Nada más que un nombre


El Analista camina por el callejón desierto y oscuro. Es la primera vez en varios meses que abandona su centro de operaciones para caminar bajo el cielo descubierto, o al menos lo poco que queda de él, ahogado entre las espiras, rascacielos y hábitats de la arcología nipona. No hay nadie en las calles desde hace años. El aire está viciado y contaminado -es incluso tóxico en algunos de los rincones más recónditos de la arcología- y la temperatura es prácticamente insoportable durante la mayor parte del día. Sólo los escuadrones de mantenimiento y aquéllos que tienen algo que ocultar utilizan las calles en estos días. Para el resto de la gente, el cómodo y tiránico ambiente del interior de la arcología es más que suficiente.

Por supuesto, él tiene algo que ocultar.

El cliente insistió en encontrarse en este callejón. No es algo inusual, muchos lo hacen. Pero lo que le tiene inquieto es la tardanza. Cinco minutos de retraso pueden llegar a ser peligrosos en estos callejones sin ley. Anda en círculos, oliéndose una trampa. Tampoco sería inusual.

Sus sospechas resultan confirmadas cuando un proyectil Flechette, cargado presumiblemente de paralizante, atraviesa su cuerpo sin resistencia y choca contra la pared de ladrillo gastado que hay a su espalda. Con una sonrisa, observa cómo sus atacantes bloquean ambas entradas al callejón y adoptan posiciones de asalto, apuntándole con sus rifles y pistolas. Tardan unos segundos en darse cuenta de que algo falla, de que su presa no ha sido paralizada. La imagen del Analista oscila y parpadea y, finalmente, desaparece.

En su centro de operaciones, escondido entre los laberínticos túneles de servicio de la arcología, el Analista desactiva su display retinal y ordena a su equipo que lance una señal de señuelo para que nadie pueda identificar el origen de sus comunicaciones. Aunque sabe que es innecesario -la cámara holográfica del callejón estaba controlada a través de varios proxies distintos-, nunca está de más tener precauciones extra.

Suspirando, se levanta de su equipo para prepararse un café. Aunque no es la primera vez que intentan tenderle una trampa, los efectivos desplegados en esta última han sido mayores que de costumbre. El truco de la cámara holográfica no funcionará una segunda vez. Y, en esta ocasión, no se trataba de matones a sueldo, ni de mafiosos. No, tiene claro que esta vez era la policía militar de la arcología la que estaba tras su rastro.

No le sorprende, al fin y al cabo, es un criminal.

Entra en el cuarto de baño. Pequeño, forzado por la construcción irregular de la guarida. Al fin y al cabo, no es más que un hueco aislado y fuera de los mapas, encaramado entre las gigantescas tuberías que transportan los subproductos de reciclaje y energía de la metrópolis. Mira sus ojeras y su pelo sin cuidar en el espejo del baño. Sabe que necesita recuperar varias horas de sueño. Sabe que la policía no se detendrá hasta que le encuentre. Su voz, temblorosa, le sorprende a él mismo.

-Mi nombre… es Kuroda. Tengo… un nombre.

Y ése es su crimen.

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