La canción de los condenados


-Me aburro.

Sus propias palabras le sorprenden. Se mueve inquieto en su trono de obsidiana, y las calaveras de varias almas condenadas bajan rodando por la empinada escalinata. Es una sensación extraña, que no comprende. En tantos millones de años desde la Caída, jamás había sentido algo parecido al aburrimiento.

Al pie del trono, Azazel y Beelzebub le observan con miedo, reverencia, y… algo nuevo. Una mueca de duda casi indetectable en sus colmillos ennegrecidos. Cualquier otro día, tal insolencia significaría un viaje seguro a los pozos de torturas, pero hoy no…

Aburrimiento. La propia palabra tiene un sabor extraño en sus labios. Los milenios han sido prolíferos, llenos de almas a las que torturar, mortales a los que pervertir y planes divinos que frustrar y desbaratar. No ha habido tiempo para aburrirse. Todo lo contrario, en todo caso. Pero, los últimos años…

-¿Por qué me miráis así? -brama el Príncipe del Mundo.- Venid, seguidme, os enseñaré a qué me refiero. De poco me sirven dos lugartenientes inútiles que no se molesten siquiera en entenderme.

Se levanta de su trono, forjado con el sufrimiento y la desesperación de millones de almas, y la oscuridad se arropa en su figura. Baja los peldaños y entra en una estancia lateral de la sala del trono. Algunos verían en él a un ángel de una hermosura irresistible, otros a la peor de sus pesadillas. Sus lugartenientes ven su forma verdadera, aquélla que ningún mortal puede atisbar sin perder la cordura. Se miran el uno al otro, se encogen de hombros y le siguen.

Cuando entran en la estancia, la bola de cristal oscuro que hay en su centro está mostrando ya algo.

-¿Qué veis? -pregunta con voz cansada el Señor de la Llama Eterna.

Miran a la bola de cristal mágico. Es una imagen en tiempo real de la Tierra. Un niño soldado de unos 8 años empuña un fusil de aspecto primitivo y acribilla sin miramientos a varios civiles. En su mirada no hay ni siquiera odio, sólo indiferencia. A su alrededor, un pueblo de casas de adobe y paja arde entre los gritos de sus moribundos habitantes.

Los dos demonios sonríen y exclaman algunas expresiones de júbilo, pero se sorprenden al ver que su Amo y Señor no les acompaña en la alegría. Tiene los labios apretados, y el ceño fruncido.

-Veo que no lo habéis entendido. Dejadme que os muestre algo más.

La vista de la esfera vidente cambia. Es una calle oscura, un callejón inmundo escondido dentro de una ciudad sofisticada y moderna. Una chica de unos veintitantos años, vestida con ropa ajustada y escasa, con el rimmel corrido y la mirada vidriosa, vende su cuerpo demacrado para poder permitirse otra dosis de heroína. A sus espaldas, su chulo -y camello habitual- se pregunta cuánto más aguantará, y si al final de esta noche tendrá fuerzas suficientes para hacerlo también con él.

La imagen vuelve a cambiar. Dos hombres de aspecto desgarbado conducen un camión destartalado. Su equipaje: unos pocos cientos de DVDs que contienen material de pornografía infantil, parte de una red que mueve miles de euros cada año, y destruye la inocencia, la infancia y las almas de varias decenas de niños inocentes. Cruzan la frontera entre dos países europeos. El guardia de la frontera les detiene, pero varios billetes de 500 € cruzan de manos -no habrían arriesgado cruzar la frontera si el guardia no estuviese en el ajo-.

Azazel y Beelzebub se miran confundidos. Aunque llevan años junto a su Maestro, aún están muy lejos de su supremo intelecto. Sólo Azazel se atreve a hablar, tartamudeando de miedo.

-Pe… pero Señor. E… esto que nos muestra… ¡es perfecto! Nuestros planes han funcionado. ¡Los hombres son cada vez más malvados, más sanguinarios! ¡Sus almas son nuestras!

El Rey del Abismo brama con furia y tira la bola de cristal al suelo, donde se quiebra y estalla en mil pedazos. Coge del cuello con su musculoso brazo a Azazel y le golpea contra la pared, manteniéndole allí.

-¡Estúpidos! Sólo os habéis quedado con la imagen. ¡No habéis sido capaces de ver lo que hay detrás! Sí, los seres humanos son cada vez peores. ¿Y qué? ¿Recordáis las Cruzadas? ¿Recordáis la Inquisición? ¿Recordáis lo que nos costó tentar a esas mentes frágiles? AQUÉLLO fueron logros. Pero decidme, ¿quién de nosotros ha hecho nada por conseguir lo que veis ahora?

Suelta a Azazel, que cae como un saco, perdido el aliento, al suelo, y sale de la estancia, dándoles a los dos demonios la espalda.

-Nadie. Lo han hecho ellos. Ellos solos. Ya no nos necesitan. Somos funcionarios, burócratas glorificados, sin nada más que hacer. Nos han dejado… obsoletos…

Vuelve a su trono. A sentarse y a mirar al infinito. Frustrado en su idea de que, en esencia, ya no es el mejor en lo que hace.

  1. #1 by Yandros - August 17th, 2009 at 07:48

    Sencillamente espectacular, este relato ha sido de lo mejor que he leído, la parte descriptiva te mete rçapidamente en un escenario infernal y el diálogo es sublime.
    Lo siento, me gustaría poner pegas pero hoy no toca
    Un saludo

  2. #2 by Sarg - August 19th, 2009 at 08:33

    Gracias!!!

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