El Artista sin Alma


El artista sin alma vierte su pintura inerte sobre un lienzo sin color. Su espátula vieja se mueve con soltura, zigzagueando en el aire como el florete de un tirador experto. El único sonido en el desordenado estudio es el de su respiración concentrada. Mientras pinta, su mente se pierde en divagaciones. Recuerda cuando las cosas eran distintas, cuando sentía algo dentro de sí mismo al pintar. A veces lo duda, teme que los recuerdos no sean más que un sueño, una fantasía.

Recuerda cuando era joven, y las cosas tenían una magia especial. Antes era capaz de ver colores distintos en la pintura. Ahora… ahora mira su cuadro y ya no ve los colores. Sólo ve pintura. Pigmentos de diferentes orígenes que se mezclan sobre el lienzo y dan lugar a formas y movimientos. Podría recitar casi de memoria los componentes de cada uno de los colores: trazas de cobalto para la pintura azul, óxido de hierro en el rojo, cadmio en el amarillo… Pero todo ello le deja por completo vacío. Donde ahora ve productos químicos mezclándose sobre una superficie de tela, antaño era capaz de ver sentimientos, de imaginar sueños, de saborear esperanzas.

Sigue trazando los contornos de su cuadro. No tiene claro qué es lo que está pintando. ¿Acaso importa? Hace ya muchos años que no. Será un paisaje genérico, o un retrato vacuo, sin esencia, sin sentimiento, sin alma. Le colocará una etiqueta al lado, pidiendo una cantidad astronómica por él. Y habrá alguien que lo comprará. Sólo por ser suyo, por llevar su nombre en una esquina. Al que lo compre le dará igual que sea bueno o malo, sólo querrá presumir ante sus visitas del carísimo cuadro que cuelga encima de su chimenea. Hace ya mucho que sus cuadros no llevan nada de él mismo.

Recuerda el primer cuadro que pintó. Aún cuelga solitario encima del sillón de su sala de estar. Nadie se lo habría comprado entonces. Y probablemente ahora valga millones, aunque no se desharía de él por nada del mundo.

Aprieta sus manos con furia, hasta que los nudillos se le ponen de color blanco. ¿Qué sentido tiene esto? Sigue pintando sin ilusión, vendiendo cuadros sin talento para un público corrupto, por un dinero que no necesita. En un arrebato de frustración, tira al suelo el lienzo. El sonido de la tela desgarrándose retumba en el viejo estudio. ¡Al infierno con ellos!

Descolgando con cuidado su primer cuadro, el artista sin alma se dispone, de una vez por todas, a recuperar aquéllo que ha perdido.

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