Génesis 1:3


La situación era ya insostenible. Llevaba un tiempo incalculable preparando todo para que fuese perfecto, pero una vez tras otra tenía que volver a ver cómo todo se desmoronaba de manera irreversible. Al principio no entendía cómo podía estar sucediendo esto, pero poco a poco llegó a la conclusión de que, una vez más, el Destino estaba en su contra…

¿No había sido así siempre? Cada vez que él intentaba hacer algo, el Destino se encontraba acechando detrás de cada minúscula grieta que pudiese haber en sus planes, empeñado en deshacer y destruir todos sus esfuerzos. Lo que debía haber estado planificado y ordenado acababa hundido en el caos gracias a las maquinaciones del Destino. No cabía duda alguna, el Destino era una entidad sumamente inteligente, provista de una obvia malicia -que no maldad-, y fanáticamente empeñado en ser él el que dirigiera el rumbo de toda situación… El Destino era su enemigo.

Pensó largo y tendido, buscando una forma de evitar este problema. ¿Cómo evitar que el Destino se hiciese con el control de todo lo que él planteaba? Sin duda sus simulaciones y modelos estaban sometidos a su influencia… No bastaría. Llegó a la conclusión de que la única manera de librarse de él sería deshacer toda la realidad, empezar desde cero, rehacer el Universo a su imagen y semejanza. Crear un Universo nuevo en el que existiese otra entidad que pudiese luchar contra el Destino.

Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo.

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