La Última Danza


La lámpara de araña resplandece con cientos de luces sobre el mármol blanco de las paredes de la sala de baile. Sobre el brillante parqué, varias docenas de parejas giran sobre sí mismas y alrededor de un centro inexistente en una coreografía caótica al son del vals. Querubines y retratos clásicos observan con ojos inmóviles el movimiento de la gente sobre el suelo de la sala.

Hay una pareja que sobresale de las demás. No por su estilo al bailar, que es mediocre. Ni por la calidad de sus trajes, que son baratos. De hecho, nadie excepto un observador especialmente inquisitivo podría detectar algo inusual en la pareja. Pero para ellos es tan obvio como si lo estuviesen gritando con toda la fuerza de sus pulmones. Tan obvio que sienten que, si las luces se apagasen súbitamente, brillarían en la oscuridad.

Sus manos se encuentran unidas en un suave abrazo. Sus cuerpos separados ligeramente para permitir los febriles giros que impone el inusual ritmo del vals. Sus pies se mueven en una danza precisa, acompasados con la música. Pero sus ojos, sus ojos llevan casi diez minutos haciendo el amor. Y cada minuto ha sido como un mundo en sí mismo.

La danza llega a su final. La música decae y las parejas se separan, sonriendo. Algunos se dispersan, dirigiéndose a las mesas donde aún quedan restos del bufé. Otros se quedan en la pista de baile para esperar al siguiente vals. La mujer se acerca al oído de su pareja, exhausta y a la vez eufórica, y le susurra suavemente, con una sonrisa pícara en sus rojos labios: “Je veux juste une dernière danse”.

Vals

PD: Dedicado a mi amiga Marta por darme la idea con su nick de msn 🙂

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