Por un Puñado de Fama


De la noche a la mañana, los colores ya no existían. Los sonidos habían perdido su eco. Los sabores eran todos amargos. Cada día podía observar cómo sus sentidos se marchitaban y se pudrían hasta quedar reducidos a polvo, a cenizas. Ni siquiera era consciente de cuándo su arte había perdido toda su substancia, su alma, para convertirse en una cáscara arrugada, atrapada en el angosto resquicio que siempre queda entre la pasión enfriada y los sueños que no llegan a cuajar.

O tal vez fuese sólo el producto de su última borrachera. Una resaca mal curada, de esas que aparte de dar dolor de cabeza hacen que te replantees toda tu vida y el porqué de tu situación actual.

Por otra parte, si no se sintiese tan mal no habría bebido tanto. Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola.

Su lujoso apartamento parece un campo de batalla. Los restos de la fiesta de la noche anterior cubren con su alfombra de lujuria desencadenada cada superficie horizontal. Las sábanas desordenadas y húmedas le indican una noche de desenfreno, aunque entre las punzadas que le ha dejado el alcohol no logra recordar con quién -o quiénes- se libró la batalla campal en la cama. No… él no había participado. ¿O sí? Sólo que no directamente. Había intentado pintarles, retratar la pasión ondulante y temblorosa de dos cuerpos unidos.

Los restos del cuadro yacían a la derecha de la cama. Lo había hecho trizas. Una llaga sangrante de su vergüenza, otro fracaso más para un artista que se estaba quedando sin ideas.

El teléfono sonó penetrante y, aunque tenía ganas de lanzarlo por la ventana para que dejase de taladrar su cabeza, decidió cogerlo.

-¿Robert? Espero no haberte despertado -Isaiah, su representante, confidente, amigo, y en ocasiones amante. Sólo pudo responderle con un gruñido.
-¡Robert! ¡Escucha! No te llamaría a estas horas, pero… me ha surgido algo que sencillamente no podemos dejarlo pasar. ¡Es una nueva idea, algo fantástico!
-Cuéntame Isa… Dios, me lo vas a contar igual. Pero no grites. Espera.

Se levantó del suelo donde había caído rendido la noche anterior. La carísima moqueta olía a vómito y a decadencia, y su ropa se había impregnado del olor. Se quitó con la mano izquierda la camisa y los pantalones y se tendió en el sofá en su ropa interior.

-Dime.
-Mira, es una idea nueva, ¡lo último! Tú siempre experimentas con pasiones, con emociones, intentando plasmarlas en tus obras.
-Sí, es lo único que sé hacer.
-Pero mira, tú lo sabes, estás cansado de retratar siempre lo mismo, y tu última exposición era basura comparado con lo que sabes hacer -No pagaba a Isaiah para ser insincero-. La gente se cansa de lo mismo, busca emociones nuevas, busca morbo.
-Ve al grano, anda. Me duele la cabeza…
-Escucha. Hay quien propone ofrecer al público algo nuevo, rompedor, que no se ha hecho nunca antes. Lo devorarán como pirañas, te lo aseguro. No hay nada que coman con más ansia que el escándalo.
-¿De qué demonios estás hablando?
-La muerte, Robert, ¡la muerte! Igual que retratas a parejas teniendo sexo, a chicos corriendo en el parque o a niños jugando, ¿por qué no retratar a gente muriendo? La muerte tiene tanto poder, tanta fuerza…

Robert nunca habría pensado en ello. Tal vez está demasiado apegado a sus costumbres, a una moral obsoleta. Isaiah es bien consciente de que Robert sólo trabaja con modelos al natural, y que no soporta las emociones fingidas.

-Y no sería todo ello… bueno, ya sabes, ¿ilegal?
-Ay Robert, ¡esto ya no es el siglo XXI! ¿Quién lo iba a prohibir? ¿El Gobierno? Tú y yo sabemos que ya no tienen autoridad alguna. Y las Empresas no dicen ni pío si hay contrato.
Se levanta del sofá, cada vez más interesado por lo que dice su amigo.
-¿Hay contratos?
-Sí, los he rellenado ya, sólo falta que los firmes. 3000 y pico candidatos. Una pequeña fortuna, pero entre tu fortuna y los inversores que tengo apalabrados si te lanzas en este proyecto… No habrá problema en pagar a toda esa gente.

Robert deambula por el apartamento. Su mente viaja en ensueños y elucubraciones sobre el nuevo proyecto. La resaca ya no es más que un recuerdo, y siente que su inspiración ha vuelto. Su etérea musa se le aparece y le hace imaginar mil maneras de retratar a la muerte. El más bello de sus proyectos. Mil llamas apagadas inmortalizadas en un sutil instante de sublime tortura. Mil vidas llegando a su fin, de mil formas diferentes, todas ellas agónicas, exquisitas. La gente le amará, le idolatrará. Él será el avatar de una nueva corriente artística. Cuando responde a Isaiah, es con una feroz sonrisa de depredador. El artista ha renacido.

-Cuenta conmigo.

Un texto para El Cuentacuentos

  1. #1 by Sechat - November 9th, 2009 at 12:21

    Me has dejado traspuesta y con un mal cuerpo increíble. A medida que avanzaba la historia iba imaginando que pasaría algo así, pero es tan cruel que la muerte se convierta en un negocio incluso para los artistas…

  2. #2 by Sara - November 9th, 2009 at 22:03

    Tiene una pizca de realidad futura que asusta… Perfecto, como siempre.

    Pd. Tengo que felicitarte por tu nuevo proyecto. Me ha gustado muchísimo. Madrid, Madrid, Madrid… 😉

  3. #3 by Carlos - November 10th, 2009 at 00:21

    Me imagino a la misma muerte corriendo a esconderse de las garras mercantilistas.
    Escalofriante relato, en este caso no por la muerte sino que ella es la victima del arte en su versión depredadora.
    El diálogo entre la resaca del artista y el cazador de fama es buenísimo.

    Un abrazo

  4. #4 by Yandros - November 10th, 2009 at 06:40

    Joder que macabro Sarg jajaja
    Pero como siempre, genial en la creación de tu relato.
    Esperemos que tu, como artista, te conformes con plasmar las palabras (glub)
    Un abrazo

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