Curva pronunciada


Lázaro Sherman es de esas personas que besa a la muerte en la boca con los ojos bien abiertos.

Conduce el Audi R8, con un cigarrillo en la mano izquierda, soltando las cenizas por la ventanilla abierta. El coche va a más de 100 Kilómetros por hora en el estrecho camino de montaña, pero a Lázaro no le importa. El riesgo fue robar el coche y hacerlo arrancar en medio de las calles de Zürich. Comparado con eso, cualquier otra temeridad resulta nimia.

Por otra parte, la policía no es lo más peligroso que le estará pisando los talones ahora mismo.

Los neumáticos del deportivo chirrían y derrapan en una curva cerrada, tomada a más velocidad de la que debería haber sido tomada. Tira el cigarrillo a la carretera y agarra el volante con ambas manos para no perder el control del coche.

Un coche estupendo, todo hay que decirlo. Lázaro siempre había pensado que un deportivo con la suspensión tan baja sería ideal para quemar neumáticos en en puerto de montaña, pero nunca había tenido la ocasión de comprobarlo.

Su teléfono móvil suena y lo descuelga inmediatamente. Esperaba esta llamada.

-Sí -una pausa-. Una cabaña. ¿Y el coche? Ok.

Tira el teléfono en el asiento del copiloto. Debía haberlo supuesto. El precioso deportivo acabará en el fondo de un lago, la manera más segura de que se pierda de vista. Y él tendrá que pasar varios días escondido en una cabaña infecta, hasta que su pista se enfríe.

A veces Lázaro desearía que el trabajo de espionaje fuese más parecido al de James Bond.

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