Mascarada


Las figuras, oscuras y misteriosas, revolotean a mi alrededor. Riendo, bailando, en parejas, en grupos. Una atractiva y curvilínea figura femenina engalanada de rojo y una barroca máscara con plumas de pavo real de casi un metro de longitud se aferra seductoramente al cuello de un trajeado hombre-águila. A su izquierda, tras la rechoncha complexión de un hombre mayor sonríe una media luna a un grupo de variados animales salvajes. Me abro paso a través de todos ellos, parte de la multitud, pero a la vez tan fuera de ella. El luchador mexicano, la bruja, el hombre de la máscara de porcelana, todos ellos pueden quitarse la máscara y ser ellos mismos. Pero para mí la normalidad está vetada. Tras mi máscara acecha una máscara nueva. Otras sonrisas falsas, otras historias vácuas. La máscara más potente es la que se apoya directamente sobre el hueso.

Cansado y deprimido por el hilo que siguen mis pensamientos, sigo recorriendo el extenso salón, rechazando las copas de carísimo champán que me ofrecen los elegantes camareros. Veo la máscara de estrella, la de bufón veneciano, la de satírico diablillo que sonríe burlonamente. Y tras ellos veo a gente común, gente que jamás entenderá el peso de mis múltiples máscaras.

Entre el dragón y el Fantasma de la Ópera, con una copa en la mano y observando curiosa a la multitud, la veo a ella. Una figura perfecta, moldeada por el destino. Su pelo moreno cae rizado por debajo de sus hombros, acariciando su piel morena. Su sonrisa, a la vez juguetona e inteligente, parece desafiar a la dureza del universo. Y cubiertos por una recargada máscara, un torbellino de plumas, ribetes y joyas, dos ojos castaños de inusitada belleza se clavan en los míos. De alguna manera entiendo que esta mujer comparte mis múltiples máscaras. Atrevido, me acerco a ella y le sonrío. Devolviéndome la sonrisa, ella se aferra delicadamente a mi brazo y nos disolvemos entre la multitud.

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