Guante Negro


Si había algo que Jimmy tenía totalmente claro, era que sólo le quedaba una bala en la recámara.

En un mundo de subfusiles Thompson y Berettas semiautomáticas, uno podía sentir una especial fascinación y sensación de poder empuñando un arma como la que empuñaba Jimmy. El revólver, un Colt Peacekeeper heredado de su abuelo, era más una antigualla que un arma, pero la había mantenido siempre en perfectas condiciones, y su tambor de seis balas era tan mortal como cualquier ráfaga de disparos de un subfusil. Su cañón de metal brillante estaba decorado con filigranas, y su abuelo había hecho que le grabasen unas palabras entre ellas: “Ultima ratio”. El último recurso.

Por supuesto, él no había entrado en el club con el revólver desenfundado. No, eso habría sido suicida, y estúpido. Entró de forma disimulada, disfrazado de camarero, como el soplón le había informado que le sería posible entrar. Al fin y al cabo, el club era un local selecto, con sus sillas de ante, sus cortinas de seda y su escenario de madera de roble. En el escenario cantaba jazz una mujer de largo traje de noche negro y los labios más rojos que Jimmy había visto en su vida.

La mesa que buscaba se encontraba cerca del escenario. Una mesa semi-circular, en primera línea pero con suficiente privacidad como para que sus ocupantes pudiesen ocuparse de sus asuntos. Se acercó a la mesa con una bandeja tapada. Supuestamente llena de bebidas, pero en realidad portando el revólver, por supuesto. Estaban todos en la mesa. Dos matones a los que no conocía, Francesco “Lucky” Hardy, Salvatore Acosta y Sid Patton. Vitorio, el capo, no estaba por ninguna parte. Pero no se puede tentar a la suerte y, si el soplón estaba en lo cierto, sólo tendría esta oportunidad, y debía aprovecharla. Cualquier riesgo era poco para vengar a su familia.

Rápidamente, antes de que los dos matones pudieran reaccionar, tiró hacia los mafiosos la tapa de la bandeja. Cogiendo el revólver con presteza -meses de práctica tenían que dar algún resultado- acertó con cinco balas a los dos matones y a los tres mafiosos. Una bala de un Peacemaker a quemarropa no era ninguna broma. Tenía claro que no volverían a levantarse. La gente empieza a gritar, a intentar huir del club. La hermosa cantante se agarra al micrófono y grita, paralizada ante la visión de tanta violencia sin sentido.

Sólo quedaba una bala en la recámara, la destinada a Vitorio.

Sin perder un instante, corrió hacia la puerta del servicio. El resto de los hombres de Vitorio no tardarían en entrar al club y empezar a disparar. debía encontrar al capo y terminar su trabajo.

La puerta de servicio se abrió con un empujón y Jimmy la atravesó como una ráfaga de viento.

Unos brazos fuertes e inmisericordes le atraparon de súbito con una presa profesional por la espalda. El revólver escupió su última bala con un estruendo. Una lluvia de yeso del techo cubrió a Jimmy y a su atacante. Le tenía totalmente inmovilizado, atrapado. El hombre le susurró al oído.

-Gracias, Jimmy, por hacer mi trabajo. Adiós.

En las pocas décimas de segundo antes de que una navaja afilada le rebanase la garganta, Jimmy reconoció la voz del soplón, y comprendió que se la habían jugado.

Limpiando su navaja de sangre en la ropa de su víctima, Vitorio sonríe satisfecho.

  1. #1 by Emma - December 22nd, 2009 at 07:58

    Si es que no te puedes fiar ni de tu sombra! Me ha gustado mucho 😀

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