Dulce Locura


He oído cómo lo llamaban locura, cómo reían mis extravagancias a mis espaldas. Sé que siguen criticando mi rareza, pensando que no puedo oirles, pero me da igual. Ellos nunca podrán entender esto. Al notar la primera gota caer del cielo, todos han huido dentro de la casa, dejando desierto el jardín. Como si cayese ácido de las nubes. Como si algo les amenazase desde las alturas. Sentado en una silla de plástico en medio del césped, no podría estar más en desacuerdo con ellos. Cada gota que golpea mi cara es como un martillo, como un mazo percutiendo salvajemente contra un gong invisible. Noto cómo resbalan por mis párpados cerrados, como siguen dóciles la curva de mis mejillas, cómo corretean por mis labios sonrientes, cómo vacilan indecisas en la punta de mi barbilla, cayendo finalmente en un último viaje antes de llegar al suelo. Disfruto de la experiencia, disfruto de mi extravagancia. En mi mente, cada gota de lluvia se lleva con ella un problema más, una pesadilla, un mal recuerdo. Poco a poco, cayendo sobre mi cara en la noche, van limpiándome por dentro, llevándose todo lo que me sobra.

Río en la oscuridad, empapándome bajo la lluvia. Locura, dulce locura.

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