El Café sin Nombre


La conocí en el Café sin Nombre. Era una fría noche de comienzos de primavera, de esas en las que el calor venidero aún no ha vencido a los últimos vientos del invierno. El aire olía a polen, al humo de los tubos de escape y a esperanza. Era una noche cualquiera.

El mundo aún era joven. Nos preocupábamos por la factura del alquiler, recordar los cumpleaños de los amigos y llegar a fin de mes. Esa noche había quedado con un socio mío para discutir unos asuntos económicos. Como de costumbre, llegaba tarde. Colgué la gabardina de una percha, elegí una mesa apartada y pedí un whisky sólo. El café estaba bastante vacío. Fue entonces cuando reparé en ella. Hablaba en la barra con el camarero. Su elegante pamela negra ocultaba sensualmente su rostro, y su traje de noche realzaba su espléndida figura. Yo la observaba obnubilado sobre la luz parpadeante de las velas del café. El camarero limpiaba un vaso una y otra vez, sin mirarla a ella, respondiendo a su conversación con monosílabos entrecortados.

Cuando se acercó para tomarme la cuenta, le pregunté disimuladamente quién era ella. Me miró sorprendido, con los ojos abiertos como platos.

– ¿Usted… usted también puede verla? Gracias a dios, gracias a dios… -me susurró, visiblemente alterado. -Estaba seguro de que me había vuelto loco…

Intenté tranquilizarle, evitar que montase un espectáculo, sin saber muy bien de qué iba todo esto. La miré a ella, y vi que nos observaba disimuladamente por debajo de la pamela, sonriendo.

– Lleva viniendo una semana… siempre pide lo mismo. Se queda en la barra y me da conversación. Intento ignorarla, pero no parece importarle… ¡Y nadie más ve que está allí! ¡Nadie!

La situación me superaba, era demasiado rara. Le di la razón como a los locos, pagué mi whisky inacabado, dejando propina de sobra, y me largué del café. El camarero me miraba con desesperación en los ojos, pero no podía retenerme allí. Me giré en el último momento y vi a la mujer mirándome fíjamente, aún sonriendo. Me guiñó el ojo. Di media vuelta y no volví a mirar atrás.

Supe la semana siguiente que el café había cerrado por unos días. El camarero se ahorcó en el baño. Y de la mujer… de la mujer nadie sabía nada. Nadie la había visto jamás…

PD: El Café sin Nombre es un café muy guapo que podéis encontrar aquí

  1. #1 by Brujita - March 18th, 2009 at 16:16

    intrigante y precioso relato

    besines embrujados

  1. No trackbacks yet.

Comments are closed.