Duelo


Se levanta temprano, antes del alba. París aún suspira dormida en la bruma y el rocío que se acumulan perezosos antes de amanecer. Empieza a calzar sus botas, ajusta sus pantalones y abrocha su blanca camisa de lino. Su sable descansa en su funda, pero hoy no lo desenvainará siquiera. Abre casi con temor reverente su maletín artesanal, y acaricia el cañón de las dos pistolas de duelo que descansan en su fondo.

El lugar convenido a la orilla del Sena está aún desperezándose de la larga noche, y el Sol empieza a asomar entre la copa de los árboles, con una luz roja y mortecina que acentúa el aspecto fantasmal del amanecer. Todos están ya allí cuando él llega con el maletín. Los dos padrinos, un par de curiosos, y su oponente. Con digna lentitud, entrega el maletín a los padrinos para que puedan verificar que las pistolas son honorables, y se coloca de espaldas a su oponente. Nadie pronuncia una sola palabra, pues todas las palabras que había que hablar ya fueron dichas, y el destino ya se ha escrito.

Sujetando su pistola sobre su pecho, espera a que uno de los padrinos silbe para comenzar el duelo, sintiendo el frío viento matutino que sopla desde el río. Cuando llega el silbido, avanza el primer paso. Nueve fueron los convenidos. Cada paso le acerca un poco más al Sena, y un poco más a recuperar su honor y sellar su venganza con su enemigo, aquél que le hizo perder tanto. Aunque nadie podría saberlo solamente con mirarle, está aterrorizado.

En el noveno paso, gira y dispara a su oponente con velocidad. Sólo suena un disparo, el suyo. Cuando la nube de humo de la pólvora se disipa, puede ver la figura de su oponente, un caballero alto y distinguido, de cara impasible, sin rastro de emoción alguna en su cara. Ni siquiera ha levantado la pistola. Sorprendido de ver a su oponente totalmente impune, no es capaz de ver la mancha de sangre que se extiende rápidamente por su propio abdomen, hasta que, incrédulo, cae al suelo y muere. El oponente tira con desdén su pistola sin disparar al suelo, se gira en silencio y abandona la escena.

Los padrinos se miran con pesadumbre. No se ha roto ninguna regla. Nada ha sido ilegal. Pero nadie, nadie, puede esperar desafiar a la Vida a un duelo y vencer. Pues la Vida marca sus propias reglas…

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