejor protegidos del mundo y rompería el tabú definitivo: entraría en Genebank y borraría sus registros genéticos de sus bases de datos. Dejaría de existir para la datasfera. Nadie podría ahora tomar decisiones basadas en su genoma…

Pensó que nunca morir le había sentado tan bien.

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Sobredosis

Pugnando por moverme entre la multitud, tambaleándome, subo las escaleras del metro y salgo a la Puerta del Sol. La plaza parece un hormiguero. Las calles vierten interminables ríadas de gente que se agolpa, se arremolina y se desgaja en grupos confundidos e inquietos. Como una colonia de irritables insectos destructores que huelen a una presa indefensa. El suelo se mueve y ondula bajo mis pies. Pero no estoy tan mal, no estoy tan mal, he estado peor.

Titubeo desorientado y sobrecargado por tantas sensaciones, olores, voces de mil timbres y mil conversaciones distintas flotando por la multitud… Algunas miradas se cruzan con la mía. ¿Qué pensarán? Otros ignoran mi mirada huidiza y nebulosa. Intento correr y huir, pero las mareas de gente interrumpen mi desesperado gesto. Tropiezo, creo caer… Un hombre detiene mi caída y protesta malhumorado. Apenas puedo ver su cara entre la niebla de color sangre que cubre mis ojos. Aparto a una señora mayor. Más protestas. Las voces no se callan. Dentro de mi cabeza.

Cruzo. Un coche. Cerca ya, cerca. Caigo. ¿O he sido golpeado? Tengo sangre en las manos. No puedo ponerme en pie. Dolor. ¡Dolor! Círculo de cabezas mirando hacia mí. Grito y no se oye nada. Me ahogo en mi sangre. La oscuridad llega. Duerme, duerme… Sólo duerme.

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Prólogo

Tu prólogo me enganchó desde el principio, y cuando vi que la dedicatoria era para mí, mi corazón empezó a latir como un metrónomo desacompasado.

Tu primera parte la devoré con ansia, como alguien que se enfrenta por primera vez a un reto fascinante y lo único que ve en él son oportunidades.

Tu segunda parte la fui disfrutando con cada página que desvelaba. Quedé atrapado por tu misterio y tus intrigas, y cada cosa que descubría resultaba más interesante que la anterior.

Llegué a tu epílogo y comprendí tu conclusión. Releí los capítulos más interesantes, y me ayudé de tu glosario para entender aquéllos pasajes que no me habían quedado del todo claros la primera vez.

Fue entonces cuando me dí cuenta de que nada me haría más feliz que ser yo el protagonista de tu siguiente volumen…

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Protagonista

Él es el bufón más alegre de la corte, el que hace reir a todos con sus cabriolas y sus malabarismos. Día tras día, entretiene al Rey, que es su amigo y confidente más que su superior, con una genuina sonrisa en sus labios. Pero por la noche, el bufón suspira con gran pesadumbre, pues su corazón pertenece por completo a la Reina, y sabe que no hay nada que pueda hacer para que le corresponda. Un día, un grupo de revolucionarios llevan a cabo un violento golpe de Estado, el Rey es depuesto y el bufón no vuelve a saber nada de la Reina. El resto de su vida se dedica a actuar como mimo callejero, añorando los viejos tiempos. Él no es el protagonista.

El soldado ha luchado en todas las trincheras, desde Gallipoli a Flandes. Sus botas están rotas y remendadas, cubiertas de barro. Una noche, se permite un pequeño descanso entre dos ataques enemigos. El olor de la muerte le rodea mientras enciende el último cigarrillo que ha podido conseguir. Lo habría compartido con sus amigos, pero todos han caído en el último bombardeo. Harto de la guerra sin sentido, mira al cielo y sueña con su casa, tan lejana en el tiempo y el espacio… El bombardeo enemigo empieza antes esa noche, y un proyectil de mortero acaba con la vida del soldado casi de forma inmediata. Él no es el protagonista.

La abogada repasa una y otra vez su caso, ahogada en una montaña de papeleo. Lleva semanas esforzándose de forma inhumana, sin hacer otra cosa que trabajar día y noche, para tener cada detalle controlado, cada factor medido. No puede permitirse ni un sólo fallo en el juicio, o perderá el caso. Su carrera no puede permitírselo. Sabe que es buena, sabe que es la mejor, pero eso no basta. Debe demostrárselo a los demás. El juicio, sin embargo, resulta ser un fracaso estrepitoso. El resto de su carrera profesional se ve relegada a casos de segunda categoría. Ella no es la protagonista.

El conductor de camión observa pasar los árboles uno tras otro al lado de la carretera, de forma casi hipnótica. Es un viaje cualquiera, llevando una mercancía cualquiera, entre dos ciudades cualquiera. Horas de monotonía, aburrimiento y soledad. No es que para él sea algo negativo. Al contrario, disfruta de estas horas de tranquilidad en las que puede pensar y divagar en paz. Su vida es tan rutinaria como él siempre había deseado, sin sobresaltos, sin sorpresas desagradables. Otro árbol más, idéntico a los mil anteriores, pasa al lado del camión. Él no es el protagonista.

Si ninguno es el protagonista, ¿qué es lo que nos hace pensar, constantemente, que nosotros sí lo somos?

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San Valentín

Solo. Soledad. Angustia. Corres y no llegas a ninguna parte. Unos labios húmedos te persiguen, esconden unos dientes que sólo buscan morder, desgarrar, destruir. Las risas esquizofrénicas retumban en el pasillo infinito, liberando con cada carcajada un olor a azufre y a color púrpura que duele como mil agujas clavándose directamente en tu cerebro. Y los labios acechan, persiguen, y no puedes escapar. Corres, ¡corres! ¡Rápido! ¡Puedes sentir el calor de su respiración en tu nuca! Pero no puedes mirar atrás. Y no puedes seguir corriendo. El azufre se ríe de ti. ¡Déjame! ¡Déjame solo! Te alcanza, te alcanza…

Despiertas. Un 14 de Febrero. Como todos los años. Una vez más, te preguntas: ¿Cómo encontrar a la mujer de tus sueños… si todos ellos son pesadillas?

Un texto para el Cuentacuentos

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