Pétalos


Los primeros pétalos que dejaste caer fueron los más leves, los de los segundos. Ligeros como una pluma de ganso, cayeron al suelo uno tras otro, de forma lenta pero inexorable. Con el ceño fruncido, tan concentrada y empeñada en tu tarea, seguiste por los pétalos de los minutos, que no se resistieron a tu embate y desaparecieron gradualmente. Ya plenamente dedicada a tu tarea, la emprendiste contra los pétalos de las horas, los pétalos de los días, los pétalos de los fines de semana, las semanas, los meses, los años… A fin de cuentas no eran más que pétalos, creados y pensados para ser arrancados a tu capricho. Así seguiste hasta que no quedó ni uno, y una nube de pétalos solitarios yacía a tu alrededor.

Es una lástima que no te dieses cuenta hasta este momento final de que, sin los pétalos, no podías ya oler la flor…

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