Archive for January, 2010

Nosotros

Tú…
 
 
Nos conocemos
 
 
Eso es lo de menos. Éramos uno.
 
 
No había casi distinción entre tú y yo. No había fronteras. Era increíble.
 
 
 
Pero fue real, lo más real que ha existido. Sólo el que vive así sabe que el resto no son más que sombras. Y sólo de sombras no se puede construir un sueño.
 
 
 
Todo, y nada. Las almas no están hechas para vivir así. Queríamos sobresalir por encima del resto. Amar de otra forma. Ser mejores que las sombras. Eso acabó con nosotros.
 
 
 
No, en cierta forma la vida sigue. Nuestros cuerpos se habituarán a las sombras. Ya tienen otra alma. Nosotros no somos más que recuerdos, y con el tiempo dejaremos paso a los nuevos.
 
 
Nunca.

 
…Y yo
 
 
¿Estás seguro? Casi lo he olvidado, hace tanto tiempo…
 
 
Uña y carne…
 
 
Apenas lo recuerdo, no es más que un sueño. Ni siquiera podría decir que un sueño vívido, sino uno de esos en los que no tienes claro qué acabas de soñar al despertarte. Como un espejismo, o algo así…
 
 
Pero… ¿hemos despertado? Ya no queda nada. Ni siquiera existimos ya. Dos ilusiones a la deriva, dos esperanzas rotas vagando sin rumbo… ¿Qué queda de nosotros?
 
 
 
 
¿Y nos castigaron por ello? A vagabundear olvidados en el limbo de las oportunidades perdidas. Recordando el pasado, sin poder cambiarlo ni volver atrás…
 
 
 
 
Gracias, necesitaba oír eso. Debo irme, no sé por qué. No me olvides.

Un texto para el Cuentacuentos

4 Comments

Cierra los Ojos

Cerró los ojos para tratar de parecer dormido. O muerto. Le habían enseñado desde pequeño que las criaturas cazaban guiándose por el movimiento, y que no atacarían a una presa inmóvil. De modo que cerró los ojos y contó hasta 10 en la oscuridad, para tratar de calmarse y regular su respiración.

No se oía nada, excepto su propia sangre redoblando contra sus tímpanos. Los sonidos de la jungla, tan comunes durante el día, se habían apagado por completo, como si todos los animales fuesen conscientes de la presencia de los sanguinarios invasores y se hubiesen quedado congelados, esperando.

Se atrevió a abrir los ojos, lentamente. A su derecha, unos gigantescos helechos se movieron bruscamente. Las criaturas estaban cerca, muy cerca, moviéndose entre las plantas de la selva sin preocuparse del ruido que puedan hacer. El miedo le corroía por dentro. Era perfectamente consciente de lo que las criaturas le harían si le descubriesen.

Huyó. No podía hacer otra cosa. El miedo era demasiado grande, y se encontraban demasiado cerca.

No llegó siquiera al río. Una flecha, untada en veneno, se clavó en su espalda. Esa noche el ser humano se había cobrado otra pieza más.

Un texto para el Cuentacuentos

5 Comments