Cuatro Lunas


Cuando el tiempo amanecía, me encontré con la Luna Llena. La más pura imagen de la dulzura y la inocencia, ella me dio plenitud y madurez. Como una tierna amante, me hizo conocerme a mi mismo, descubrir mis propias emociones, abrió mi alma y me la mostró por dentro. Dio estabilidad al caos de mis pensamientos, me dio un futuro en el presente, planes, esperanzas. Me enseñó que en esta vida hay que luchar por las cosas, empeñarte al máximo en tus sueños y nunca, jamás, mirar atrás cuando se toman decisiones. Nuestras almas se enlazaron, y cuando ella cayó, yo caí con ella.

La Luna Creciente surgió en el momento más inesperado, me rescató con su sonrisa triste y sus carcajadas alegres. Sin proponérselo, me hizo renacer, me enseñó a levantar de nuevo mi alma en vuelo. A pesar de que yo sólo la veía desde la lejanía, su luz era suficiente como para calentar de nuevo mi ilusión, y su néctar tan dulce como para ansiar volverla a ver. Pero Luna Creciente no estaba ella misma exenta de anhelos, y del dolor de la pérdida y de aquéllo que, aunque deseado, se sabe más allá del alcance. Nuestros caminos se separaron, y la calidez de sus labios aún languidece en mis sentimientos.

Luna Menguante miraba mientras tanto con una sonrisa despreocupada en sus labios. Ella me había aportado el recuperar la sabiduría, largo tiempo perdida, de la juventud. El vivir al límite, el disfrutar cada día como si fuese el último, el sentirse vivo de nuevo, el poder reir como un demente al mirar al cielo mientras las gotas de lluvia heladas caen sobre tus ojos. Dejó para siempre una marca en mí. Pestañeando sorprendida, traviesa y juguetona, la Luna Menguante alzó el vuelo como un enigma, una sempiterna incógnita, imprevisible como el viento.

Luna Nueva ni siquiera sabía que lo era. Como es su naturaleza, surgió de forma totalmente inesperada. Sonreía siempre, con una de esas sonrisas que pueden acercar a dos mundos tan separados que ni siquiera se comunican en el mismo idioma. Su sonrisa auguraba una nueva etapa, un nuevo comienzo. La desaparición de los antiguos prejuicios y la inauguración de una nueva vida. Ella sabía que no duraría más que un suspiro, pero que, mientras durase, sería el suspiro más hermoso vivido en esa ciudad. Y se despidió, cómo no, sonriendo.

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