Archive for December, 2009

Red de luz

Atended: Elroy Workman es una persona fuera de lo común.

Elroy Workman no ve la vida como los demás. Cuando mira a su alrededor, es capaz de ver de forma física y tangible las conexiones sociales entre los seres humanos. Oh, no les entiende, no mejor de lo que cualquier otra persona puede entender a los demás. Pero puede ver lo que les une y lo que les separa.

Para Elroy el mundo entero no es más que una red entrelazada de hilos luminosos, que sabe que sólo él puede ver. Una visión gloriosa, toda la humanidad unida entre sí por una retícula de relaciones sociales. El amor tiene un profundo color rojo que parece latir con vida propia. El odio es negro como el cielo en una noche sin luna, y sus hilos se retuercen y se sacuden como serpientes que huyen de su propio veneno. La amistad tiene un amarillo profundo y cálido, y el respeto parece fluir como un río de color azul celeste. Todo el planeta está unido por esta gigantesca red.

A veces Elroy se ha aprovechado de este conocimiento, usando esa intuición suya para convencer a una u otra persona. La mayoría de las veces se limita a observar, fascinado, a imaginarse en su mente cómo son exactamente las conexiones de las personas que ve. ¿Será ése un amor sincero, o un amor frustrado? ¿Será esa amistad nacida de haber afrontado problemas en común, o simple camaradería entre compañeros de trabajo?

Elroy disfruta observando los retorcidos hilos que sujetan a los seres humanos.

Al menos eso es lo que explicaba la nota de suicidio que el oficial encontró en la habitación de Elroy. Porque un día se miró a sí mismo con detenimiento, y se dio cuenta de que ningún hilo luminoso partía o llegaba a él.

Para el resto del mundo, Elroy es simplemente un loco más.

Un texto para el Cuentacuentos

8 Comments

Guante Negro

Si había algo que Jimmy tenía totalmente claro, era que sólo le quedaba una bala en la recámara.

En un mundo de subfusiles Thompson y Berettas semiautomáticas, uno podía sentir una especial fascinación y sensación de poder empuñando un arma como la que empuñaba Jimmy. El revólver, un Colt Peacekeeper heredado de su abuelo, era más una antigualla que un arma, pero la había mantenido siempre en perfectas condiciones, y su tambor de seis balas era tan mortal como cualquier ráfaga de disparos de un subfusil. Su cañón de metal brillante estaba decorado con filigranas, y su abuelo había hecho que le grabasen unas palabras entre ellas: “Ultima ratio”. El último recurso.

Por supuesto, él no había entrado en el club con el revólver desenfundado. No, eso habría sido suicida, y estúpido. Entró de forma disimulada, disfrazado de camarero, como el soplón le había informado que le sería posible entrar. Al fin y al cabo, el club era un local selecto, con sus sillas de ante, sus cortinas de seda y su escenario de madera de roble. En el escenario cantaba jazz una mujer de largo traje de noche negro y los labios más rojos que Jimmy había visto en su vida.

La mesa que buscaba se encontraba cerca del escenario. Una mesa semi-circular, en primera línea pero con suficiente privacidad como para que sus ocupantes pudiesen ocuparse de sus asuntos. Se acercó a la mesa con una bandeja tapada. Supuestamente llena de bebidas, pero en realidad portando el revólver, por supuesto. Estaban todos en la mesa. Dos matones a los que no conocía, Francesco “Lucky” Hardy, Salvatore Acosta y Sid Patton. Vitorio, el capo, no estaba por ninguna parte. Pero no se puede tentar a la suerte y, si el soplón estaba en lo cierto, sólo tendría esta oportunidad, y debía aprovecharla. Cualquier riesgo era poco para vengar a su familia.

Rápidamente, antes de que los dos matones pudieran reaccionar, tiró hacia los mafiosos la tapa de la bandeja. Cogiendo el revólver con presteza -meses de práctica tenían que dar algún resultado- acertó con cinco balas a los dos matones y a los tres mafiosos. Una bala de un Peacemaker a quemarropa no era ninguna broma. Tenía claro que no volverían a levantarse. La gente empieza a gritar, a intentar huir del club. La hermosa cantante se agarra al micrófono y grita, paralizada ante la visión de tanta violencia sin sentido.

Sólo quedaba una bala en la recámara, la destinada a Vitorio.

Sin perder un instante, corrió hacia la puerta del servicio. El resto de los hombres de Vitorio no tardarían en entrar al club y empezar a disparar. debía encontrar al capo y terminar su trabajo.

La puerta de servicio se abrió con un empujón y Jimmy la atravesó como una ráfaga de viento.

Unos brazos fuertes e inmisericordes le atraparon de súbito con una presa profesional por la espalda. El revólver escupió su última bala con un estruendo. Una lluvia de yeso del techo cubrió a Jimmy y a su atacante. Le tenía totalmente inmovilizado, atrapado. El hombre le susurró al oído.

-Gracias, Jimmy, por hacer mi trabajo. Adiós.

En las pocas décimas de segundo antes de que una navaja afilada le rebanase la garganta, Jimmy reconoció la voz del soplón, y comprendió que se la habían jugado.

Limpiando su navaja de sangre en la ropa de su víctima, Vitorio sonríe satisfecho.

1 Comment

El sueño de una noche de primavera

-Yo siempre seré tu niña.

Está tan elegante como la recuerda. Alta, con esas piernas largas y estilizadas que le volvían tan loco de joven. Algo más vieja, por supuesto, pero muy bien conservada. Sólo unas finas arrugas bajo los ojos delatan su edad, y su pelo moreno sigue brillando como lo hacía antes. Si acaso, con la edad ha ganado en elegancia. Viste un traje de noche rojo, unos zapatos negros de tacón y unos guantes de rejilla largos.

-Creo… que es un poco tarde ya para eso.

No se puede decir lo mismo de él. Su pelo y su barba -aunque cuidados- están casi completamente grises ya, y la bata azul que viste es la antítesis del buen gusto. Está sentado en un sofá más viejo aún que él, bajo las cortinas de la habitación. Saca del bolsillo de la bata una pipa de madera, y la enciende. Recae en su falta de consideración y le ofrece un cigarrillo y fuego, que ella acepta acercándose al sofá. Vuelve a dirigirse a ella para romper el incómodo silencio.

-Y dime, ¿qué tal te va?
-Bueno, ya sabes, bien. Todo lo bien que puede irme.
-¿Sigues con ese…? Uhmm… Como se llame… Tenía nombre de ángel.

Ella sonríe, consciente de su terrible memoria. Sabe que no pretendía ningún insulto, y entre ellos ya murieron hace muchos años las formas de educación para con el otro. Meras formalidades sin sentido cuando cada uno tiene claro lo que el otro quiere decir, y cómo.

-Sí. Tenemos dos hijos, pequeños.
-¿Y eres feliz?

Su sonrisa se evapora. Siempre ha sabido leerla como a un libro infantil. Niega lentamente con la cabeza. No, no es feliz. Atrás quedaron las ilusiones de la juventud, cuando los dos creían que podían cambiar el mundo. El conformismo y la rutina tiraron por tierra al espíritu aventurero, y una vez estaba en el suelo, el miedo acabó por darle la estocada final. El amor inocente que había conocido es ya un extraño en su vida, desplazado por algo más calculado, más frío, más lógico. Algo que, a fin de cuentas, ha dejado de ser amor para convertirse en un intercambio comercial.

Su marido es una buena persona. Pero eso era todo lo que puede decir de él; un buen tipo, pero alguien de quien nunca estaría enamorada, al menos no como antes. Es abogado, un hombre de buena familia, y buen padre para sus hijos.

Y sin embargo nada que hiciese podría compararse con los momentos que pasó junto a este artista desgarbado, con ese aspecto de bohemio trasnochado y su forma de vestir tan alejada de la moda y las corrientes de la sociedad. Ha vuelto a amar, sí, pero nunca con tanta intensidad.

No ha hecho falta que le transmita esto, él ya lo sabe, lo ha leído en sus ojos, en la mueca de su boca, en el lenguaje de su cuerpo. Se levanta, la abraza, le ofrece su hombro para llorar en silencio por todas las horas perdidas.

Se besan en esa habitación desordenada. Una pareja dispar a la que la vida ha intentado separar con los años. Y con ese beso les parece que esos años, en realidad, jamás han pasado.

5 Comments

No pudo despertarla

No pudo despertarla.

Lo intentó de todas las maneras que se le ocurrieron. Empezó llamándola suavemente por su nombre, susurrándole con delicadeza al oído. Cuando vio que no funcionaba, la sacudió ligeramente por los hombros, pero esto tampoco dio ningún resultado. Fue entonces cuando empezó a preocuparse.

No respondía a los cachetes que le dio en la mejilla, y su piel estaba casi congelada. Abrió de par en par los enormes ventanales que daban al balcón, y la luz entró como la gente al abrir una tienda en primer día de rebajas, pero ella no se inmutó, siguió impasible, con los ojos cerrados.

No sabía que hacer, y podía empezar a notar los efectos de su sueño profundo. La desesperación, la tristeza y la melancolía comenzaban ya a apropiarse de su mente, tomando un terreno que no era suyo. Notó que ella ni siquiera respiraba, pero no se atrevió a hacerle una reanimación cardiovascular, nunca se la habían enseñado, y era consciente de que si intentaba hacerlo como en las películas, lo único que haría sería empeorar la situación. Estaba desesperado. Fue a la cocina, tirando en sus nervios un par de tarros de cristal llenos de especias, que cayeron al suelo y estallaron en mil pedazos que jamás podrían volver a estar juntos.

Volvió a la habitación con un vaso lleno de agua fría, y se lo lanzó a ella a la cara.

Nada, ni una sola reacción. Era tarde, muy tarde ya. No había nada que hacer.

Se sentó en el borde de la cama, con ella a sus espaldas, y enterró su cara en sus manos. No podía llorar. Había llorado ya tanto que las lágrimas se habían secado y habían dejado de correr, como los ríos en verano. Tenía que hacerse a la idea de que no iba a despertar, enfrentarse a la realidad. Estaba muerta.

No pudo despertarla. La Felicidad había muerto hacía varias horas. Ya sólo podía enterrarla… e intentar olvidarla.

Un texto para el Cuentacuentos

4 Comments

Continuación II

Es un banco cualquiera, en un parque cualquiera en una ciudad cualquiera. A la orilla de un río cualquiera.

Ella juega nerviosa con sus manos. Tiene los nudillos blancos de tanto apretarlas, de cruzar los dedos una y otra vez. En parte es para luchar contra el frío, en parte para tranquilizarse a sí misma. Lo que tiene que decir no es fácil, nunca ha sido fácil.

-Mira…

Comienza, le observa a él, y puede ver que está llorando, que ya sabe qué es lo que hay que decir. La situación ya se ha producido, las palabras sólo son la cinta aislante que le falta a una caja de embalaje.

-Esto… no está funcionando. No estoy enamorada. No sé por qué… Son tantas cosas, no me entiendo ni a mí misma. Pero, por favor, no llores, no llores…

Intenta abrazarle, pero él rechaza sus brazos. No me toques, dice. No sé quién eres. No sé quién eres. Y ella llora también.

El agua verde del río parece inmóvil, estancada. El invierno ha asesinado al otoño, dejando cómo cadáveres inocentes a miles de hojas de canela. Las orillas son como cementerios masivos al aire libre. Ya no hay sol tras las nubes espesas, ni arcoiris ni animales que quieran amenizar la tarde a los viandantes con sus graznidos. Sólo hay frío, y corazones rotos.

-Por favor, no te vayas, déjame acompañarte… No te vayas.

Pero él se va, recoge su bolsa, se cala el abrigo hasta arriba y se va.

Ahora sabe que no todas las historias bonitas tienen una continuación.

La historia comenzó así, hace una eternidad. Esa eternidad que sólo duran las cosas que parece que merecían la pena.

2 Comments

Frío

-A veces es difícil ser yo.
-Normal. Siempre es difícil ser uno mismo. Lo fácil es ser otra personas, es lo cómodo.
-No seas ingenuo.
Andan sin prisa por la calle. No van abrazados porque no les hace falta abrazarse. Sobre sus cabezas, la campana de una iglesia replica las dos de la mañana.
-No, hay gente para la que no es difícil ser ellos mismos, está claro.
-Lo dices por alguien en particular o…
-No, no lo decía por nadie. En general. Ya sabes, hay gente que no piensa, les da igual. Son lo que son. Oye… tengo frío.
Él se quita su abrigo y la cubre. La abraza por los hombros para no quedarse él mismo frío y siguen caminando.

-¿Alguna vez has querido ser otra persona?
Se lo piensa antes de responder. -Creo que no. No. Es difícil pero, es lo que hay.
Él besa su mejilla, pero ella se aparta, incómoda por alguna razón. No es momento para besos.

-¿Y tú?
-Sí. Muchas veces. Cuando me siento incomprendido, cuando no encajo. A veces es como que… es como si he llevado tantas máscaras, y he querido ser tanta gente distinta, que he descubierto que no hay un “yo” de verdad. ¿Sabes? Que lo que soy, de verdad, es el cambio. No soy el que lleva la máscara, soy el… acto de llevarla.
-Ahm.

Le mira, en esa noche helada, y sonríe de lado.

-Veo que también es difícil ser tú.

2 Comments

Adios

Adios, mi rubia, mi niña, mi amor.

Sé que no volveré a verte. Sé que no volveré a saber nada de ti. Pero no puedo evitar escribirte estas líneas en un blog olvidado que ya no leen ni cuatro personas. Tal vez como una despedida final, tal vez como un epitafio de algo que sólo yo sentí. O tal vez para detener, aunque sea por un segundo, las lágrimas. Aunque no funcione, sigo llorando y con el alma arrugada como un pañuelo usado.

No entiendo por qué las cosas han salido como han salido. Tengo la completa seguridad de que no lo sabré nunca, y eso será otra cruz más que arrastraré el resto de mi vida.

Adios, no puedo seguir escribiendo. Tengo tantas cosas que decir, y tú no estás aquí para escucharlas. No lo estarás nunca. Adios.

6 Comments