El sueño de una noche de primavera


-Yo siempre seré tu niña.

Está tan elegante como la recuerda. Alta, con esas piernas largas y estilizadas que le volvían tan loco de joven. Algo más vieja, por supuesto, pero muy bien conservada. Sólo unas finas arrugas bajo los ojos delatan su edad, y su pelo moreno sigue brillando como lo hacía antes. Si acaso, con la edad ha ganado en elegancia. Viste un traje de noche rojo, unos zapatos negros de tacón y unos guantes de rejilla largos.

-Creo… que es un poco tarde ya para eso.

No se puede decir lo mismo de él. Su pelo y su barba -aunque cuidados- están casi completamente grises ya, y la bata azul que viste es la antítesis del buen gusto. Está sentado en un sofá más viejo aún que él, bajo las cortinas de la habitación. Saca del bolsillo de la bata una pipa de madera, y la enciende. Recae en su falta de consideración y le ofrece un cigarrillo y fuego, que ella acepta acercándose al sofá. Vuelve a dirigirse a ella para romper el incómodo silencio.

-Y dime, ¿qué tal te va?
-Bueno, ya sabes, bien. Todo lo bien que puede irme.
-¿Sigues con ese…? Uhmm… Como se llame… Tenía nombre de ángel.

Ella sonríe, consciente de su terrible memoria. Sabe que no pretendía ningún insulto, y entre ellos ya murieron hace muchos años las formas de educación para con el otro. Meras formalidades sin sentido cuando cada uno tiene claro lo que el otro quiere decir, y cómo.

-Sí. Tenemos dos hijos, pequeños.
-¿Y eres feliz?

Su sonrisa se evapora. Siempre ha sabido leerla como a un libro infantil. Niega lentamente con la cabeza. No, no es feliz. Atrás quedaron las ilusiones de la juventud, cuando los dos creían que podían cambiar el mundo. El conformismo y la rutina tiraron por tierra al espíritu aventurero, y una vez estaba en el suelo, el miedo acabó por darle la estocada final. El amor inocente que había conocido es ya un extraño en su vida, desplazado por algo más calculado, más frío, más lógico. Algo que, a fin de cuentas, ha dejado de ser amor para convertirse en un intercambio comercial.

Su marido es una buena persona. Pero eso era todo lo que puede decir de él; un buen tipo, pero alguien de quien nunca estaría enamorada, al menos no como antes. Es abogado, un hombre de buena familia, y buen padre para sus hijos.

Y sin embargo nada que hiciese podría compararse con los momentos que pasó junto a este artista desgarbado, con ese aspecto de bohemio trasnochado y su forma de vestir tan alejada de la moda y las corrientes de la sociedad. Ha vuelto a amar, sí, pero nunca con tanta intensidad.

No ha hecho falta que le transmita esto, él ya lo sabe, lo ha leído en sus ojos, en la mueca de su boca, en el lenguaje de su cuerpo. Se levanta, la abraza, le ofrece su hombro para llorar en silencio por todas las horas perdidas.

Se besan en esa habitación desordenada. Una pareja dispar a la que la vida ha intentado separar con los años. Y con ese beso les parece que esos años, en realidad, jamás han pasado.

  1. #1 by Paula - December 17th, 2009 at 18:14

    Precioso. Me ha encantado 🙂

  2. #2 by Myryham - December 18th, 2009 at 00:50

    Un poco triste y sin embargo la vida real de much@s.

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