Arde la Ciudad


La ciudad está ardiendo de nuevo. Las temibles llamaradas se elevan sobre los ennegrecidos restos de los rascacielos, arrojando a la atmósfera lúgubres nubes de ceniza que se pierden en el horizonte. Una repentina bola de fuego estalla en uno de los edificios más bajos, esparciendo torturados fragmentos de piedra, metal y vidrio sobre las construcciones cercanas. Ya quedan pocas ruinas por ser consumidas, pero parece que las llamas seguirán pugnando por destruir hasta la última piedra que se levante sobre la llanura. El resplandor anaranjado de las llamas proyecta sombras que bailan de manera provocativa sobre el suelo, difractadas por los afilados fragmentos de plexiglás que quedan en la ventana.

Las ruedas del monorrail arrancan un quejumbroso chirrido del oxidado raíl. Con una sacudida, los ajados vagones se inclinan con una pendiente para la que jamás fueron diseñados. Cogiendo velocidad, el monorrail se abalanza hacia el nauseabundo túnel que penetra bajo las montañas.

Arte por Elena Coll, mi pintora
impresionista favorita 🙂

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