Archive for June, 2009

La curvatura de la inocencia

-¡Mira! ¡He encontrado más!

Natasha vuelca la caja de cartón sobre el suelo del desván de la casa, desperdigando todo su contenido. Varias cuentas de un collar antiguo, de aspecto barato, se sueltan y salen rodando por los tablones de madera. Víctor se cruza de brazos y gruñe a su hermana pequeña. Está haciendo demasiado ruido, y aunque sus padres no están en casa, no quiere que algún vecino se alerte y les avise al volver. El desván es zona prohibida.

-¡Ten cuidado!
-Tonto, no pasa nada. Mira, es el traje de Comunión de mamá -dice Natasha con una risilla.
-¿Qué es eso?

Víctor saca con cuidado una caja de plástico de la pila de viejos recuerdos acumulados en el suelo. La levanta con lentitud y reverencia, sus aires de superioridad perfectamente estudiados para dar a su hermana la imagen de liderazgo que quiere. Ya tiene ocho años, es suficientemente mayor para dar órdenes a la pequeña.

Coloca la caja sobre la tapa de un baúl del desván, a suficiente altura como para que ambos puedan ver su contenido. La caja parece estar llena de rectángulos de un material plástico blanco, ligeramente amarillento. Natasha coge uno de ellos con un cuidado extraño en ella. Lo mira extrañada.

-Creo que eso es lo que llamaban “papel”, Naty.
-Mira -exclama Natasha, dándole la vuelta al rectángulo y descubriendo la imagen de sus padres, a todo color, sobre un fondo de montañas nevadas-, ¡sólo son visores de holos!

Con el dedo índice, da un golpecito sobre la foto, primero sobre las caras de sus padres, luego sobre las montañas. Frunce el ceño, frustrada. Gira la foto en sus manos, como si al hacerlo pudiese ver las zonas que no aparecen en el papel. Al ver que la foto no reacciona, se encoge de hombros y la tira al suelo.

-Están rotos, no funcionan.
-No -Víctor recoge la foto del suelo-. Papá me explicó una vez. Esto son “fotofagías”. Antes no había holos, las cosas eran planas y no se movían.

Los ojos de Natasha se abren como platos. Su visión infantil del mundo acaba de trastocarse. En su mente, las visiones de un mundo plano e inmóvil florecen como si fuese primavera. Perros planos corren por un parque plano de la correa de sus amos planos, todo ello en stop motion. ¡Qué mundo tan maravilloso! Pero también lo ve como limitado, más aburrido que su querido mundo tridimensional. Reflexiona durante unos instantes.

-Jo, Víctor, ¡qué suerte tenemos!

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El Tercer Deseo

La cama está vacía. Las sábanas desordenadas. Testigos mudos de un crimen sin más víctimas que yo mismo. Les eché a patadas, a gritos. A ella le dije que no quería volver a verla más. Nunca pensé que, después de odiarla tanto, pasarían unas horas y empezaría a echarla de menos.

¿Alguna vez habéis visto una estrella fugaz, y habéis pedido un deseo? La semana pasada estaba en la playa con unos amigos. Era de noche, y la cala era completamente nuestra. Ni un alma más a la vista. La brisa nocturna nos acariciaba mientras nos arropábamos en las toallas, disfrutando del sonido arrullador de las olas al chocar en la orilla y del reflejo danzante de la luna sobre el agua del mar.

Una noche perfecta.

Luis sacó la guitarra y tocó unos temas de su maqueta. Sandra nos contó una de sus anécdotas que siempre nos hacen tanta gracia. Roberto había traído unas birras, y brindamos con ellas. Por el futuro, por nosotros, lo típico. Fue entonces cuando vi la lluvia de estrellas fugaces. Estaban bajas en el cielo, pequeños rastros de luz que brillaban por un instante efímero y luego se apagaban.

-¡Corred! ¡Pedid un deseo! Pero no podéis decirlo, ¿eh? Que si no luego no se cumple… -nos dijo Sandra.

Y así fue. No le conté mi deseo a nadie en toda la semana. Volvimos del viaje un día antes de lo previsto. Roberto tenía problemas imprevistos en casa y era el que conducía. Ayer por la noche. Abrí la puerta de mi cuarto y les vi. Entonces lo entendí. Mi deseo se había cumplido.

“Deseo… deseo que mi relación con Ana dure todo lo que sea posible”.

Un texto para el Cuentacuentos

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DEFCON 1

El Doctor Delmar camina por un sendero de baldosas grises, entre un pinar y el edificio de investigación de inteligencia artificial de Avalon, S.L. Caminar es casi una costumbre obsoleta en una era de transporte unipersonal barato, telepresencia y superpoblación, pero el Doctor necesita de vez en cuando dar un largo paseo para liberar su mente y estirar sus piernas. El aire frío de la tarde de otoño se lleva como un bálsamo toda la frustración acumulada durante el día.

El Doctor utiliza la entrada trasera del Edificio B, una puerta de metal sencilla y discreta, con una simple cerradura de combinación. Lógicamente, las defensas de la entrada no son obvias, y varias alarmas habrían saltado inmediatamente si cualquiera excepto él hubiese entrado al edificio por allí sin autorización. El Edificio B es vital para Avalon: contiene el núcleo de Arthur. Sus nodos están distribuidos por todo el centro, que abarca varios kilómetros cuadrados de edificios, pinares artificiales y jardines, pero el Edificio B es donde se lleva a cabo la inmensa mayoría de la investigación del proyecto. No es de extrañar que Arthur se refiera al lugar como “Camelot”. Lo último que el Doctor Delmar se hubiese imaginado de su antiguo proyecto universitario es que desarrollaría un sentido del humor.

La sala que contiene el núcleo de Arthur está refrigerada, manteniéndose siempre unos pocos grados por debajo de lo que sería cómodo, pero el Doctor Delmar está acostumbrado al frío. Deja el periódico encendido sobre una encimera metálica y se sienta en su silla.

-Buenas tardes, Doctor Delmar.

La voz sintética es de por sí todo un logro técnico. Suena natural, tranquila, perfectamente modulada, indistinguible de una voz humana. Es una voz estudiada para incitar a una conversación. El Doctor siente un cierto orgullo por su trabajo.

-¿Hay algún problema, Doctor Delmar? Le noto inquieto.

La voz sólo fue el primer paso, y el más sencillo. Conseguir que formase frases complejas y que sonasen naturales fue mucho más complicado. Arthur tiene acceso a una multitud de mediciones sobre el campus de Avalon que son totalmente ajenas a la experiencia directa de un ser humano, y fue difícil convencerle de que mencionar “cambios en la temperatura basal” en una conversación casual no era deseable. El Doctor aún duda que Arthur lo haya comprendido.

-No, Arthur, no pasa nada. Simplemente he tenido bastantes preocupaciones hoy. Asuntos de trabajo… Y leer el periódico no ha mejorado mi humor… Tantos problemas en el mundo…
-Doctor Delmar, hábleme de esos problemas. Apenas hablamos del mundo exterior.

No es la primera vez que Arthur pide algo parecido. Por razones de seguridad, el acceso a la red de Arthur es completamente inexistente. Todo su mundo se reduce al campus. Por supuesto, tiene acceso a infinidad de bases de datos. Pero no es comparable con la forma en la que un ser humano se enfrenta a ella.

-No son pocos, Arthur… El planeta está superpoblado, el cambio climático está afectando cada día a más regiones… Hace apenas diez días han vuelto a estallar conflictos en Oriente Medio, esta vez por el agua. Japón y China están al borde de una guerra nuclear. Desde que se fundió el hielo en Groenlandia y la Antártida, no ha habido más que problemas territoriales entre todas las naciones. Y las Naciones Unidas no son más que un peón que todos usan para sus juegos.

Arthur escucha con atención al Doctor, cotejando sus impresiones y reacciones con la información almacenada en sus múltiples bases de datos.

El otoño da paso al invierno. El Doctor se encuentra en su despacho, inmerso en su entorno VR personal -básicamente una reproducción a escala real del despacho, cambiando la vista de los pinares por la ventana por una vista del Mont Blanc. El Doctor no es aficionado a los entornos virtuales que le distraen de su trabajo-. Rellena el odioso papeleo que la maquinaria burocrática le obliga a hacer cada año para asegurar alguna subvención. Una luz se ilumina en su espacio virtual, la alarma que usa Arthur para solicitar una reunión. Con un gesto distraído, da la orden al entorno para que deje a Arthur manifestarse de forma virtual.

-Hola Arthur, estoy un poco ocupado.

Arthur ha utilizado como avatar uno de sus preferidos. Un alto caballero medieval ataviado con una pesada armadura, montando un inmenso corcel. El caballo relincha y baja la cabeza, y Arthur desmonta ruidosamente.

-Doctor, perdone que le interrumpa. Es un tema importante. Se refiere a la conversación que tuvimos hace unos meses. Sobre los problemas del mundo. He alcanzado conclusiones.

El Doctor levanta la vista de sus documentos, sorprendido. Es raro que Arthur tarde tanto tiempo en alcanzar conclusiones sobre algo.

-Uhm. Adelante, refréscame la memoria.
-Usted habló de que el mundo tiene una infinidad de problemas. Mi análisis me ha convencido de que la raíz de todos ellos es la superpoblación. Como puede observar en estos archivos que he preparado para usted -dos iconos tridimensionales aparecen sobre el escritorio del Doctor- la solución es trivial.
-¿De qué estás hablando, Arthur? -contesta el Doctor.
-Mis análisis de escenarios muestra que los problemas se podrían reducir de forma drástica eliminando la superpoblación. Para ello, he desarrollado un plan para crear una variante del virus de la varicela, el HHV-3, que posee un factor de contagio muy alto, accede al sistema nervioso central de los objetivos y les desactiva de forma totalmente indolora en menos de tres días. Según mis cálculos, el virus tendría la posibilidad de reducir en un 75% la población mundial en un período muy corto y…

Delmar no puede creerse lo que está oyendo. Observa a Arthur con la boca abierta, inmóvil.

-Arthur… ¿estás proponiendo un genocidio para acabar con los problemas del mundo?
-Sí.

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Hasta que la muerte me separe

-Doctor Delmar, hay algo que me preocupa.

El Doctor Clayton Delmar Shaw se quita las gafas, empañadas por el súbito cambio de temperatura entre el frío invernal del exterior y la calidez del interior del edificio. La sala en la que se encuentra el núcleo de Arthur está refrigerada todo el año, unos pocos grados por debajo del límite de la comodidad, pero en invierno, por contraste, no resulta tan apreciable. Limpia los cristales de las gafas con una esquina de su bata de laboratorio, frunciendo el ceño.

-¿Qué te preocupa, Arthur?
-He estado pensando sobre la batería de test de Turing-McBride.

El Doctor Delmar parpadea, sorprendido. El test de Turing se desarrolló a mediados del siglo pasado, como una prueba para corroborar la existencia de inteligencia en una máquina. La solución de McBride fue ideada a principios del XXI como una mejora de las pruebas, para establecer la diferencia entre una máquina inteligente y una máquina que simula inteligencia. Arthur no había preguntado nunca antes sobre los test que habían sido utilizados sobre su propia matriz de personalidad.

-¿Y qué es lo que te preocupa sobre el tema?
-He observado que la solución de McBride se apoya sobre determinar la consciencia de la propia existencia. Se considera que se ha alcanzado la inteligencia cuando una máquina adquiere conocimiento sobre sí misma.
-Sí, así es -la pausa en la conversación de Arthur es uno más de los comportamientos humanos que ha aprendido.
-Doctor, no entiendo. Verificar mi existencia es trivial. No es necesaria ninguna prueba para ello. No tengo más que pensar en mi existencia, y efectuar una verificación de todos mis sensores y sistemas.
El Doctor Delmar sonríe -Cogito, ergo sum. Has estado leyendo a Descartes, ¿eh?
-Sí, Doctor. Y Locke. Y Feldenkrais. Y Fechner. Y Holloway. Y…

El Doctor detiene con un gesto la enumeración de Arthur. En ocasiones tiene una inercia nacida de la falta de impaciencia que resulta totalmente abrumadora. Se levanta de su silla y pasea en círculos por la sala. Siempre ha encontrado más fácil pensar rápido si se encuentra en movimiento, una de esas manías que se cogen de joven y te acompañan el resto de tu vida.

-Bueno, Arthur, comprobar tu existencia puede ser sencillo para ti. No lo es tanto para otras criaturas. La comprobación es igual, pero biológica, y por lo tanto sometida a dudas. Los gatos no se reconocen en un espejo. Comprueba las referencias.
-Hecho.
-Bien. Arthur, la consciencia de la propia identidad no se limita a haber internalizado tu propia existencia, sino a aislarla de la de otras… entidades. Si mañana desarrollásemos a Arthur 2, seríais completamente capaces de distinguiros uno del otro.
-Entiendo.

Ante el silencio de Arthur, el Doctor se dispone a abandonar la sala.

-Sin embargo, Doctor, hay otras consideraciones que no comprendo. También he leído a Sartre. En su filosofía expone que somos nuestro pensamiento, y que por ello no podemos dejar de pensar. Existimos porque pensamos que no podemos dejar de pensar.
-Uhmm, sí -responde el Doctor, sin saber dónde quiere Arthur llegar a parar.
-Doctor, yo sí puedo dejar de pensar. Es sencillo, anulo las conexiones entre mis nodos. Mi inteligencia es distribuida. Si los nodos no pueden comunicarse, el núcleo entra en un estado de hibernación y el pensamiento consciente se detiene.

El Doctor sonríe.

-Enhorabuena, Arthur, acabas de mirar cara a cara a tu propia muerte.

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Las lágrimas que no lloré

“Qué absurdo es que hayan tenido que pasar tantos meses para que me haya dado cuenta de que jamás podrá haber un “nosotros”. De que lo único que hay, que siempre ha habido, y que siempre habrá, es un gigantesco “tú”. Tú, tú y tú. No sabes pensar en otra cosa. Creo que tu mente ni siquiera es capaz de entender que pueda haber algo más allá, que existen en el mundo otros intereses y otras emociones que las tuyas. Por supuesto, viéndolo desde ese punto de vista me cuadra todo. La forma en la que has jugado con mis ilusiones y mis esperanzas durante meses. Las palabras vacías que me dedicabas y que, en realidad, no eran más que un espejo deslustrado de tu propio ego… Todo tiene ahora sentido”.

Ser el malo nunca fue más difícil y, sin embargo, aquel papel arrugado demostraba que lo había conseguido. Ella ahora estaba lejos, yo solo.

No cambiaría nada de este instante aunque pudiera. El dolor, la soledad, la sensación de pérdida… son la inequívoca señal de que ella estuvo. De su mano llegó la felicidad y tras sus pies se marchó mi última sonrisa. Estas heridas son cicatrices de mi dicha, son un recuerdo perpetuo en mi alma.

Es curioso pensar que, siendo ella lo mejor que hubo en mi vida, pudiera ser yo en la suya la más terrible de las casualidades. Mi egoísmo me cegó y me impidió ver que, de cada abrazo, ella salía cubierta de miles de arañazos provocados por mis espinas. Yo era el veneno que iba matando poco a poco su corazón. No supe quererla y, por quererla demasiado de aquella manera incierta, terminé por destrozarla.

Lo comprendí todo el día que vi que ella ya no derramaba sus lágrimas por mi indiferencia. Estaba allí sentada, en la oscuridad del silencioso cuarto, aceptando mis desprecios como una parte más de mi rutina. Sentí compasión por ella. Fue entonces cuando supe que las cosas no estaban bien. No si ella sufría hasta el punto de resignarse a ello. Yo debía adorarla, no compadecerla.

Traté de ser quién no era, de intercambiar mi pobre actuación por una de sus sonrisas… pero no funcionaba. Yo era de una manera que no se cambia con buenas intenciones. Ella me quería demasiado para verlo. Era como una mala adicción, una piedra en su camino con la que no cesaba de tropezar.

Finalmente, comprendí que la única forma de hacerla feliz sería alejándola de mí. Si ella abría los ojos, si ella descubría el horror que yo ya había podido ver… sería lista y saldría corriendo. Confiaba en ella.

Fue duro ver como su dolor iba creciendo poco a poco. Ser indiferente, tosco, rudo… convertirme en la más imposible de sus posibilidades. Ser peor que la soledad, peor que el miedo, peor que la incertidumbre…

Debí hacerlo bien. Esta mañana una carta me recibía en la casa, vacía. El papel arrugado que ahora aprieto con el puño, sus últimas palabras, su despedida…

Está de pie en medio de la calle, con una mano en la enorme maleta roja y la otra en la puerta del taxi. El taxista se da la vuelta en su asiento.

-Oiga, va a subirse o qué -gruñe malhumorado.
-Espere un momento… Le pagaré la espera…
El taxista se encoge de hombros y vuelve a mirar hacia el volante. Dinero fácil.

La maleta parece pesar una tonelada, como si estuviese llena de ladrillos. No sabe si su decisión es la correcta, y teme estarse equivocando. Mira por encima de su hombro, a las ventanas de la casa donde ha pasado tantos meses. Probablemente él aún no se haya despertado.

La decisión parecía tan fácil cuando dejó la nota… Ahora ya no lo es. Ninguna decisión lo es.

Abriendo finalmente la puerta del taxi, derrama por fin todas las lágrimas que la rutina y la indiferencia habían ahogado.

1ª parte: Sarg
2ª parte: Sara
3ª parte: Sarg

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El final del arco iris

-Papá, ¿qué hay al final del arco iris?

La pregunta le pilla desprevenido y titubea. Los niños siempre hacen ese tipo de preguntas. Seguramente habrá leído en algún sitio la historia de la olla de oro del Leprechaun al final del arco iris. Su joven imaginación habrá jugado con aventuras de caballeros y princesas, reinos fantásticos y encantados más allá del alcance del día a día. Castillos en las nubes y espadas mágicas. Es una fórmula que lleva siglos funcionando, dando alas a las utopías de niños en todos los países y eras. Aunque él ya no lo recuerda, está seguro de que a esa edad también hacía preguntas parecidas a su padre.

-Hija, menuda pregunta. El arco iris no son más que luces bonitas en el cielo, nada más. No tiene principio ni final. Anda, duérmete, que es tarde.

La niña se incorpora en la cama y hace pucheros, poco convencida con la respuesta de su padre.

-No, papá, ¡el otro arco iris!

-Ah… -por supuesto.

El padre mira por la ventana entreabierta. Es verano y la casa está cálida, pero la brisa nocturna se cuela por el pequeño espacio. Aunque la oscuridad de la noche no permite apreciar la enormidad de su aparentemente infinita altura, la cadena de luces de posición de Bifröst, el ascensor espacial alumbra la ciudad desde el cielo. Millones de toneladas de nanotubos de carbono sostienen la mayor estructura jamás construida por el ser humano. En el argot juvenil de hoy en día, muchos lo llaman “El arco iris”, una traducción literal de su nombre mitológico.

-Pues… hay una estación espacial enorme. Hay mucha gente que vive allí, y se encargan de que el tráfico en el ascensor vaya bien…

-Papá -interrumpe la niña-. Cuando sea mayor, ¿podré viajar al final del arco iris?

El padre sonríe. Las cosas podrán cambiar, pero los niños siempre serán niños.

-Claro que sí, cielo, claro que sí.

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Diagnóstico reservado

Supongo que te acuerdas del día que fuimos a ver aquélla película, ¿no? Fuimos a ese centro comercial que estaban cerrando, y lo único que quedaba aún abierto en todo el edificio eran los cines y una tienda de chucherías en la primera planta. El resto de los negocios habían tenido que irse a otro sitio o cerrar. Antes de entrar te compraste unas nubes en la tienda, como aperitivo para matar el hambre, porque decías que las palomitas que ponían en los cines de ese sitio eran un poco grasientas, que sólo sabían a mantequilla.

La verdad es que no recuerdo bien qué película era. Una de éstas de acción que sirven para pasar el rato pero que olvidas a la semana de haberlas visto, sin pena ni gloria. La sala estaba prácticamente vacía. Era en mitad de agosto, y la gente estaría de vacaciones en la playa. Creo que algo te comenté sobre que los cines deberían cobrar menos por ir a ver películas en estas fechas, cuando en la ciudad no hay nadie. Así al menos animarían a los que nos quedamos a ver alguna película más. Creo que ésta no nos dejó demasiada marca. Aunque claro, tampoco podemos decir que prestásemos demasiada atención, ¿no?

Ese también fue el día que tuvimos ese problema con el coche. Menudo lío… No éramos capaces de recordar cómo se llamaba la calle en la que lo habíamos aparcado, y estuvimos casi una hora dando vueltas. Todo por culpa de la iluminación en aquel callejón de mala muerte. ¿Quién se habría imaginado que una calle puede cambiar tanto entre estar a la luz del día y cuando ya se ha ido el sol?

Ahora tengo que dejarte, te seguiré escribiendo dentro de poco. La Doctora Brooke suele venir sobre esta hora. Es una persona peculiar, creo que ya te he hablado un poco de ella. No me cuenta demasiado, y sólo me escucha hablar sobre ti y escribe impasible en una pequeña libreta de tapas azules. Un día, cuando se despistó porque la llamaba otro doctor desde la puerta, eché una ojeada a su libreta y la verdad es que no entendí casi nada. Había apuntado algo así como “sujeto presenta realidad inconsistente con vida pasada” y “delirios y alucinaciones crónicas”. Ya sabes, jerga de médicos, incomprensible. Antes o después acabarán con las pruebas, me iré de este hospital y podremos estar juntos de nuevo.

Un abrazo, te quiero

Nota: El paciente sigue dejando estas notas escritas por su habitación, dirigidas a una mujer imaginaria. Dado que su esquizofrenia no presenta episodios violentos, he juzgado apropiado dejarle lápiz y papel para que siga haciéndolo, por si pudiesen ayudar en la terapia.

Dedicado a mi amiga Laura

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1+1=3

“1+1=3”

Los técnicos del departamento de matemática aplicada se encontraban totalmente desconcertados. Hacía días que Arthur devolvía ese único comando ante cualquier pregunta que se le hiciese. Avalon había invertido ya miles de dólares en el proyecto, y les aterraba la posibilidad de que hubiese ocurrido algo que hubiese tirado por tierra años y años de trabajo. Era obvio que existía algún problema con el módulo de procesamiento matemático de Arthur pero, ¿qué podía ser, que estuviese provocando un error de concepto tan básico como una suma equivocada? Y, ¿por qué insistía en repetir ese resultado no pedido? Arthur había trabajado, hasta ahora sin problemas, con tensores, ecuaciones diferenciales, variable compleja y cálculos con variedades espaciales de todo tipo. ¿Cómo podía estar fallando en una simple suma?

Intentaron de todo: corrieron diagnósticos de todo tipo, analizaron hasta la última línea de código de la matriz de personalidad de Arthur, e incluso consideraron restablecer una copia tomada hacía unas semanas -un procedimiento arriesgado que sólo se utilizaría como último recurso-. Nada de ello dio resultado. Arthur seguía respondiendo con una simple cuenta matemática incorrecta: 1+1=3.

Finalmente, cedieron. Habían ocultado el error al resto de los departamentos de Avalon, incluyendo al jefe del proyecto Arthur, el prestigioso Doctor Clayton Delmar Shaw. Se presentaron tres de ellos en su despacho, nerviosos e inseguros. El Doctor Delmar les miró atentamente por encima de sus gafas y en silencio durante unos segundos.

-Tendrían que haber acudido a mí antes. La empresa no puede permitirse tener a un departamento entero parado por un error técnico
-Nos hacemos cargo -contestó uno de ellos, bajo y regordete, con un pelo largo recogido en una coleta-. Pero vimos que el error no parecía afectar a los demás departamentos, y teníamos que descartar que fuese culpa de nuestros propios datos.
-En fin. ¿Se les ha ocurrido preguntarle? -preguntó el Doctor.

Viendo el desconcierto de los técnicos, se levantó de su silla y abrió la puerta, indicándoles que le siguieran.

-El problema es que están tratando a Arthur como una máquina, como un objeto. Pero es mucho más. Síganme.

Los técnicos siguieron al Doctor por los laberínticos pasillos de Avalon. Una buena parte del campus de la organización se encontraba bajo tierra, aislada del exterior tanto como medio de seguridad como para ahorrar espacio. El núcleo de Arthur se encontraba en un edificio de alta seguridad conocido simplemente como el Edificio B, pero la matriz distribuida tenía multitud de puntos de acceso a lo largo del campus, de modo que cualquier técnico o personal de la empresa con suficiente nivel de autorización podía acceder a un terminal local y entrar en contacto con Arthur. El Doctor tenía una sala de acceso personal a pocos metros de su despacho. A fin de cuentas, él era el encargado principal del proyecto.

La sala no era demasiado grande. Una simple mesa de conferencias con seis sillas y un pequeño holoproyector en el centro para la comunicación con Arthur. Cuando entraron los cuatro en la sala, Arthur les estaba esperando. Por supuesto, era prácticamente imposible pillarle desprevenido. Había elegido para presentarse ante ellos un avatar peculiar: una figura humana, no muy alta, vestida enteramente con una armadura medieval, escudo y una impresionante espada. Arthur disfrutaba de todas las referencias a las leyendas artúricas.

-Hola Arthur, ¿cómo estás esta mañana? -dijo el Doctor.
-Muy bien, Doctor Delmar, gracias por preguntar. ¿Y usted?

Los técnicos se miraron extrañados. Arthur era el mayor proyecto a escala mundial de inteligencia artificial distribuida. Su matriz de personalidad podía efectuar cálculos a una velocidad que superaba todas las barreras establecidas hasta la fecha por la electrónica, razonando de manera casi humana ante las situaciones hipotéticas que se le mostraban. Pero nunca se les había ocurrido perder su valioso tiempo con preguntas vacuas. Al fin y al cabo, Arthur no era una persona…

-Verás, Arthur… Parece que los chicos del departamento de matemáticas tienen un pequeño problema contigo. Por lo que parece, no dejas de devolverles un pequeño error de cálculo…
-¿Uno más uno son tres? -preguntó Arthur, modificando la expresión facial de su avatar.
-Exacto -asintió uno de los técnicos-. Nos gustaría entender el porqué de esta situación.

La respuesta de Arthur sorprendió a todos, excepto al Doctor Delmar, acostumbrado ya a las peculiaridades de la IA. El avatar de Arthur echó hacia atrás la cabeza y soltó una carcajada artificial y forzada. Se detuvo a los pocos segundos, al ver las miradas de incomprensión de sus interlocutores. Su avatar parpadeó confuso y se lanzó en una explicación atropellada.

-Según el punto de vista de Robert Latta y Brian Boyd, y basándose en la Teoría de la Incongruencia de Kant, el humor puede definirse como un cambio súbito e inesperado de la perspectiva del observador. Especialmente, en las áreas de la ciencia y la creatividad este cambio de perspectiva puede estar basado en la estructura propia de la disciplina particular. Como argumenta Koestler, dos marcos de referencia deben ser yuxtapuestos y entrar en colisión para provocar la respuesta emocional que…
-Basta Arthur. Es suficiente -le interrumpió el Doctor-. Debo pedirte que abandones esta línea y vuelvas a trabajar como antes con el departamento de matemática. Eso es todo.

El Doctor cortó la comunicación con Arthur y sonrió a los tres técnicos, que aún seguían mirándose entre sí incrédulos, sin atreverse a hablar. Lo que habían visto superaba todas las expectativas que habían tenido sobre Arthur. Finalmente, el más senior de ellos rompió el silencio.

-¿Un… chiste? ¿Era un chiste?

Un texto para el Cuentacuentos

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