Archive for March, 2010

Defecto o virtud

-No sabía si era defecto o virtud…
-Perdone, ¿cómo dice? -responde sorprendido el hombre maduro. No esperaba que, en estas circunstancias, nadie le dirigiese la palabra.
-Sí… nunca lo supo. Cuando estaba viva, quiero decir.
-¿Se puede saber quién diablos es usted? -¡lo que le faltaba! Le ha costado casi media hora echar al resto de las cacatúas de la familia de la sala del tanatorio, para estar un último momento a solas con su mujer, de cuerpo presente, y lo último que le apetece es que un insolente entre a burlarse.

Y encima, ¡ni siquiera le contesta!

-Oiga, que este no es un lugar público, eh. Haga el favor de dejarme en paz.
-¿Paz? ¿La que ella nunca tuvo? Por eso pidió el divorcio. Pero ahora poco importa, ¿no?

¡Inaudito! ¡Menudo descaro! Se planta, dispuesto a enfrentarse al hombre joven, pero es mucho más rápido que él. Se mueve con soltura rodeando el féretro, saca la cabeza de una rosa amarilla del bolsillo de su camisa y la deposita con delicadeza sobre el pecho de la mujer.

-¿Sabe? Siempre dudó si su paciencia era su peor defecto, o su mayor virtud. Viéndola así, yo diría que defecto.
-¡Ya está bien! ¿Quién es usted y qué pretende?
-¿Pretender? No tengo muchas pretensiones. Y quién soy es indiferente. Llámeme su conciencia, llámeme un ángel guardián. O, si lo prefiere, véame como el diablo.
-¡Largo! ¡Fuera de aquí!

Pero no había nadie en la habitación, excepto él mismo. La rosa amarilla era el único testigo de la inexplicable visita.

Un texto para el Cuentacuentos

No Comments

Le ciel est mort

-Le ciel est mort.

La frase le distrajo, y desenfocó la mirada de las pantallas de datos que recorrían su retina.

-¿Uh? ¿Qué es eso, inglés?
-No, francés.
-Francés, inglés… tú y tu obsesión por las lenguas muertas. ¿Qué significa?
-El paraíso ha muerto.

Tardó un par de segundos en entender las implicaciones. Apagó sus sistemas, y los números de color verde chillón desaparecieron de sus ojos. El trabajo ya no tenía sentido.

-¿Es… es definitivo?

Su compañera se giró. No era una mujer atractiva. Había nacido en órbita, y su físico no estaba adaptado a la alta gravedad de la Tierra, pero en ese momento su mirada triste y su mueca de fatalidad le daban un aire misterioso.

-Sí, estoy segura. Tengo los datos.

Se cubrió los ojos con una mano y se derrumbó en su silla. La desesperación amenazaba con envolverle por completo, pero una voz en el fondo de su cabeza le repetía que era normal. Ya nada tenía sentido.

-¿Hay… posibilidad de que sean incorrectos? Tal vez… nos quede algún año más. Tal vez sea una falsa alarma.

Su compañera no respondió, pero aún con los ojos tapados supo que estaba apretando los labios, como hacía cada vez que no deseaba llevarle la contraria. No eran incorrectos. Las cosas eran así, y tenía que afrontarlas: el paraíso había muerto.

-¿Y ahora qué?

Ella titubeó antes de contestarle.

-Ahora… seguimos con nuestras vidas. No podemos hacer otra cosa.
-¿Y cómo? ¿Sabiendo que estamos condenados, que estamos todos condenados?

Los dos se quedaron un buen rato en silencio. Debían hablar con su superior. Darle las malas noticias. Llevaban varios años trabajando, con un equipo de más de diez mil personas, a marchas forzadas, intentando descubrir por qué el cielo se estaba muriendo. Los síntomas habían empezado siendo sutiles, pero habían ido a más, y la salvación se alejaba cada vez más del alcance de la humanidad. Hacía apenas cien años que la ciencia había establecido una línea directa con Dios y con los ángeles y ahora… ahora ya no servía para nada. El cielo había muerto.

¿Con qué cara anuncias a tu jefe la muerte de un Dios?

No Comments

Cuando ella despierte

Está tumbado en la cama, en ropa interior, con la sábana medio desarropada y la mirada perdida en el techo. Ya ha amanecido, y ella aún duerme usando su pecho como almohada. Siempre se despierta antes que ella -la luz del sol es para él como un despertador-, pero siente su respiración tan tranquila y reposada que no quiere despertarla.

La mira, y puede ver que sus ojos empiezan a moverse inquietos. Está soñando.

Con un extraño suspiro y un sobresalto, se despierta. En un principio parece asustada, agitada, pero sus ojos se posan en los de él, sonríe, vuelve a cerrarlos y se estira en la cama.

-Buenos días.
-Hola corazón. Qué pesadilla más rara…
-¿Sí?
-Sí. No recuerdo exactamente cómo era. Pasaban muchas cosas, todas a la vez. Era muy raro todo.
-Bueno, ya sabes, las pesadillas siempre son raras. Ahora ya estás a salvo, no era más que una pesadilla.

Intenta apartarse de él, como si le sobresaltase algo. Frunce el ceño. Una, dos veces, intentando decir algo, pero limitándose a mover los labios en silencio. Finalmente, le mira con los ojos muy abiertos, y dice:

-No.
-¿No?

Alarga la mano hacia ella, pero no puede llegar a tocarla antes de que empiece a disolverse. Sus facciones han quedado congeladas y ahora parecen derretirse como acuarelas mojadas. Su propia visión se encoge a un punto de luz al final de un túnel, y cada vez le cuesta más mantener los ojos abiertos, como si una mano cruel intentase asfixiarle, estrangularle, hundirle en la oscuridad…

Con una bocanada de aire y un sobresalto, abre los ojos. Las sábanas se encuentran revueltas a su alrededor. Ya ha amanecido, aunque ella sigue reposando sobre su pecho plácidamente. La luz entra por las rendijas de la persiana, lanzando rayos que juegan con los relieves de la cama.

A su lado, ella se agita en sueños. Se despierta súbitamente, mirando a su alrededor, y le sonríe.

-Buenos días. ¿Qué tal has dormido?
-Hola corazón. Estaba teniendo una pesadilla de lo más rara.

¿Rara? Una pesadilla rara…

-Pero… Esto…

Se incorpora en la cama, frunciendo el entrecejo. ¿Qué está pasando? Ella se incorpora también a su lado, y toca su brazo con suavidad, la pregunta de si se encuentra bien implícita en su gesto cariñoso. La mira fijamente a los ojos, asustado.

-No era… ¿más que una pesadilla?

Su corazón se acelera cuando ve la reacción de ella. Sabe qué va a decir. Puede ver cómo su gesto se convulsiona, sin saber cómo reaccionar. Actuando de forma impulsiva, retira las sábanas y se dirige a la puerta. Agarra el pomo, y la oscuridad empieza a acecharle en los límites de su visión.

-No.

Es lo último que llega a oír, antes de que se vuelva a ver de nuevo asaltado por la luz al final del túnel. La propia puerta parece disolverse en un borrón de colores marchitos, y los sonidos se van apagando hasta asfixiarle, hundirle, atraparle en la nada…

Sus ojos se abren, asaltándole la imagen de un techo gris, vacío. La ropa de cama está arrugada y amontonada a su alrededor. Aunque la luz del sol ya ha empezado su asalto contra la ventana cerrada, algunos rayos rebeldes intentan colarse por los escasos huecos. Ella aún sigue durmiendo, con su mejilla apretada contra los pectorales de él.

Con cuidado de no despertarla, pero con urgencia, recoge su ropa y abandona la habitación en silencio. Cuando sale al pasillo del hotel, aún se encuentra a medio vestir, pero no le importa. Lo único que tiene claro es que debe alejarse del lugar. Debe alejarse de esa mujer. Debe estar lejos, muy lejos, cuando ella despierte.

3 Comments