El traje no tiene Emperador


Vino a suceder que en un país vecino reinaba otro Emperador, no tan presumido ni aficionado a los trajes nuevos, pero con una mano mucho más dura hacia sus súbditos.

Por azares del destino, fueron a pasar noche en una posada de este reino los dos truhanes que hubieron engañado hacía unos meses al monarca del reino vecino. Estando la guardia de la ciudad imperial advertida de su venida, fueron prestamente apresados y encarcelados en la prisión más profunda del castillo.

Yendo el Emperador a visitarlos, se encaró a ellos y les dijo: “Sabed que estoy al tanto de vuestras artimañas, vilmente utilizadas contra mi buen amigo. Sabed también que ha llegado a mis oídos que en realidad vuestra habilidad como tejedores de telas milagrosas no es desdeñable, y que sólo hacéis uso de la mentira y el engaño como una forma rápida de ganar grandes fortunas. Pues bien, este es el trato que os ofrezco: Tejedme unas ropas nuevas, que sean capaces de engañar a mis enemigos, de vencerles y dejarles indefensos ante mis ejércitos y mis maquinaciones”.

Los truhanes se miraron entre sí, entendiendo que el Emperador, aunque se las daba de hombre culto e inteligente, sería tan fácil de engañar como el otro soberano. -Por supuesto, Vuestra Majestad, pero debe entender que un tejido así requerirá de magia y semejantes portentos.

-No me importa, pedidme lo que necesitéis, nada se interpondrá. Conseguidme este traje nuevo y seréis recompensados con la libertad y con grandes riquezas. Pero os lo advierto, seréis vigilados en todo momento.

Fue así como las telas más exquisitas, con los colores más increíbles y los más maravillosos bordados, las más afiladas agujas y los telares más modernos fueron instalados en la vieja celda de la prisión, y los dos truhanes trabajaron sin apenas descansar en el traje nuevo.

-Majestad -le dijo uno de ellos una noche-, el traje está casi listo, pero es necesario empezar a tejer magia natural sobre él. La primera magia que necesitamos es la del día y la noche, que yacen separados como separada estará la mente de Vuestros enemigos. Para ello, necesitamos que nadie en la ciudad, absolutamente nadie, abandone su hogar entre las cinco de la tarde y las diez de la mañana, ya que el ir y venir de la gente perturban la armonía de la naturaleza.

-Así se hará -dijo el Monarca.

La segunda noche, el Monarca observó que los dos tejedores habían creado un majestuoso bordado del Sol y la Luna en la pechera del traje. Admirando la manufactura del nuevo bordado, se dispuso a abandonar la estancia.

-¡Oh, Majestad! Esta noche debemos tejer una nueva magia, más poderosa aún, sobre el traje. Se trata de una magia que hará que Vuestros enemigos sientan una necesidad acuciante de entregaros la mitad de sus cosechas como diezmo. Para ejecutar esta magia, tendremos que quemar como plegaria una cantidad considerable de trigo en la puerta del castillo, elevando plegarias al Señor para que os otorgue el favor sobre Vuestros enemigos.

-Así se hará -repitió una vez más el Monarca, cegado por la promesa de las cosechas de los reinos vecinos, siendo como era el suyo un reino pobre en alimentos.

La última noche antes de terminar el plazo convenido, el Emperador observó complacido los bordados de campos de trigo en llamas que parecían ondear sobre la capa del nuevo traje. Preguntó a los tejedores si había algo más que necesitasen para completar el traje.

-Majestad, sólo una cosa más. Una magia más será necesaria: la magia de la resistencia y el aguante, que harán que las espadas y las flechas de Vuestros enemigos sean paradas sin efecto por el traje. Para que la magia tenga efecto, Vuestra Majestad debería estar esta noche, antes del desfile triunfal por la ciudad, en ayunas. Puede hacerse algo más para potenciar esta magia pero… no, no merece la pena.

-¡Habla! -dijo el Monarca- ¡Habla ahora mismo o jamás saldréis de esta cárcel!.

-Como su Majestad desee. La magia será más potente si declara esta noche y mañana como días de ayuno por decreto real. A los ojos del Cielo sería un sacrificio sagrado por el cual el Señor os protegerá con mayor fuerza de Vuestros Enemigos.

-¡Así se hará!

El día señalado, los tejedores mostraron el increíble traje al Emperador, que quedó impresionado por la nobleza y el brillo de las telas. Sus pajes le ayudaron a vestirse y, escoltado por la guardia real, salió a dar un triunfal desfile por las calles de la ciudad, para que todos sus súbditos pudiesen admirar su nuevo traje.

La turba enfervorecida que esperaba al Emperador no fue detenida por la guardia real, estando como estaba ésta al tanto de la rebelión que se fraguaba desde hacía meses entre el populacho, aumentada por la última semana de privaciones. El Emperador fue rápidamente reducido por sus súbditos y ejecutado, poniendo así fin a su injusto reinado. De los truhanes nadie volvió a saber.

Comments are closed.