Defecto o virtud


-No sabía si era defecto o virtud…
-Perdone, ¿cómo dice? -responde sorprendido el hombre maduro. No esperaba que, en estas circunstancias, nadie le dirigiese la palabra.
-Sí… nunca lo supo. Cuando estaba viva, quiero decir.
-¿Se puede saber quién diablos es usted? -¡lo que le faltaba! Le ha costado casi media hora echar al resto de las cacatúas de la familia de la sala del tanatorio, para estar un último momento a solas con su mujer, de cuerpo presente, y lo último que le apetece es que un insolente entre a burlarse.

Y encima, ¡ni siquiera le contesta!

-Oiga, que este no es un lugar público, eh. Haga el favor de dejarme en paz.
-¿Paz? ¿La que ella nunca tuvo? Por eso pidió el divorcio. Pero ahora poco importa, ¿no?

¡Inaudito! ¡Menudo descaro! Se planta, dispuesto a enfrentarse al hombre joven, pero es mucho más rápido que él. Se mueve con soltura rodeando el féretro, saca la cabeza de una rosa amarilla del bolsillo de su camisa y la deposita con delicadeza sobre el pecho de la mujer.

-¿Sabe? Siempre dudó si su paciencia era su peor defecto, o su mayor virtud. Viéndola así, yo diría que defecto.
-¡Ya está bien! ¿Quién es usted y qué pretende?
-¿Pretender? No tengo muchas pretensiones. Y quién soy es indiferente. Llámeme su conciencia, llámeme un ángel guardián. O, si lo prefiere, véame como el diablo.
-¡Largo! ¡Fuera de aquí!

Pero no había nadie en la habitación, excepto él mismo. La rosa amarilla era el único testigo de la inexplicable visita.

Un texto para el Cuentacuentos

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