Ángel


La imponente figura del ángel encadenado llena el centro de la estancia. Arrodillado, con las manos atadas con alambre de espino a la espalda, varios hilos de sangre caen de su torturada piel al suelo, vertiéndose por las oxidadas rejas de un agujero de drenaje. Sus alas lucen gastadas y desgarradas, decenas de plumas salvajemente arrancadas, esclavizadas mediante gruesas cadenas herrumbrosas a las paredes de piedra. Un sucio paño cubierto de sangre reseca y pus cubre sus ojos ciegos. Se tambalea indeciso, sumido en un obvio dolor. Y, sin embargo, esboza una sonrisa comprensiva y bondadosa cuando cierro la chirriante puerta a mis espaldas.

– Te estaba esperando -sonríe.

Vadeo con aprensión, en silencio, los charcos de agua estancada que hay esparcidos en el suelo de la sala, acercándome al ángel caído. Su voz rasgada resuena en el techo abovedado.

– Ah… ¿dónde están mis modales? -Inclina la cabeza hacia su pecho, y la ladea en un gesto de negación-. Soy Utuur, el Ángel Caído de la Venganza. Vástago de Ashtoreth, la Seductora. Condenado al tormento eterno simplemente por cumplir mi cometido. Y tú, una vez más… eres El Que Busca Respuesta.

Llego cerca del ángel, y le observo con lástima. La criatura me produce un rechazo casi visceral. Repugnante. No confío en él. Pero mi viaje ha sido largo y doloroso, y llegado a este punto no tengo más caminos que recorrer, sólo me queda seguir adelante.

– Ya que pareces conocerme tan bien, sabrás qué es lo que vengo a hacer.

– Por supuesto -sonríe una vez más, lanzando un escalofrío por mi columna vertebral-. A estas alturas lo sé de sobra, amigo. Vienes a hacerme una pregunta, a que disipe tus dudas y solucione tus problemas. Es para lo que vienen todos. Pero aún así… quiero oír la pregunta. Debes preguntar. Y yo… debo responder. Es mi condena.

El ángel parece drogado, sumido en el dolor. Se balancea como en un trance. Y, a pesar de esto, habla con claridad. Yo sacudo la cabeza, mi mirada fija en su torturado pecho.

– No. No, se acabó. Tu condena ya no tiene sentido. No eres más que una reliquia. Un vestigio de tiempos pasados en los que el castigo era la piedra angular de toda justicia. Las cosas han cambiado. Es hora de que se cumpla la verdadera justicia.

Desenvaino mi espada y un silencio incómodo se extiende por la pequeña habitación. El ángel sigue mirando en mi dirección sin verme, esbozando su estúpida sonrisa beatífica. Poco a poco, la sonrisa se tuerce, se abren sus labios resquebrajados y su mueca se torna en un grito mudo de terror. El miedo sacude el torturado cuerpo del ángel, haciendo resonar las cadenas metálicas engarzadas a sus alas. Piensa que voy a matarle. Lucho por dominar las ganas de abofetearle, y cerceno con varias fintas las cadenas que le ataban a su prisión.

El ángel cae al suelo, incrédulo, absorbiendo poco a poco la realidad de su situación. Encogido en el suelo, empieza a sollozar de alivio. Le observo con desprecio yacer como una criatura indefensa.

– Aunque… sí tengo una pregunta. Ya no estás obligado a responderla, por supuesto. Dime, Ángel de la Venganza: ¿Mereció la pena? ¿Mereció la pena tu venganza? ¿Justificó el tormento de tu caída?

Sigue llorando en el suelo. Ni siquiera sé si habrá oído mi pregunta. Me da igual. Doy media vuelta y abandono la estancia, dejando la puerta abierta.

PD: Este también dedicado a mi musa, para que sonría, viaje, sueñe, y tenga el corazón contento 🙂

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