Llama


La llama devora y consume la mecha, fundiendo quedamente la cera en pequeños charcos temblorosos. Casi puedes oír los jadeos entrecortados del oxígeno al ser seductoramente utilizado para alimentar el fuego. La llama arde con pasión, rápidamente. Pero la mecha no es eterna. Poco a poco va ennegreciéndose, tornándose más débil y quebradiza. En unas horas, un fragmento carbonizado de la mecha cae en el charco de cera. La pequeña llama se vuelve insegura, dudosa. Ya no tiene más espacio para arder. En un último suspiro, se deshace y libera un hilo de humo gris que serpentea hacia el cielo. La voluta y las cenizas son el único recuerdo de algo que ardió con tanta fuerza e ilusión.

Y lloras. Y en el pecho se te clavan mil agujas. Y todas las palabras te saben a humo. Y querrías haber alargado la mecha, haberla acunado con tus manos para guardar la llama durante más tiempo. Pero sabes que el fuego que arde con pasión es un fuego condenado a apagarse, por glorioso que sea el tiempo que dura encendido. Y, mirando la mecha partida, deseas que al menos nadie pueda jamás arrebatarte el recuerdo de las cenizas.

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