Sobredosis


Pugnando por moverme entre la multitud, tambaleándome, subo las escaleras del metro y salgo a la Puerta del Sol. La plaza parece un hormiguero. Las calles vierten interminables ríadas de gente que se agolpa, se arremolina y se desgaja en grupos confundidos e inquietos. Como una colonia de irritables insectos destructores que huelen a una presa indefensa. El suelo se mueve y ondula bajo mis pies. Pero no estoy tan mal, no estoy tan mal, he estado peor.

Titubeo desorientado y sobrecargado por tantas sensaciones, olores, voces de mil timbres y mil conversaciones distintas flotando por la multitud… Algunas miradas se cruzan con la mía. ¿Qué pensarán? Otros ignoran mi mirada huidiza y nebulosa. Intento correr y huir, pero las mareas de gente interrumpen mi desesperado gesto. Tropiezo, creo caer… Un hombre detiene mi caída y protesta malhumorado. Apenas puedo ver su cara entre la niebla de color sangre que cubre mis ojos. Aparto a una señora mayor. Más protestas. Las voces no se callan. Dentro de mi cabeza.

Cruzo. Un coche. Cerca ya, cerca. Caigo. ¿O he sido golpeado? Tengo sangre en las manos. No puedo ponerme en pie. Dolor. ¡Dolor! Círculo de cabezas mirando hacia mí. Grito y no se oye nada. Me ahogo en mi sangre. La oscuridad llega. Duerme, duerme… Sólo duerme.

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