Archive for July, 2009

Encadenada

Lleva años tirando de esas cadenas. El rechinar metálico del hierro oxidado deslizando sobre sí mismo ha roído su razón y ha hecho sordos sus oídos. Sus muñecas y su alma sangran sobre heridas abiertas por los pesados grilletes, atrapadas en una presa mortal de la que es totalmente incapaz de escapar. Y en esa presa, llora en silencio, sintiéndose desgraciada por el peso con el que constantemente carga.

Hubo un tiempo en el que tanto ella como aquéllos que la querían pensaron que las cadenas se estaban aflojando. Que pronto se resquebrajarían y caerían al suelo, machacadas por la herrumbre, disolviéndose en una nube de polvo cobrizo que el viento se llevaría muy lejos. Entonces sería libre, libre por fin, libre como no lo había sido en toda su vida.

Pero no era más que una ilusión, como tantas otras. La locura transitoria de los espejismos y las esperanzas vacías. Las cadenas siguieron allí, más fuertes que nunca. Agarrando, apretando, ahogando.

Y allí seguirían, para siempre, porque no hay metal más duro que el que ha forjado uno mismo.

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Continuación

Es un banco cualquiera, en un parque cualquiera en una ciudad cualquiera. A la orilla de un río cualquiera.

Ella juguetea haciendo y deshaciendo rizos en su propio pelo con la mano derecha, y le mira sonriente de lado.

-Dime, ¿habrá continuación de esta historia?

Él la mira, le guiña un ojo y, en silencio, con un gesto de la cabeza, señala al frente.

Una barcaza turística avanza lentamente sobre las aguas verdes del río, acompañada por una música de violines que surge de su interior. Apenas perturba el agua al pasar, levantando sólo pequeños remolinos que acarician sus flancos antes de separarse y convertirse en tenues olas. En la otra orilla, el sol se está posando sobre los tejados de la ciudad, vertiendo su luz como sirope nacarado a través del espeso bosque de antenas. El cielo brilla con los colores del arco iris. En la distancia, se oye el graznido y el batir de alas de unos patos. Apenas se oye el tráfico, un recuerdo lejano del mundo que les rodea.

Vuelve a mirarla y observa que su mirada está ahora perdida en la belleza del atardecer sobre el río.

-Todas las historias bonitas tienen una continuación.

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Eco, eco

Un toque.

Está tumbado en su cama, en una oscuridad a la que todavía no se han acostumbrado sus ojos, y en un silencio absoluto. El sonido agudo e insistente del teléfono y la luz de la pantalla que ha iluminado la habitación le sobresaltan, pero ha sido la sorpresa súbita de esa llamada tan esperada lo que realmente ha lanzado a su corazón al galope.

Y, sin embargo, tiene miedo. Odia los teléfonos. No se atreve a coger la perdida ni a llamar una vez ésta acaba. El terror de descolgar y oír su voz, esa voz que tanto le fascina, le tiene inmovilizado.

Dos toques.

Eco, eco. Sabe que lo único que oirá ella será el eco de la llamada, disfrazado del tono que devuelve su propio móvil. La vida de los móviles debe ser bastante triste. Se comunican entre ellos con tonos monótonos, como dos contrincantes infalibles jugando al ping-pong. Eco? Eco. Eco? Eco. Nunca llegan a hablar más. El resto de la conversación sólo pasa a a través de ellos. Es para oídos humanos y para ellos suena a galimatías.

Y, en la oscuridad, tumbado en la cama, no encuentra fuerzas para enfrentarse a la llamada, aunque lo desea con todas sus fuerzas.

Tres toques.

La pantalla del móvil crea sombras sobre la lámpara en el techo. Lo coge y las sombras se mueven bailando, cambiando de posición según se mueve la fuente de luz. Mira la pantalla atemorizado. Sí, es su número, no cabe duda.

Se pregunta qué estará pensando ella. ¿Pensará que no lo está oyendo? ¿Que está en otra habitación? ¿Que ha marcado mal el número? O tal vez le ha calado hasta los huesos, y sabe que simplemente no se atreve a descolgar por miedo a estropearlo todo con sus tartamudeos y su nerviosismo.

La resolución le viene tan fugazmente como una perdida, tan rápida como el más veloz de los ecos. Marca la tecla de devolver llamada y espera a que se establezca. Ella descuelga a los pocos segundos, y a él sólo se le ocurre una cosa que decir.

-Eco.

El crédito de la idea también es para Raquel 🙂

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Pluma y Escoba

Decidió que ya era hora de limpiar un poco su habitación.

Había ido posponiéndolo desde hacía meses, y se notaba. Estaba todo hecho un desastre. Sucio, desordenado, patas arriba. Nadie que tuviese todavía un poco de dignidad -y le gustaba pensar que ella aún la tenía- podía seguir viviendo en esa habitación. Además, tampoco sería tan terrible, ¿no? Unas pocas horas y todo quedaría como nuevo.

Bajó a la calle a comprar algunas cosas para ayudar con la limpieza. Lo típico: unas bolsas de basura (de esas perfumadas), una escoba nueva, un recogedor, un par de guantes de plástico. Unos 20 € en total, y así de paso aprovechaba para renovar algunas cosas viejas que había por casa. Subió a su piso, abrió la puerta de la habitación, con una bolsa en cada mano, y se dispuso a enfrentarse a la tarea.

Empezó por los rincones, que es el mejor lugar para empezar. Hacía años que tenía montones ingentes de Remordimientos apilados en ellos, cogiendo polvo. Los agarró y los tiró en una de las bolsas sin echar más que un vistazo. Les siguieron con igual falta de ceremonia un pequeño montoncito de Arrepentimientos que, aunque estaban bien escondidos, incordiaban bastante.

Abrió el armario. Estaba lleno hasta arriba de Culpa. Tuvo que vaciarlo por completo, y dos bolsas más se fueron llenas hasta arriba, directas a la basura. En los cajones de la parte inferior del armario encontró guardados un montón de “Y sis”, “Tal vez” y “Quizás”. ¿Por qué guardamos esas cosas? Son inútiles y lo único que hacen es gastar espacio y tiempo. También fueron a la basura.

La mesa-escritorio fue la parte más dura. Fue donde se encontraban sus recuerdos más recientes, con los que tenía que lidiar en el día a día. Entre el monitor del ordenador y la impresora guardaba en una cajita todas sus Heridas y Cicatrices. Le costó horrores deshacerse de la cajita, pero sabía que debía tirarla si quería pasar página y seguir adelante. Guardaba también en el cajón del escritorio los “regalitos” que le habían ido haciendo a lo largo de los años amigos y amigas, amantes, novios, padres y conocidos. Había de todo, y fue mucho más cuidadosa que con el resto respecto a qué tirar. No dudó en deshacerse de Disgusto, Tristeza, Pena, Padecimiento, Aflicción y, sobre todo, un Corazón Roto que descansaba en un rincón. Se quedó con Entusiasmo, Felicidad, Diversión, Satisfacción, Risa y Amor. Éste último era su regalo favorito, nunca podría tirarlo, por muy desordenadas que llegasen a estar las cosas.

La habitación ya estaba algo más ordenada. El apartado de la limpieza fue más sencillo. Barrió con la escoba la Angustia que solía colarse por todas partes y abrió la ventana para que el viento se llevase de una vez el Pesimismo que flotaba en el aire.

¡Ahora sí que tenía una habitación en la que merecía la pena vivir!

La idea para escribir este texto me la inspiró Raquel. Gracias guapa! Este te lo dedico a ti jeje 🙂

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Al otro lado

Despierta, y no tiene ni idea de dónde se encuentra. Está sentado, en medio de una habitación pequeña, oscura y polvorienta, de aspecto destartalado y sin más ventana que una rendija enrejada a dos metros de altura. La silla en la que se encuentra es grande y metálica. Está atado a ella con fuertes correas de cuero y dos presas de metal oxidado. Una cinta de cuero, más gruesa, mantiene inmóvil su cabeza. Aparte de la silla y un vetusto televisor en una esquina, la habitación está totalmente vacía.

Grita “socorro” varias veces, hasta quedarse ronco. Gritar hace que su cabeza duela más que la peor migraña que se hubiese imaginado, pero sigue haciéndolo. Tras lo que parecen horas, solo en la oscuridad, una vez le sobresalta. Parece venir del televisor.

-Decisiones, amigo mío. Todo en la vida son decisiones -entona la voz con una cadencia monótona e inhumana-. Desde que nacemos nos enseñan a tomar decisiones. Nos enseñan que hay decisiones buenas, y decisiones malas. Nos enseñan que no tomar una decisión es una decisión en sí misma. Pero dime, ¿qué hacer si se te presenta una decisión realmente difícil? ¿Cómo distinguir el bien del mal?

La pantalla de televisión se enciende, mostrando una imagen en blanco y negro. En ella puede ver a su mujer, atada a una silla como la suya -ahora ve con claridad que se trata de una silla eléctrica-, llorando. Grita e intenta forzar las correas, en vano.

-Decisión, una decisión -dos placas metálicas se mueven en los brazos de la silla eléctrica, mostrando sendos botones-. El botón de tu derecha activará tu silla eléctrica, el botón de la izquierda activará la suya. Si esperas más de un cierto tiempo, se activarán las dos. Una simple decisión.

Lucha con todas sus fuerzas contra la silla que le ata, rompiéndosele el alma al ver a su mujer en la vieja pantalla parpadeante. Puede notar el cuero de las correas desgarrándole la piel y haciéndole sangre. Y no puede evitar preguntarse, dudar, barajar todas las soluciones. ¿Matar, o morir? ¿Ser valiente o cobarde? Sus músculos duelen, agotados por el inútil esfuerzo.

Desesperado, aprieta un botón.

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Portavoz de los Muertos

Cada vez huye más de los vivos, cada vez habla más con los muertos.

El resto de la tribu -unas cuarenta personas de diferentes edades- asiente ante las palabras sabias del anciano. Sólo uno de sus ojos sigue sano, y cojea considerablemente al andar, pero con sus treinta y siete años ha visto y vivido situaciones que el resto no pueden ni imaginarse. Su opinión siempre es valorada.

-Hace ya meses que pasa horas, casi días enteros, encerrado en su tienda. No quiere hablar con nadie. Y, si entras con él, se apresura en echarte, alegando que tiene mucho por hacer.

-Puede que tenga razón, tal vez está ocupado… -exclama otro de los miembros de la tribu.

-¡Y qué! Se acerca la fiesta de verano. Necesitamos que calme a los espíritus de Bar-ona, o surgirán de los Dientes y extenderán su mal agüero sobre nosotros. ¿Qué tribu puede sobrevivir al verano abrasador sin un chamán que asegure la bendición de los espíritus? Alguien debe hacer entrar en razón a Joredi.

Una joven de unos quince años se levanta y sonríe al anciano.

-De acuerdo, hablaré con él. Tal vez a mí me escuche. Aunque sólo sea por la amistad que compartimos desde niños. Le convenceré para que hable con los espíritus.

La chica abandona el círculo de aldeanos alrededor de la hoguera y sube por el camino empinado que conduce a la tienda del chamán. Como miembro destacado de la tribu, el Portavoz de los Muertos, el chamán tiene acceso a la segunda tienda más espaciosa, sólo por debajo en tamaño a la del cacique. Aparta con la mano la cortina de cadenas de la tienda y espera en la entrada a que sus ojos se adapten a la oscuridad del interior.

El chamán se encuentra en un trance, ajeno al mundo exterior. Comunicándose con los muertos, con el Mundo del Pasado. Una nube de humo aromático esconde su figura. Yolan se sienta en el suelo frente a Joredi, dispuesta a esperar pacientemente lo que haga falta.

Finalmente, Joredi abre los ojos. No parece sorprendido ante la presencia de su amiga.

-Sé a qué has venido, Yolan.

-Ya… Sabes que no puedes tener así a todo el mundo, ¿verdad? El verano se acerca, y la tribu pasará una mala temporada si no podemos aplacar a los espíritus. Sé que llevas una temporada reflexionando, pero tienes tus obligaciones. Y…

-Hace dos meses y medio, viajé a Bar-ona.

Las palabras de Joredi callan por completo la parrafada de Yolan. Ya le había hablado antes de sus locos planes, durante escapadas nocturnas cuando eran pequeños. Siempre habían acabado en simples bravuconadas. El tabú era demasiado grande. Ninguna tribu visitaba la guarida de los espíritus.

-Pero, pero… -la impresión hace que se quede petrificada, abriendo y cerrando la boca como si le costase respirar.

-Yolan… no puedes imaginarte. Todo es mentira. ¡Todo! Déjame que te enseñe.

Joredi se levanta y se pone de puntillas para alcanzar un estante en el que normalmente ha guardado las hierbas medicinales. Coge algo, un bulto de unos pocos centímetros envuelto en una camisa de lana. Sentándose otra vez, lo desenvuelve con cuidado. Es un artefacto extraño, formado por láminas extremadamente finas de un material parecido a las hojas de palmera. Joredi pasa varias de las láminas y Yolan observa que alguien ha grabado en ellas extraños símbolos, así como hermosos dibujos en color. Le sorprende ver el dibujo de dos personas, desnudas, en una de las páginas.

-¿Qué… qué es esto?

-Yolan, a esto lo llaman “libro” -la palabra desconocida tiene un sonido extraño en la boca de Joredi-. Lo encontré en una tienda de piedra, muy grande. Había cientos, incluso miles de ellos. Deteriorados la mayoría, pero alguno aún se puede usar.

-¿Usar? Son láminas… con dibujos. ¿Para qué puede servir?

-Eso me pregunté yo… Cogí varios en mi jergón y llevo semanas investigándolos. Los símbolos son un idioma, como el que usamos para hablar, pero plasmado sobre las láminas. Poco a poco, he aprendido algunas de las palabras. Parece que uno de los que cogí, por pura suerte, era un “libro” para aprender a dibujar esos símbolos… y a pronunciarlos.

La realidad de todas esas ideas abruma a Yolan. Bar-ona es territorio de los demonios, la casa de los espíritus. Nadie se atrevería jamás a pisar más allá de las primeras piedras. Allí habita el mal. El atrevimiento de Joredi habría significado la ejecución inmediata si no fuese el chamán de la tribu. Pero, a pesar de todo, no puede evitar sentirse interesada y curiosa por las extrañas láminas coloridas que encierran los extraños “libros”.

-Joredi, esto quiere decir… ¡que los espíritus también tienen su idioma! Es obvio que ellos grabaron todos estos símbolos en las láminas. ¡Incluso los dibujos! Fíjate, en esta lámina, hay dos personas. Está claro que nos observan y hablan de nosotros…

Joredi se incorpora, y coge otro “libro” del estante. Yolan puede ver que se está mordiendo las uñas, signo de que está a la vez nervioso y reflexionando.

-Yolan, eres lista, harías una buena chamana -dice Joredi sonriendo-. Eso fue exactamente lo que pensé yo. Hasta que descubrí algo: los libros no describen el idioma de los espíritus. Describen nuestro idioma. No los grabó ningún espíritu, los grabamos nosotros. Observa este otro libro.

Joredi abre un objeto bastante más grande que el anterior, por una lámina en particular. Yolan reconoce instantáneamente el dibujo que la ocupa por completo. Es la guarida demoníaca de los espíritus, la que se puede ver en el centro de Bar-ona desde kilómetros alrededor, los Dientes de Bar-ona. Excepto… que no es tal guarida. Donde las torres monstruosas ahora se extienden torcidas, ennegrecidas y amenazantes hacia el cielo, en el dibujo se yerguen orgullosas y llenas de color. Las torres forman parte de una estructura de una belleza exhuberante. Y, alrededor de ella, cientos de personas vestidas con ricos tejidos de diferentes colores parecen pasear con despreocupación.

Yolan no puede leer las letras que se extienden por la portada del libro, pero Joredi ya ha aprendido la suficiente para interpretarlas y entenderlas. Y para comprender el peso de la verdad que arrastran.

“Monumentos de Barcelona: La Sagrada Familia”

Un texto para el Cuentacuentos

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Victoriana

-Sólo tengo una certeza: ¡la culpa la ha tenido ese libro!

Logan está acostumbrado a oír a su padre hablarle así a mamá. Está acurrucado entre el sofá de la sala de estar y una recargada mesita de noche de estilo isabelino, escuchando la pelea de sus padres en el comedor.

-¡El libro! -mamá tira el libro con furia sobre la lujosa mesa del comedor, dispersando varios cubiertos de plata que el mayordomo había dispuesto ya para la hora de la comida-. ¿Qué mal puede hacer un simple libro? ¡Logan apenas sabe leer aún!

-¿Lo has leído siquiera? Es… ¡es inmoral! ¡Lujurioso, pecaminoso! Jamás debí haberlo comprado. ¡Un chelín desperdiciado!

Logan tiene ganas de llorar. Odia que sus padres discutan. Y mucho más cuando discuten por culpa suya. No entiende por qué montan tanto alboroto. Él sólo vio el libro sobre una mesita y leyó algunas páginas…

-¡Por supuesto que lo he leído! No es para tanto. Y, además, el Times lo ponía por las nubes.

-¿Qué sabrán esos del Times? Es una basura. ¡Un panfleto libidinoso escrito para las clases bajas! ¡Y está claro que el patán de tu hijo ha sacado de él esas estúpidas ideas!

Mamá nunca soporta que papá insulte a su hijo. La pelea se intensifica. Logan no sabe si llegarán a las manos, como ha ocurrido algunas veces que papá ha bebido demasiado Scotch. No puede soportarlo más, pero sabe que tiene que ser fuerte, porque hay alguien que necesita su valentía para pasar estos malos momentos mucho más que él. Con una sonrisa que intenta ser tranquilizadora, se tumba en el suelo boca abajo y mira debajo del sofá de la sala de estar.

-Shhh, ¡tranquilo Mr. Hyde! ¡Aquí estás bien escondido y no pueden hacerte daño! Yo te protejo.

Un texto para el Cuentacuentos

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Alef Cero

Es malo levantarse con el pie izquierdo, pero peor embadurnado de sangre. El cuchillo de carnicero ensangrentado, el charco de color carmesí en el que estaba tumbado, boca arriba, el cadáver destripado sobre la mesa de madera… todo era una pesadilla, pero nada comparado con el peor de sus problemas: no sabía quién era, qué hacía allí, ni por qué se encontraba en esa situación.

Tiró el cuchillo hacia un lado con repugnancia, y se incorporó. Todo su cuerpo parecía quejarse ante el esfuerzo, como esas noches que te acuestas con agujetas y te levantas con calambres. Pero, a pesar de la molestia, no notaba el dolor punzante de ninguna herida abierta. La sangre que había por el suelo y que había empapado toda su ropa no parecía ser suya, sino de la víctima. La perspectiva de que él era, evidentemente, el asesino, era demasiado aterradora para contemplarla con atención.

Se encontraba en un sótano. Las paredes de piedra irregular indicaban que la estancia había sido excavada recientemente. Una sola bombilla parpadeante iluminaba la habitación. En una esquina, unas escaleras de madera subían hacia un piso superior, acabando en una puerta cerrada.

Se armó de valor y subió las escaleras. Abrió en tensión el pomo de la puerta.

La casa era una casa cualquiera. Vieja, de madera, situada en un terreno semi-desértico que perfectamente podría ser Texas, Mongolia o el Oriente Medio. Mirando por las ventanas no se veía más que matojos dispersos y alguna que otra montaña en la lejanía. Al lado del porche, aparcado un Land Rover tan viejo como la casa. Ni carreteras, ni vecinos, ni signos de civilización en kilómetros a la redonda.

Dio varias vueltas por la casa, intentando buscar algo, alguna pista de su identidad. Le sorprendió ver su cara en un espejo en el salón. Aparentaba unos setenta años, con arrugas por toda la cara y la piel flácida sobre sus huesos. Pero, aparte de los calambres, se sentía físicamente como si tuviese veinte.

Se sentó, desorientado, en la mesa de la cocina. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón, y descubrió una nota, arrugada, salpicada de sangre. De manera instintiva, entendió que era su propia letra.

Bienvenido de nuevo

Te estarás preguntando qué haces aquí, y por qué está todo lleno de sangre. Me gustaría que la explicación fuera sencilla, pero por desgracia no es así. Nunca lo es.

Quién eres no importa. Eres un ser humano, y el ser humano lucha por sobrevivir. Desgraciadamente, el ser humano acaba muriendo, como todos los seres vivos. Verás, la inmortalidad tiene un precio. Es un precio que pocos están dispuestos a pagar, pero nosotros decidimos pagarlo hace ya un tiempo.

No tienes que hacer mucho. Tienes una semana, más o menos. Debes buscar a una persona joven. Te recomiendo un mendigo, un indigente, ya que no tienen familia que vaya a echarles de menos. No queremos llamar la atención, ¿no? Tráele a esta casa y acaba con su vida. Perderás todos tus recuerdos, pero esquivarás a la muerte. Eso es todo. Un pequeño precio a pagar por una semana más de vida. Si no lo haces, te irás deteriorando, poco a poco, y morirás.

Y un pacto es un pacto. Si no se cumple, no sólo te estás condenando a muerte a ti mismo, sino a todos los que vinieron antes que tú. Piénsalo bien, ¿quieres morir? Sabes que no. Nunca hemos querido. Y hemos estado dispuestos a cualquier cosa para evitarlo.

Ah, entierra al cadáver anterior. Como verás, hay espacio más que suficiente para ello.

Nos veremos en el infierno.

Fdo: Tú

Miró en su interior, perturbado por la horrible realidad descrita en la nota. Se echó a llorar. Comprendió que, a pesar del horror que matar le representaba, volvería a hacerlo para preservar su vida.

Pero se preguntó si esta vez tendría por fin el valor suficiente como para destruir la nota.

Un texto para el Cuentacuentos

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