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El material piezoeléctrico del despertador empezó a vibrar con una frecuencia de 880 Hertzios, durante un período de apenas 3,2 segundos. No podía ni siquiera aventurar la hipótesis de que ya fuese el instante de tiempo t… Esto verificaba que mi período diurno tendría la topología de un espacio compacto, es decir, cerrado y acotado. Me dejé caer de la cama con una aceleración de 9,81 m/s^2 (aprox.). Miré la hora, y pensé que debía incrementar mi v, así que apenas me permití un delta de café y me vestí exponencialmente. No quería caer en el riesgo de tender asintóticamente a un evento de pérdida del vuelo. Eso aumentaría de forma totalmente innecesaria mi entropía…

El coche, de peso 1795 Kg., tenía una potencia de 400 CV, pero las temperaturas nocturnas habían bajado por debajo del punto de fusión del bromo, y la resistencia de 12 ohmnios del inyector de arranque parecía haber sufrido una avería. Como el arranque parecía ser un proceso estocástico de tipo estacionario (desconocía si en sentido estricto o amplio), decidí repetirlo hasta conseguir una realización que se ajustase a mis necesidades. Una vez en marcha, vi que la distancia al aeropuerto era de 4578 metros. Los 15,78 minutos restantes para la facturación me otorgaban una velocidad media de 17,4 Km/h, más que suficiente incluso teniendo en cuenta el tráfico, ya que era de esperar que éste tuviese una distribución de probabilidad de Poisson. Esto era positivo, ya que, como se puede ver, estaba bastante restringido en el dominio del tiempo (no así, por lo tanto, en el de la frecuencia).

La facturación y el embarque fueron períodos sin demasiados eventos. No me encontraba en la parte central de la campana de Gauss. El avión tenía 28,6 metros de longitud, y una envergadura de 28,3 metros. Ya que, aleatoriamente, el sistema de asignación de asientos me había dado un asiento con ventanilla, observé asombrado que el ángulo de las alas era de 436 mrad. Los dos motores Pratt & Whitney JT8D-7 aceleraron el avión durante los 1990 metros de la pista de despegue. Una mujer obesa (97 Kg., índice de masa corporal 37) sentada a mi lado, de unos 57 años de edad, me comentó: “Uff, qué miedo da el despegue, ¿verdad?”. No entendi exactamente a qué se refería. Si bien alcanzar Mach 0.74 en una máquina que transporta 17,860 litros de combustible no parece muy seguro, sin duda la excitación de sus receptores adrenérgicos causada por la liberación de adrenalina sería suficiente para desviar la atención de su córtex hacia otras preocupaciones.

El avión alcanzó su altura de crucero, 10,700 m. Al fin relajado, disfruté del reflejo de la luz del sol, rica en componentes espectrales, sobre la capa de nubes, cirros y altocúmulos de gran albedo, bordeados por el azul intenso de la mañana causado por la dispersión de Rayleigh. En la distancia, en un ángulo aparente de 42º, puedo ver la descomposición de la luz solar curvándose sobre el cielo.

La probabilidad de que los sucesos negativos tendiesen a cero era no nula.



El despertador comenzó a sonar con un desagradable pitido, arrancándome de mis plácidos sueños. Le dí un manotazo para callarlo rápidamente, antes de que me diese dolor de cabeza. No podía creerme que ya fuese la hora… Pensé lo mismo que siempre que tengo un mal despertar: este va a ser un día largo y agotador… Me dejé caer de la cama y miré la hora. ¡Tenía que darme prisa! Me permití tomarme un café minúsculo y me vestí todo lo rápido que pude. No quería perder el vuelo. Eso sería desastroso para mi ya de por sí dilatado estrés…

El coche se negaba a arrancar, un desagradable resultado de la helada nocturna. Nervioso pero resignado, intenté arrancarlo varias veces hasta que escuché el ronroneo del motor. El aeropuerto estaba cerca de casa. Si me daba prisa, podría llegar con tiempo. Aceleré rezando porque no hubiese demasiado tráfico a esas horas.

Por suerte, llegué a tiempo al aeropuerto, justo antes de que cerrasen el mostrador de facturación. El avión, un Boeing bastante viejo, me esperaba en la puerta de embarque. Entré pidiendo perdón al resto de pasajeros por los empujones y el retraso, aunque una voz interior cínica me decía que el avión no habría esperado un segundo más de la hora programada. Me senté en el asiento de ventanilla y saludé a la mujer obesa de mediana edad que se sentaba a mi lado. “Uff, qué miedo da el despegue, ¿verdad?” -me comentó. Aunque salir disparado en una máquina llena de combustible explosivo no era precisamente mi idea de seguridad, la excitación del momento normalmente hacía que me olvidase de lo demás.

El avión llegó a su altura de crucero. El sol del amanecer, en la ventanilla del lado contrario, me regaló unos increíbles paisajes de espectrales reflejos sobre la impoluta capa de nubes, rodeada por el profundo azul de la mañana. En la distancia, resplandecía un arcoiris.

Al final el día no iba a ser tan terrible como parecía al principio.

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