Camino


Atravieso la ciudad en la oscuridad, abrigándome del frío que intenta penetrar en mis huesos. El único ritmo, la cadencia de mis pasos. El único sonido, el atronador silencio de la multitud. La gente pasa a mi alrededor como sombras en mi visión periférica. Sé que están allí, de una forma lógica e impersonal. Sé que miran mi cara inexpresiva al cruzarse conmigo, que se preguntan qué oscuros pensamientos atraviesan furtivos mi cabeza. Pero no tienen sustancia para mí. No son reales. Una burbuja invisible de quietud me rodea. Fuera de ella nada tiene sentido, nada existe. En su interior, sólo existo yo.

Calles, plazas, todas pasan bajo mis pies apresuradamente, indiferentes a aquél que las recorre. Todas ellas almacenadas impecablemente en mi memoria. Al contrario que la gente, siempre extraña, las direcciones tienen un sentido intrínseco, una sencillez, una pureza. Una persona siempre es para mí más laberinto que las más retorcidas calles del centro de una ciudad, pues nadie puede trazar planos de una persona.

Finalmente llego a mi destino, aunque jamás hubo en mí ninguna duda de que llegaría allí. Cumplido mi recado, me giro y observo el camino de vuelta. Entonces lo comprendo. El camino de vuelta, el camino de ida, son el mismo. El objetivo, el destino, son indiferentes.

Sólo el camino importa.

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